Reportajes
Estudio ÓA 272: Tomás Bretón, elogio de la elegancia
En el centenario de la muerte del compositor
Perseguidor del utópico género lírico nacional, Tomás Bretón se alza como el máximo representante de la generación de los reivindicantes, de los creyentes en la personalidad cultural única de todo un país. A cien años de su muerte, el compositor que soñó una ópera nacional y se empachó de verbena sigue deslumbrando sobre los escenarios.
Recién entrado el siglo XX, sin haber asumido la mayor parte del pueblo español la pérdida de Filipinas, Cuba y Puerto Rico, Tomás Bretón impartía una conferencia en el Conservatorio de Madrid que no podía evitar su dosis de sarcasmo: “Cada uno pedimos al vecino que se regenere, creyendo que nosotros hacemos bastante con aconsejarlo. […] No; la regeneración vendrá por el esfuerzo de todos, o no vendrá, porque no hemos tenido bastante fuerza moral para que venga”. Era 1901 y habían pasado tres décadas de desencanto desde que el joven Bretón, recién salido del Conservatorio de Madrid con el Premio Fin de Carrera bajo el brazo (ex aequo con Ruperto Chapí) comenzara a trabajar en uno de los momentos más complejos y fascinantes de la historia musical española. A este Bretón emergente le tocó bregar en una especie de delta de abandonos y nuevos retos donde el sinfonismo comenzaba a abrirse paso, la música de cámara luchaba por un espacio cualquiera, la zarzuela grande daba bocanadas y la zarzuela chica amenazaba con monopolio. Era la ciudad de Madrid, tan erudita como pueblerina, que luchaba por una cultura a la altura de sus conflictos.
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