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ÓA 285: Lise Davidsen, la estrella wagneriana debuta Isolde en el Liceu
'Tristan und Isolde' regresa al Liceu barcelonés como una de las grandes apuestas de la temporada, con tres mujeres en los principales vértices de la ópera
Barcelona
Wagner: TRISTAN UND ISOLDE
ENE / 12, 15, 19, 23, 25, 27, 31
Tristan: Clay Hilley / Bryan Register. Rey Marke: Brindley Sherratt. Isolde: Lise Davidsen / Elena Pankratova. Kurwenal: Tomasz Konieczny. Melot: Roger Padullés. Brangäne: Ekaterina Gubanova. Un pastor / Un marinero: Albert Casals. Un timonel: Milan Perišic. Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Cor del Gran Teatre del Liceu (Dir.: Pablo Assante). Dirección musical: Susanna Mälkki. Dirección de escena: Bárbara Lluch.
El inmenso, y temido, drama wagneriano Tristan und Isolde regresa al Liceu barcelonés como una de las grandes apuestas de la temporada, con tres mujeres en los principales vértices de la ópera: Lise Davidsen, que vuelve a los escenarios tras su maternidad para debutar el difícil papel de Isolde, Bárbara Lluch en la dirección de escena de esta nueva producción y la maestra Susanna Mälkki en el podio. Se ofrecerán siete funciones a partir del 12 de enero.
La ópera de Richard Wagner, considerada como una de las cinco más influyentes de la historia, regresa al escenario del Gran Teatre del Liceu, donde se vio por última vez en 2017. Lo hace como una de las grandes apuestas de la temporada. Hace nueve años fue Àlex Ollé el encargado de dar forma a la escena donde la pareja desarrolla su amor: para ello situó una
semiesfera gigantesca de más de 5.000 kilos de peso a la que el propio director de escena se refería como “la estrella de la muerte”, en alusión a la archi famosa nave destructora de La guerra de las galaxias. En contraste, la propuesta que ha ideado Bárbara Lluch para el coliseo de la Ciudad Condal nada tendrá que ver con las impresionantes arquitecturas del anterior montaje.
La pasión que desprenden los dos amantes protagonistas de Tristan und Isolde, está lejos de ese amor juvenil, puramente desbocado, que vivieron y respiraron Romeo y Julieta. Cuando Richard Wagner comienza a escribir la partitura tras concebir el libreto de esta ópera mayúscula, o mejor hablar de drama musical, como él la definió, poco sabía que la vida, quizá la casualidad pura, le deparaba algunos sucesos que él no había previsto. Ávido lector infantil de cuentos y leyendas escuchados a su tío Adolf, parece que le fascinaba la leyenda artúrica del caballero y la dama unidos en amor eterno por un bebedizo. El músico parte del escrito de Godofredo de Estrasburgo para dar forma a su ópera. Parte, porque mantendrá la esencia, aunque despojará de lo accesorio al relato hasta dejarlo prácticamente en los huesos y tocar la esencia. La leyenda, en sus manos y en su pentagrama, significará una auténtica revolución cultural.
En la historia mucho (todo, más bien) tuvieron que ver tanto el amor que sentía el músico por Mathilde Wesendock (y que le costó el exilio en Venecia, al que le envió su alertada esposa, Cosima, sabedora de la pasión wagneriana, ciudad en la que compuso el segundo acto del Tristan) como la filosofía de Arthur Schopenhauer. La huella que dejaría el drama wagneriano en la composición operística posterior es inmenso. Bárbara Lluch, quien aún recuerda la excelente acogida en Buenos Aires de su Salome ofrecida en octubre y noviembre, se enfrenta por vez primera a esta obra tan compleja como fundamental. “La pasión y la historia de los dos personajes centrales es tan inmensa que no veo necesario añadir nada más, que lo único que puede hacer es ruido y desviar la atención de lo que de verdad importa”. Para ello, ambos personajes son concebidos como dos personas que están inmersas en sus vidas y que desean huir de la mentira de cada día. Tanto ella como él son dos seres sufrientes que van a hallar en el amor la reparación de sus vidas.
