Opinión

La 'Flauta' legendaria de Barrie Kosky

La ópera de Mozart regresa al Teatro Real

01 / 01 / 2020 - Joan MATABOSCH - Tiempo de lectura: 3 min

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Joan Matabosch © Teatro Real / Javier DEL REAL
'La flauta mágica' arranca el 2020 lírico en el Teatro Real © Teatro Real / Javier DEL REAL
La reina de la Noche en el montaje de 'La flauta mágica' firmado por Barrie Kosky © Teatro Real / Javier DEL REAL

Mozart sintonizaba con los principios racionalistas y liberales del Aufklärung, el nuevo pensamiento más laico, más libre y más igualitario que se abría camino en último tercio del siglo XVIII, y quiso que La flauta mágica contribuyera a la propagación de esas ideas. Por eso recurrió a la forma popular del Singspiel, lúdico, vital, en alemán, alternando canto y declamación y en contraste con la rigidez retórica de la opera seria.

"Para su puesta en escena, Barrie Kosky y Suzanne Andrade han querido encontrar en la actualidad un formato que, como el 'Singspiel', apele a un arte popular que permita esa misma mezcla de fantasía, surrealismo, magia y emociones humanas"

Para su puesta en escena, Barrie Kosky y Suzanne Andrade han querido encontrar en la actualidad un formato que, como el Singspiel, apele a un arte popular que permita esa misma mezcla de fantasía, surrealismo, magia y emociones humanas. El ya legendario montaje de la Komische Oper que vuelve este mes de enero al Teatro Real, alude al cine alemán de la República de Weimar y al Berlín de los años 1920. Papageno recuerda al Buster Keaton de El colegial y al Chaplin de Tiempos modernos; Monostatos es un poco el Nosferatu de Murnau; Pamina es una pariente de Louise Brooks; y Sarastro parece un cruce entre Abraham Lincoln y el Doctor Caligari, entre reminiscencias del cómic de los años 1930 y el pop art a lo Lichenstein. Los cantantes interactúan con las imágenes que brotan, resbalan o explotan sobre ellos y reaccionan a sus movimientos de forma sincronizada. Se usan todos los elementos propios del cine mudo: el gesto acentuado, el piano de acompañamiento y los subtítulos entre las escenas, siempre con un ritmo endiabladamente ágil.

Los personajes son, de hecho, una prolongación de las imágenes animadas, de manera que éstas potencian la complejidad de la galería de arquetipos. Sarastro transmite su sosegada dimensión humanista, pero su poder también se representa por una gran cabeza en cuyo interior habitan inquietantes ruedas y palabras simbólicas: trabajo, sabiduría, arte y ciencia. Un cerebro sabio pero también lunático y con tics totalitarios.

Los mundos de la Reina de la Noche y de Sarastro representan una forma de paternidad en negativo, como una amenaza directa sobre la pareja de Pamina y Tamino: por un lado, la madre posesiva como metáfora de las fuerzas devoradoras de la naturaleza, que se encarna en una enorme araña maternal que despliega sus patas frente a su hija a la manera de los barrotes de una prisión y al estilo de las Mamás de Louise Bourgeois, madre castradora que vigila mientras protege, que se blinda mientras busca perpetuarse en sus crías, enfrentada a una autoridad paternal glacial que remite a un orden racional y científico. En definitiva, personajes arquetípicos pero que esconden aspectos contradictorios. Como si Mozart quisiera, a la vez, rendir un apasionado homenaje a las ideas ilustradas y ponernos en guardia ante los personajes que las encarnan, seres humanos llenos de incongruencias, como la humanidad misma. * Joan MATABOSCH, ­director artístico del Teatro Real de Madrid

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