Opinión

Ópera tras la pantalla ÓA 236-237

Las retransmisiones en 'streaming' acercan la ópera al público en un período de interrupción cultural, pero a la vez evidencian sus carencias en relación con la música en directo

01 / 06 / 2020 - Aniol COSTA-PAU - Tiempo de lectura: 3 min

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Uno de los conciertos en 'streaming' de la Bayerische Staatsoper © Staatsoper.tv

La alerta sanitaria absolutamente excepcional ha obligado a alterar por completo el funcionamiento de los teatros y festivales operísticos, que, de repente, se vieron obligados a cerrar sus puertas y a cancelar todas sus funciones. Sin embargo, la actividad artística no ha desaparecido del todo y han surgido múltiples iniciativas para seguir ofreciendo ópera y lírica gracias a las nuevas tecnologías y las redes sociales.

Durante estos meses de confinamiento han circulado por Internet óperas y conciertos pregrabados realizados por los coliseos y festivales más importantes del mundo. En abierto y de manera gratuita, se han ofrecido relevantes producciones de las últimas temporadas desde plataformas accesibles a través de las webs de los teatros, una oferta que hacía tiempo que se venía realizando, muchas veces de pago, tanto en directo como en diferido, al igual que en salas de cine. Pero en estas semanas también se ha podido disfrutar de vídeos de coros y orquestas reunidos virtualmente, como el “Nessun dorma” del Gran Teatre del Liceu de Barcelona, o galas líricas y conciertos en streaming, es decir, emitidas en directo con la participación de cantantes que conectaban recluidos desde sus casas, como las del Metropolitan Opera House de Nueva York, el Teatro del Maggio Musicale de Florencia, el Festival Donizetti de Bérgamo o los conciertos de los lunes de la Bayerische Staatsoper de Múnich. Iniciativas solidarias que se resisten a silenciar la interpretación de la música y comparten cultura de forma gratuita en estos momentos de extrema dificultad, eso sí, con los espectadores –y los artistas– siempre detrás de una pantalla.

Así pues, la clausura operística y musical impuesta por la pandemia del coronavirus ha sido suplida en parte por los recursos que ofrecen las nuevas tecnologías, las cuales han hecho posible una nueva forma de consumo cultural diferente de la experiencia estética de un concierto, recital o representación operística en directo. No obstante, las potentísimas posibilidades de la técnica evidencian al mismo tiempo unas limitaciones insalvables que este tipo de iniciativas virtuales asumen con resignación.

Un momento del video “Nessun dorma” grabado por el Liceu barcelonés con el tenor Jorge de León como solista

Conexiones desde casa

En la mayoría de galas realizadas hasta la fecha, los responsables del teatro llaman directamente a los artistas, que interpretan desde sus hogares arias y canciones grabando y trasmitiendo la señal desde un dispositivo móvil o desde un ordenador. Así las cosas, en efecto, es prácticamente imposible que no se produzcan errores de conexión y pérdidas de señal durante estas video-llamadas caseras, hecho que sin duda dificulta el dinamismo del evento. Además, evidentemente, los medios técnicos son reducidos: las cámaras del móvil pixelan la imagen y, sobre todo, el micrófono del dispositivo es incapaz de captar los matices y resonancias del canto de la voz humana, lejos de la calidad que puede ofrecer un equipo profesional o una grabación de estudio, y sin comparación de lo que significa la experiencia en directo.

La Bayerische Staatsoper ha conseguido mitigar ligeramente esta carencia reuniendo a los artistas en su escenario ante la sala vacía, desde donde se ofrece una retransmisión televisiva en directo con unos medios de grabación de considerable calidad. Esta iniciativa ha sido posible porque en las inmediaciones del teatro viven artistas del calibre de Christian Gerhaher o Jonas Kaufmann, que pueden desplazarse al coliseo muniqués sin infringir las medidas de confinamiento de Alemania.

Sin embargo, y a pesar de esta circunstancia concreta que facilita la producción audiovisual de conciertos y recitales, el espectador se transforma en público virtual, con el cantante a kilómetros de distancia, con los intérpretes encerrados detrás de una pantalla (en el mejor de los casos, de un televisor conectado a un buen equipo de reproducción sonora). Una situación que, a pesar de todos estos avances tecnológicos, es absolutamente incomparable a la escucha presencial en un auditorio, donde el canto penetra incisivamente en los oídos del espectador y se establece una comunión impalpable en la sala.

El concepto de aura

Es evidente, pues, que la ópera en streaming implica una pérdida: una merma de algo indescriptible pero que todo el mundo siente en un teatro cuando vive en vivo y en directo la representación de una ópera o zarzuela. Una sensación imposible de definir en palabras y que el filósofo Walter Benjamin trata de captar con su concepto de aura: la aparición de una lejanía que proviene de otro mundo y otra época pero que, a la vez, interpela directamente al espectador en el momento de la contemplación estética de una obra de arte. Una fuerza que transciende la materialidad de la obra y que acontece en el momento preciso de la contemplación en directo de una escultura griega o de la escucha en vivo de una sinfonía. Y el distanciamiento que impone la pantalla distorsiona y hace imposible tal experiencia ya que, en palabras del filósofo, el dispositivo de la grabación solo permite acceder a la copia y no al original, es decir, a la filmación del concierto y no al concierto primigenio.

"Y es que propuestas como los conciertos en 'streaming' ponen de manifiesto la capacidad del arte para rebasar las dificultades y seguir manteniendo vivo su espíritu democrático y sanador, que prevalece ante cualquier problema técnico o error de conexión"

Así pues, se pierde la unicidad de espacio y tiempo que origina el aura en el escenario y que experimenta el público en el teatro en un ritual comunitario. Por el contrario, ahora cada espectador desde su casa reproduce en directo o en diferido, a través de un dispositivo con conexión a internet, el concierto o el recital grabado con medios más o menos eficaces.

Ahora bien, estos impedimentos no invalidan en absoluto este tipo de iniciativas, sino todo lo contrario: se convierten en productos totalmente necesarios durante esta situación transitoria de interrupción de consumo cultural. Y es que propuestas como los conciertos en streaming ponen de manifiesto la capacidad del arte para rebasar las dificultades y seguir manteniendo vivo su espíritu democrático y sanador, que prevalece ante cualquier problema técnico o error de conexión. Así, más que ser un defecto a solventar, los obstáculos del mundo virtual hacen evidente la excepcionalidad de la situación y el vacío que asola todo el mundo de la ópera. En definitiva, una solución voluntariosa que aumenta todavía más el deseo imperioso de volver a reunir público y artistas en un teatro.– ÓA