Dos papeles para dos gigantes
Lluch es una auténtica fan de esta ópera wagneriana. La ha escuchado cientos de veces a lo largo de su vida. La siente en su piel y considera poder montar este título como “un regalazo. Nunca pensé que me enfrentaría a Tristan und Isolde en mi vida. La considero un operón. Es una obra que infunde respeto y que al tiempo se convierte en un reto, es temida y querida a partes iguales. Te acercas a ella a veces con pánico, porque cambió la historia de la música. Es muy larga, más de cuatro horas por delante, la temática no es fácil y la voz exige muchísimo. Para los dos papeles principales necesitas a dos bestias porque esta ópera se ha llevado por delante al cantante que la estrenó, que murió a las pocas funciones de interpretarla… Imagina la responsabilidad”, cuenta la directora de escena a ÓPERA ACTUAL.
A Isolde le pondrá voz la soprano Lise Davidsen, en un momento crucial de su carrera, pues regresa a los escenarios con este título, debuta el papel a nivel mundial y lo hace tras un periodo de alejamiento para dedicarse al cuidado de sus mellizos tras su reciente maternidad. El paréntesis temporal (que ella misma anunció en redes sociales a principios de 2025, que cancelaba su agenda y que regresaría en 2026) ha hecho posible que pudiera ir dándole la forma adecuada a esta mujer enamorada, que la fuera moldeando con sus propias manos, que probara su voz tras ser madre, que se midiera consigo misma. Asegura a ÓPERA ACTUAL (Ver En Portada en 2020) que está “muy excitada, con muchos nervios e ilusionada con el regreso a los escenarios en Barcelona. Vuelvo después de pasar un tiempo sin cantar. Aunque los nervios que tengo no son solamente por cómo va a estar mi voz, sino porque voy a tener que pasar largo tiempo alejada de mis hijos, van a ser bastantes horas al día sin tenerlos cerca y, la verdad, es algo que no me entusiasma demasiado. He tenido mucho tiempo para prepararme a fondo este papel y creo que voy a estar bien como Isolde, con la que voy a darlo todo. Y seguro que a medida que vayan pasando los días la voz estará mucho más segura y bien colocada”, asegura al pensar en su regreso. Davidsen añade que, aunque no tiene como modelo a ninguna cantante en particular como Isolde, “me rindo ante todas las que han interpretado este inmenso papel, que es muy diferente a otros que yo haya podido cantar y también tremendamente difícil”.
Total confianza mutua
La directora de escena Bárbara Lluch confiesa que el susto inicial que le provocó esta propuesta se le fue pasando a medida que maduraba la decisión que había tomado: enfrentarse a una obra inmensa. Al ser una de sus óperas favoritas, la conoce, la tararea, la ha vivido. “Todas las obras poseen dificultades. Por ejemplo, cuando Patrice Chéreau se enfrentó a Tristan por primera vez también tuvo miedo. Yo no la hubiese podido afrontar antes porque hay que estar preparada y tener un bagaje y una experiencia. Pasa con todas, pero con esta más todavía. Pienso en Händel y en la dificultad intrínseca de sus títulos o en La traviata, tan conocida que representarla la convierte en un problema porque está demasiado presente en el imaginario y el público quiere ver el baile y el brindis. Con La Bohème sucede algo similar”. El primer sobresalto se lo dio la duración de la obra: “¿Cómo podía meterlo en el planning de ensayos? Son cuatro horas de música. Asusta a nivel práctico poder contar con el tiempo suficiente, pero lo vamos a conseguir”, dice la regista. A Lise Davidsen no le cabe duda de que va a ser así porque confía plenamente en la propuesta escénica y en su autora: “Bárbara fue la primera directora de escena con la que trabajé y me encanta estar a su lado una vez más. Además, esta es la primera vez que hemos trabajado juntas para crear una producción desde cero. Antes de llegar a los ensayos estaba muy expectante pensando en lo que se le habría ocurrido, en cómo habría planteado la historia, en lo que tendría en su cabeza”, cuenta la soprano.
