Reportajes

Barbieri, el cantar de los cantares, en su bicentenario

En agosto se cumplen 200 años del nacimiento de un nombre trascendental en el devenir musical español, un espíritu renacentista en pleno Romanticismo a la búsqueda de una identidad nacional

01 / 07 / 2023 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 4 min

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Barberillo Maestranza Quiza, junto a Maria Miró y Cristina Faus en 'El barberillo de Lavapiés' © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO

Ensayista, musicólogo y gestor. Solo con ello ya se hubiese asegurado un hueco en la historia, pero Francisco Asenjo Barbieri antes que todo era compositor. de teatro lírico, para más señas. En agosto se cumple el bicentenario de su nacimiento, el de un nombre trascendental en el devenir musical español, un espíritu renacentista en pleno Romanticismo a la búsqueda de una identidad nacional.

Fue en una entrevista con Eduardo de Lustonó en 1856 donde Francisco Asenjo Barbieri fijó su famoso y lúcido autorretrato: “Figúrate”, comentaba al escritor, “que yo he sido lego en un convento, estudiante de Medicina, aprendiz de ingeniero, alumno del Conservatorio, corista, partiquino, director de orquesta, apuntador, contrabandista durante una hora, buhonero en cierta ocasión, director de un Liceo, secretario de otro, músico militar, miliciano nacional, empresario, periodista, bibliófilo, compositor y constante admirador del bello sexo”, concluía. Lo que detalla esta descipción no es tanto al propio Barbieri, sino el mundo que le tocó vivir, en el cual mérito, talento y oportunidad tenían que darse la mano para que concurriera el milagro. Y era una sociedad sedienta de milagros, con sus intelectuales polarizados y una herida gigantesca en mitad de un amplio territorio al que podría llamársele orgullo.

Francisco Asenjo Barbieri había nacido en 1823, y su patio de juegos natural no fue otro que el Teatro de la Cruz –ese que describía Pérez Galdós como “el más triste recinto que puede suponerse”–, donde su abuelo, bailarín y coreógrafo de renombre, ejercía como alcaide. Hasta en su bautizo se dio razón musical: su madrina fue Micaela, la hija del famoso compositor Blas de Laserna. Tal vez fuera aquello una forma de compensar el hecho de nacer en la Calle del Sordo… Tras años en un convento, e iniciados los estudios de Medicina, abandona las disecciones al escuchar en el teatro de su abuelo a Rossini, Bellini y Donizetti. No se trata solo de la música, sino de la experiencia transformadora del teatro, de la palabra como luminaria de una forma de expresar la emoción. A partir de aquí el timón vira hacia lo musical: estudia clarinete, piano y canto en el Conservatorio de Madrid, donde conocerá a Ramón Carnincer, que le forma en Composición.

Además de los rudimentos necesarios para el oficio, el compositor de Elena e Costantino supo transferir a un joven Barbieri la belleza y potencia del lirismo italiano, contra los que el maestro madrileño acabaría por rebelarse para dar vida a la zarzuela grande en forma de reivindicación identitaria pocos años más tarde. Pero antes sucederán docenas de bolos como clarinetista para la milicia y para las fiestas particulares, meses como repetidor de teatro e innumerables funciones como cantante terciario (partiquino) de cualquier obra que pudiera anotarse en un pentagrama… Son los años de la bohemia de Barbieri, que acaban con el futuro compositor gloriosamente arruinado y volviendo a pie, durante quince días, desde Bilbao hasta Madrid.

© Palau de Les Arts / Mikel PONCE & Miguel LORENZO

Sandra Ferrández en una escena de esta producción de Alfredo Sanzol

El componente nacional

El Barbieri adulto resultante de la década de los cuarenta, aquel que vivía en el número 26 de la Carrera de San Jerónimo, era ya un compositor de vasta cultura y curiosidad olímpica, y que va a dejar de lado la intuición compositiva tan común en sus compañeros para buscar método en la armonías, los análisis de las partituras antiguas y la asimilación de los patrones musicales nacionales e internacionales. De aquel babel compositivo, de los escritos polémicos sobre la creación de un lenguaje musical nacional y de los viajes a París nacerán las primeras zarzuelas y su asociación con otros grandes nombres como Hernando, Gaztambide o Arrieta. Gloria y Peluca (1850), Jugar con fuego (1851) o Los diamantes de la corona (1854) dan cuenta de esta nueva forma de representación social y de negocio que será la zarzuela.

© Teatro de la Zarzuela / Javier DEL REAL

'El barberillo de Lavapiés' en la producción del Teatro de la Zarzuela firmada escénicamente por Alfredo Sanzol

Su gramática musical no va a renunciar a nada: tomará del mundo italiano las melodías, del francés las estructuras, del alemán las armonías y del folclore español los ritmos. Con todo, la mezcla siempre primará el componente nacional, no tanto por fervor patriótico, sino más por convencimiento del talento desaprovechado. Barbieri propondrá luchar contra el complejo de inferioridad artística que arrastra el creador español desde que acabara el Siglo de Oro. Una lucha titánica no para evitar el fracaso del género, sino para salvaguardarlo de sí mismo y de sus limitaciones autoimpuestas. Su discurso al sumarse como miembro a la Real Academia Española poco antes de morir resume sus inquietudes vitales: “La música de la lengua castellana”.

Aunque los libros de historia apagan su figura tras el fogonazo fundacional de la zarzuela, la presencia de Barbieri en la vida cultural madrileña no se ciñe únicamente al momento germinal: la creación del Teatro de La Zarzuela, la consolidación formal del género o la composición de obras maestras como Pan y toros, estrenada en 1864, o El barberillo de Lavapiés, datada ya una década más tarde, perpetúan su presencia. El compositor madrileño sabrá canalizar como pocos la patente animadversión hacia lo francés, tomando el avance social que suponía asimilar ciertas estructuras del país vecino y descartando la inútil rabia contenida.

También será el primero en acercar las inquietudes musicológicas al tejido intelectual español. Dedicará dos décadas a recuperar el Cancionero de Palacio, con repertorio de los siglos XV y XVI. Tras su muerte, su extensísima colección de libros y documentos se convertirá en la base de los fondos musicales de la Biblioteca Nacional. Pero debajo de su perfil público, con su inevitable hoguera de las vanidades, quedará la mirada privada, donde asoma un individuo con gusto por la alta cocina, querencia por la zanfoña y habilidad para mantener una vida secreta con hijas desconocidas y pasados contrabandistas. Una vida que, de haberse cruzado con otro genio de su altura que pudiera contarla, bien podría haber sido el sabroso argumento de una gran zarzuela.  ÓA