Opinión

Ópera y cultura en época de crisis ÓA 235

Reflexión

01 / 05 / 2020 - Aniol Costa-Pau - Tiempo de lectura: 6 min

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La experiencia de la ópera en directo hoy se hace imposible. © Teatro Real / Javier DEL REAL
La pandemia ha sacado de la cotidianeidad de los melómanos la asistencia a teatros y auditorios © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL

La situación excepcional causada por la pandemia del coronavirus está obligando a reformular por completo la manera de funcionar de la sociedad. Son muchos los cambios drásticos en la vida de las personas que se ven privadas de las actividades que antes realizaban y ahora que faltan recobran su verdadera importancia poniéndolas en valor: una de ellas es disfrutar en directo, en teatros y auditorios, de conciertos, recitales y representaciones operísticas, un ámbito paralizado desde el inicio de la crisis. 

En este momento en el que todas las medidas decretadas por los gobiernos de todo el mundo permiten desarrollar aquellas actividades estrictamente esenciales, es pertinente preguntarse hasta qué punto es necesario el arte en la vida de las personas. Es decir, aprovechar esta inevitable interrupción de la normalidad para reflexionar sobre la importancia de la Cultura y, en particular, de la lírica y la ópera, justamente ahora que han dejado de formar parte de la cotidianeidad de los melómanos.

Frecuentemente, en una sociedad en la que imperan los criterios económicos y la acción inmediata, todo se explica en función de su utilidad práctica. Sin embargo, es imposible justificar la importancia del arte en estos términos ya que, según estos criterios, es profundamente inútil. En efecto, el estreno absoluto de una ópera o zarzuela o la creación de una nueva producción de una obra de repertorio no busca producir ganancias inmediatas ni beneficios prácticos y efectivos; seguramente por esto la ópera ha sido relegada de los intereses políticos prioritarios, considerada injustamente una actividad poco rentable, anticuada y hasta improductiva. No obstante, su explícita inutilidad pragmática no la convierte en un producto prescindible, sino todo lo contrario: le permite acceder a un tipo de utilidad mucho más profunda, que puede incluso llegar a convertirse en necesaria.

Esta es la paradoja que recoge el humanista Nuccio Ordine en su lúcido ensayo La utilidad de lo inútil, en que expone cómo el arte y el saber, precisamente por su naturaleza desinteresada separada de los fines comerciales, desempeña un papel fundamental en el hecho de cultivar del espíritu de las personas. O, dicho en otras palabras, el arte y la ópera se desmarcan de la frenética lógica instrumental para acceder a un tipo de conocimiento y experiencia esencial que enriquece el alma de las personas. Así pues, su intrínseca inutilidad posibilita un espacio de apertura que se aleja del mundo material para comprender una nueva dimensión de existencia que tiene que ver con la libertad, el conocimiento, el placer y los valores humanos.

La potencia del arte

Ciertamente son muchos los filósofos que han defendido la potencia de la música y la ópera como forma de conocimiento y transformación social, desde los románticos Schelling y Schiller, contemporáneos de Beethoven, hasta los autores del siglo XX como Adorno, seguidor declarado de Schoenberg, pasando por Nietzsche y Schopenhauer, inspirados por Wagner. Todos coinciden en destacar el arte musical como un lenguaje sumamente abstracto capaz de captar los sentidos más insondables que escapan al lenguaje discursivo. Y es que, aunque la lírica también se sirve de la palabra cantada, la materia con la que trabaja la música es extremadamente etérea e impalpable: el sonido, la melodía, algo mucho más inmaterial que el lienzo de una pintura y más inconcreto que las palabras de una novela. Por eso la música es especialmente poderosa para acceder a aquellas verdades que traspasan los límites de lo decible, pero que a través de la genialidad del compositor penetran de forma directa en el alma del espectador.

Pulsión vital

Cualquier gran obra puede originar este tipo de experiencia estética, desde las primeras óperas de Monteverdi hasta la última vanguardia de creación contemporánea. En el Tristan und Isolde wagneriano, por ejemplo, la pulsión desatada que palpita en toda la obra irrumpe con fuerza en el espectador a través de la partitura de Wagner, desde el desgarrador Preludio coronado por ese acorde devastador hasta la redención final del Liebestod; y cualquier intento de formular tal pasión en palabras resultaría incompleto. O en Otello, la música de Verdi redimensiona el inacabable texto de Shakespeare y el público no solo vive la historia concreta de un antagonista avaricioso que canta el “Credo in un Dio crudel”, sino que percibe de forma clara y directa la envidia de Jago o los celos del Moro en un sentido universal. En definitiva, son momentos de experiencia comunitaria en los que los espectadores inmersos en la oscuridad que brinda una sala teatral se liberan de las limitaciones del lenguaje discursivo para sentir e imaginar nuevos horizontes de sentido. Instantes de placer, conocimiento del mundo y de uno mismo necesarios para impulsar individuos libres y transformar la sociedad.

“Ha desaparecido la magia de los teatros, la intimidad de la sala, la voz que inunda el espacio, la calidez y la proximidad que se genera en un recital de 'Lied' o la potencia de una orquesta”

Ahora bien, y volviendo a la anómala situación actual, la necesaria cancelación de las funciones operísticas hace imposible poder disfrutar de esta experiencia estética en vivo en teatros y auditorios, y solo quedan los sustitutos consumibles desde casa. Grabaciones en CD, DVD u online para recuperar grandes producciones sin el encanto del directo; u otras iniciativas solidarias, como galas virtuales por internet o conciertos desde los balcones que, con las limitaciones evidentes, ponen de manifiesto el espíritu humanista y rehabilitador del arte, que aquí tanto se ha reivindicado. Pequeñas cápsulas musicales que hoy más que nunca se convierten en necesarias y, a la vez, ponen de manifiesto la enorme carencia que vive el mundo de la música: ha desaparecido la magia de los teatros, la intimidad de la sala, la voz lírica que, casi sobrenatural, inunda el espacio, la calidez y la proximidad que se genera en un recital de Lied o la potencia sinfónica de una orquesta.

Evidentemente, con este deseo de recuperar la actividad artística aquí no se cuestionan las imprescindibles medidas impuestas ni se antepone el arte a la salud pública. Se trata de reivindicar la ópera justamente ahora, cuando guarda cuarentena. Así, mostrando su potencia e importancia fundamental, se quiere reclamar todo el soporte necesario para que, una vez superada la pandemia, la lírica pueda volver al escenario con todo el esplendor posible, y que los daños no sean irreparables.– ÓA