No tardó la directora de escena en desvelarlo. Parte de la base de que se está “ante la música más bella del mundo” y de que si el contenido es clave no lo es menos el continente. Pone un ejemplo sencillo, el Museo Guggenheim de Bilbao, y explica que ver las obras que alberga es fantástico, pero que la simple envoltura, el edificio que cambia según la luz, que
se ondula y se adapta, es en sí mismo una joya, “y ese es el temor que he sentido, que el contenido decepcione. La música ha sido calificada de infinita, enorme, inmensa, galáctica, interminable… Y, entonces, ¿Cómo pones esta historia en escena? Con muy poca cosa. Esa ha sido mi decisión. Yo no me podía imaginar a ambos protagonistas, a Tristán e Isolda, como una pareja que está en su casa, porque todo lo que viven es mucho más grande que eso. Meterlos en un encuadre realista sería hacerlos pequeños. Wagner transformó tanto la narración medieval en la que se inspiró… He mantenido la historia como fue escrita, centrándome en la historia de amor, que es la que a él le interesaba y que para mí es universal. Es la historia de amor más grande jamás contada”.
Disfrutar de los sentidos
¿Cómo se plantea llegar al público del Liceu? Bárbara Lluch con otra interrogación: “¿Con trajes del siglo XII? La historia transcurre aquí, en alguna parte, en un lugar abstracto, con tipos de hace un siglo o de hoy mismo. Lo que realmente me interesa es hacer sentir al público, no el traje que lleve el cantante. Que el público decida dónde quiere situar la ópera”, cuenta, y añade: “¿Dónde colocar a dos personas que llevan buscándose durante siglos? En espacios bellos donde disfruten los sentidos”. Así, en el primer acto, Isolde recuerda todo lo que ha pasado: es su infierno. En el segundo ha concebido un no lugar en el cual solo están los dos amantes. Nada más. “Es su éxtasis, aunque saben que ese amor les llevará a la muerte”, apostilla Lluch. Y el tercer acto es el del infierno de Tristan, y su recuerdo. ¿Y en qué plano se sitúa la directora de escena? “Abajo, en lo más bajito, al final. Wagner está por encima de todo, después están el libreto, los cantantes, la orquesta… Y al final, yo. No tengo la menor gana de poner mi sello en esta ópera. Wagner, lo quieras o no, te coloca en tu sitio”, dice con contundencia.
Lise Davidsen, por su parte, rema a favor de la directora de escena mientras da su parecer sobre las propuestas más clásicas y las contemporáneas a la hora de montar una ópera: “Es un placer formar parte de una nueva producción, con todo lo que una versión contemporánea supone de nuevo, de no visto, de examen. Sin embargo, enfrentarse a montajes más clásicos me parece estupendo, me refiero a producciones que hayan hecho ya otros cantantes. Si hay algo que otorgue grandeza a la ópera es que puedes contar con ambas miradas, y eso siempre resulta enriquecedor”.
