Opinión

Tribuna ÓA 256: Roger Alier

El profesor, escritor, crítico, divulgador y presidente-fundador de ÓPERA ACTUAL explica los inicios de la ópera en Barcelona en el 175º aniversario del Liceu

01 / 04 / 2022 - Roger ALIER - Tiempo de lectura: 2 min

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Roger Alier Roger Alier © Ed. Ma non Troppo

Barcelona contaba desde el siglo XVII con un local teatral amplio y espacioso fundado por los responsables del Hospital de la Santa Cruz. Como el teatro era mirado con sospecha, cuando no directamente con odio por las autoridades eclesiásticas porque era un poderoso rival en su captación de público, el único medio decente de ofrecer espectáculos teatrales era destinar una parte de los ingresos a un Hospital (en aquella época, más bien un asilo de indigentes que una institución sanitaria).

En Barcelona la ópera tuvo muy pronto arraigo entre la población, aunque su implantación se debió al deseo del archiduque Carlos de Habsburgo, que en su deseo de heredar el trono español de Carlos II tuvo que resignarse con fijar su corte en Barcelona a la espera –fracasada– de dominar el resto de España. Habituado a la ópera como espectáculo propio de su corte natal de Viena, quiso gozar del mismo género en Barcelona, y en 1708 llegó la primera ópera italiana, Il più bel nome, de Caldara. Al morir su hermano, el emperador austríaco José I, Carlos ocupó el trono en Viena, con lo que Cataluña quedó en manos de Felipe V de Borbón.

"Fiorenzo Galli, autor de un libro sobre Barcelona, observó que en la ciudad el género era algo de 'primera necesidad'"

El monarca impuso el Decreto de Nueva Planta y dejó a Barcelona bajo el mandato de capitanes generales, de poder casi omnímodo. A seis días de distancia de Madrid, los capitanes generales eran poco menos que soberanos. A mediados del siglo, el capitán general andaluz Santiago-Miguel de Guzmán Spinola y Dávalos, marqués de la Mina, que había luchado en Italia donde descubrió la ópera, decidió traer desde 1750 a cantantes italianos obligando a los militares de la guarnición de Barcelona a abonarse a las temporadas de ópera que él mismo favorecía con donativos. La población barcelonesa no tardó en apreciar el nuevo espectáculo, y al morir el marqués de la Mina, el Ayuntamiento de la ciudad tuvo que asumir el carísimo espectáculo que se mantuvo incólume hasta el incendio del teatro (1787). El local en solo un año fue reconstruido con donaciones particulares y el apoyo del capitán general, conde del Asalto. En los años siguientes el Teatro de la Santa Cruz llevó una vida discreta, sobre todo bajo la ocupación napoleónica, pero al liberarse la ciudad, el capitán general Francisco Javier de Castaños impulsó la reapertura de las funciones de ópera. Fiorenzo Galli, autor de un libro sobre Barcelona, observó que en la ciudad el género era algo de primera necesidad.
Cuando en los años 1820 la ciudad adquirió un creciente impulso económico e industrial y se suprimieron las leyes que conferían al Teatro de la Santa Cruz un régimen exclusivo en la vida teatral, surgieron pronto iniciativas como la de Manuel Gibert, que para obtener fondos para los uniformes de su milicia urbana, decidió organizar bailes en el local expropiado a las monjas del convento de Montesión, y pronto se dieron también allí funciones de teatro y ópera.
Cuando las monjas lograron recuperar su convento, por iniciativa de un dirigente de la entidad, Joaquim de Gispert, se emprendió la construcción, por el arquitecto Miquel Garriga i Roca, de un conservatorio-Liceu en la sede de otro convento disponible, el de los trinitarios, y se aprovechó el espacio para construir el que sería el Gran Teatre del Liceu, con un sistema económico peculiar, que tras varios problemas pudo abrirse al público con espectáculos de teatro el 4 de abril de 1847 y con la representación, trece días más tarde, de la primera ópera, Anna Bolena, de Gaetano Donizetti. * Roger ALIER, presidente-fundador de ÓPERA ACTUAL