En el podio, al frente de la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu estará Susanna Mälkki y será la primera vez que una directora se enfrente a este título en el coliseo barcelonés. La maestra finlandesa ha mostrado su admiración profunda hacia Lise Davidsen, a quien define como “una cantante excepcional, increíble. Tiene algo único, una voz de otra dimensión. Con ella sientes una emoción increíble, hay una magia que te traspasa. Me conmueve no solo por su voz, que es de otro mundo, sino porque posee una inteligencia musical extraordinaria”. Palabras que comparte Lluch, encantada de “moldear” a esta Isolde ideal, que define como “una verdadera joya con la que da gusto trabajar”. Y por encima de todo y dentro de todo, Richard Wagner, cuyo peso casi duele. Davidsen es una soprano curtida en papeles wagnerianos: “He cantado bastantes, sí. Creo que hay algunos que encajan muy bien con mi voz, así como hay otros que me resultan especialmente emocionantes. Se trata de óperas largas y densas, que necesitan de una gran orquesta, pero con la persona adecuada al frente de los músicos todo resulta hermoso. Al menos, esa es la experiencia que yo he vivido”. Ha sido Elisabeth de Tannhäuser, Eva de Maestros cantores y Senta en El Holandés errante y ya se la considera un referente en este repertorio habiendo pisado escenarios de primer nivel, como el Festival de Bayreuth, el Metropolitan de Nueva York o la Ópera de Múnich, por citar solamente tres, interpretando al músico alemán.
Lise Davidsen cuenta que meterse en la piel de Isolde y llevarla a un escenario le ha requerido una gran preparación tanto vocal como física debido al enorme esfuerzo que conlleva. Define a su personaje como “una mujer de un gran corazón, que hace gala de su lealtad” y que se deja llevar por un amor hacia Tristán que todo lo envuelve: “El amor y la tristeza son el tema central de casi toda ópera y, de una forma u otra, también es lo que sucede en la vida, donde ambos sentimientos son fundamentales. Pero la poción mágica, el filtro de amor, es lo que pone el contrapunto. Por otra parte, el hecho de que esta ópera esté basada en personajes legendarios que poseen habilidades increíbles resulta tan emocionante como difícil. Es un verdadero reto al que me encanta poder hacer frente”, señala la soprano.
La cuerda floja de Wagner
Wagner es todo un mundo para las tres mujeres que sustentan este montaje. Bárbara Lluch lo ve como un camino por el que gusta transitar; confiesa que, aunque Werther de Massenet es su ópera favorita, Tristan und Isolde es la que más la conmueve: “Es absolutamente inesperada. Empieza una frase y termina de una manera que no sospecharías jamás. Posee un virtuosismo latente en el que no puede anticipar la melodía. Después están los cromatismos, las armonías, los leitmotiv… Está claro que Wagner era un genio y, como tal, al igual que le sucede a Verdi, levanta pasiones encontradas. Puedes recibir terribles insultos si tu puesta en escena no gusta”, asegura. ¿Y teme a los wagnerianos del Liceu, un teatro con tanta tradición? “El día del estreno no me siento en el patio de butacas porque lo paso fatal. Para mí, el ensayo general es lo máximo, ahí no falto. En el Liceu se abre al público y es el momento en el que puedes tomar la temperatura y ver si tu trabajo gusta o no. En definitiva, trabajamos para quien viene a ver la función. Y me encantaría que este montaje gustara.
Tengo a toda mi familia encendiendo velas para que así sea”.
Dice Bárbara Lluch que su carrera vale lo que su último espectáculo (Ver crítica de Salome en Buenos Aires) y que tiembla ante la posibilidad de que esta propuesta no guste, “porque Wagner es demasiado grande, impone. Mi carrera es muy frágil, no me puedo comparar con algunas de las grandes bestias que han hecho Wagner, como Ollé o Tcherniakov, porque no estoy a su nivel y me pueden crujir. Ofrecerme este título ha sido un riesgo, lo sé, pero estoy dispuesta a correrlo. Si han confiado en mí, debo de estar ahí”. ¿Y quién la convenció para decir sí? “Fue Lise Davidsen quien me propuso. Ella lo tenía clarísimo. Fue directa y contundente en sus palabras: ‘Quiero a Bárbara, hemos trabajado juntas y confío en ella’. Lo dijo así, todo seguido. Y cuando me enteré no pude negarme. Si no tuviera miedo estaría completa-mente loca. Esta es una responsabilidad muy grande, y Lise lo sabe y es consciente también de la suya, que es mucho mayor que la mía, porque quien va a estar encima del escenario en cada función dando vida a Isolde es ella”. Que Wagner es inabarcable, lo sabe bien la directora de escena. Que es un hueso durísimo de roer, también, “y que es imprescindible. Sin su música no estaríamos hoy donde estamos. Si hay un antes y un después en la historia de la música, se lo debemos a él. Ha sido y es fundamental. Esta música te envuelve, te lleva. El acorde de Tristan del que tanto se ha hablado, es algo aparte. Hay que haberlo escuchado para hablar de él. Es necesario haberlo sentido”, subraya Lluch.
Susanna Mälkki, por su parte, asegura que quiere dedicar cada vez más tiempo a la ópera en detrimento del repertorio sinfónico. Le gusta el trabajo de escenario y trabajar con cantantes. Por eso está presente en los ensayos desde el primer día para establecer vínculos con los solistas y con el director de escena. Es en estos ensayos cuando se crea “la base del montaje”, dice. Y esa conexión que une a maestra y regista en este caso es la de dos mujeres que van a darse la mano con una tercera, la Isolde de Lise Davidsen, a la que no van a soltar.
Según Víctor García de Gomar, director artístico del Liceu, este Tristan und Isolde llegará con un reparto wagneriano “épico”; acompañarán en escena a la soprano noruega el tenor Clay Hilley como Tristán (días 12, 19, 23, 27 y 31 de enero), el rey Marke de Brindley Sherrat, la Brangäne de Ekaterina Gubanova y el Kurwenal de Thomas Konieczny, junto a Roger Padullés (Melot), Alberto Casals (Pastor/Marinero) y Milan Perisic (Timonel). En las funciones del 15 y 25 de enero la pareja protagonista estará encarnada por Elena Pankratova como Isolda y Brian Register como Tristán. Además de Urs Schönebaum (Iluminación) y Clara Peluffo (Vestuario). – ÓA
Bryan Magee deja por escrito en el ensayo Aspectos de Wagner (Acantilado, 2013) que el músico alemán “era un hombre pleno en el mismo sentido en que su música es plena: lo que en otros permanece reprimido, en él estaba vivo”. Al describir los ensayos del estreno de Tristan und Isolde, Röckel (compositor y director amigo de Wagner) afirma que: “Escuchaba con los ojos cerrados a los cantantes acompañados al piano por Von Bülow. Si un pasaje difícil salía especialmente bien, se levantaba de un salto y besaba efusivamente al cantante, o, de pura alegría, hacía el pino sobre el sofá, se arrastraba debajo del piano, se subía a él, corría al jardín trepaba, feliz a un árbol”.
La ópera fue compuesta entre 1857 y 1859 y se estrenó en la ciudad de Múnich el 10 de junio de 1865. Era deseo del compositor que su obra se estrenara en el teatro de la corte de Viena, una vez rechazada en la Ópera de París tras el estrepitoso fracaso de Tannhäuser; sin embargo, la historia se torció, de ahí la fama de “malditismo que la acompaña: después de hasta 70 ensayos por parte del tenor encargado de estrenarla, Alois Ander, este decidió abandonar el proyecto, incapaz de aprenderse el papel. Múnich acogería definitivamente la puesta de largo del título, que hubo de posponerse casi un mes por enfermedad de la soprano. Una vez recuperada, Tristan und Isolde se estrenó con el matrimonio formado por Ludwig Schnorr von Carolsfeld y su esposa, Malvina Garrigues, como la pareja protagonista. No acabó aquí el supuesto mal fario de la ópera: apenas cuatro días después del estreno, el tenor, de 29 años, falleció de un infarto. Dicen que por puro agotamiento debido a la envergadura del papel… Como consecuencia, su viuda decidió retirarse y no volver a cantar. La nube negra que se cernía sobre el título afectó también a dos directores, Félix Mottl (en 1911) y Joseph Keilberth (en el año 1968), que murieron en acto de servicio mientras estaban en el podio ante esta impresionante partitura. G.P.





