Opinión
Música y palabras ÓA 289. 'Manon Lescaut' en el Teatro Real: la pérdida de la inocencia
Por el Abate Prévost, Massenet y Puccini
La tragedia de Manon y Des Grieux tiene mucho de atemporal. Esta historia de seducción hizo famoso a su autor, consagró a Massenet y se convirtió en el primer éxito de Puccini. Ni más ni menos. En estos días regresa al escenario del Teatro Real tras 102 años de ausencia de la programación del coliseo lírico madrileño (ver información en este enlace).
La novela Manon Lescaut, o la Historia del Caballero Des Grieux y de Manon Lescaut forma parte de una obra más larga, que el Abate Prévost publicó bajo el título de Memorias de un hombre de calidad, entre 1728 y 1731. El tal “hombre de calidad” –hidalgo, o gentilhombre– es el Señor de Renoncour, que después de perder a su Selima, una bella musulmana con la que iba a casarse, acepta convertirse en preceptor de un joven aristócrata. Al disponerse a partir para España, Renoncour pasa por la ciudad de Pacy, en Normandía, alborotada por una expedición excepcional: unas 12 chicas de mala vida destinadas a embarcar en el puerto de Le Havre hacia la colonia francesa de Luisiana, en América del Norte. Entre ellas destaca, por su belleza y la dignidad de su porte, una joven de 15 años: Manon (diminutivo de Marie) Lescaut. A su lado se encuentra el caballero Des Grieux, de 17 años, tan distinguido y amable como la joven, de la que anda perdidamente enamorado y que ha decidido seguir en su destierro.
Atraído por los dos jóvenes, el “hombre de calidad” aborda al joven, que se niega a contarle su historia. Dos años después, de vuelta ahora de Londres, encuentra al joven Des Grieux en Calais. Y será así como este le narre su famosa tragedia. Todo empieza, como es bien sabido, con el encuentro casual de los dos jóvenes en una posada y su amor fulminante y la huida de ambos, abandonando él el seminario y ella el destino en el convento que le había preparado su familia. Vendrá más tarde el abandono de Des Grieux por Manon, que necesita una economía más desahogada de la que le ofrece el exseminarista; el nuevo episodio de seducción por parte de Manon, que lo añora, y las sucesivas aventuras provocadas por un doble impulso: el amor entre los dos jóvenes, que no cesa nunca, y la debilidad de Manon ante la vida cómoda y elegante, la buena comida, las joyas, los carruajes, los salones, el juego, el teatro, la ópera… El final es el que ya se conoce: acusada de robo, Manon es desterrada. Su amante logra partir con ella, pero la joven acaba muriendo tras huir los dos de una persecución injusta.
La novela de Prévost alcanzó pronto una inmensa popularidad, se emancipó de las largas Memorias de las que formaba parte y el protagonismo de Des Grieux dejó paso al de Manon, que es como sería conocida desde entonces. En 1884, dio lugar a una gran adaptación operística, realizada por los libretistas Henri Meilhac y Philippe Gille y el compositor Jules Massenet. Aunque el libreto simplificaba el original, suprimía el final en América e hizo morir a la protagonista antes del viaje, permanecía fiel a las idas y venidas de la trama original.
En 1889, Puccini andaba buscando un tema para su próxima ópera, poco después del estreno, sin demasiado éxito, de Edgar. La popularidad de la historia de Manon le llevó a fijarse en la novela de Prévost. La adaptación previa de Massenet no le importó. Puccini se proponía crear una heroina sin peluca ni maquillaje, más humana, más inmediata, más realista y apasionada. El objetivo, que parecía evidente, no lo era tanto, ni mucho menos. De hecho, trabajaron en el nuevo libreto varios colaboradores del compositor, incluido él mismo, y de aquel proceso tan accidentado salió una ópera sin firma de libretista.
Puccini, siempre obsesionado por la concisión y la intensidad, simplificó aún más el argumento. Lo redujo a cuatro actos, o escenas. La del encuentro en la posada entre los dos jóvenes y su huida juntos; la de la casa del viejo y rico amante de Manon, al que los dos jóvenes planean robar, y que culmina con la detención de la muchacha; la salida para América, cuando Des Grieux consigue acompañar a su amada, y la escena de la muerte de Manon en un desierto norteamericano, en realidad un dúo de casi 20 minutos construido en torno a un aria célebre, “Sola, perduta, abandonata”, una especie de anti Liebestod de Isolda a cargo de la joven, que no tiene ninguna gana de morir.
La radical simplificación pucciniana despoja a la obra de buena parte de las evocaciones dieciochescas, salvo en el segundo acto, y concentra todo el interés en el doble movimiento de amor fatal y de corrupción de los protagonistas en una vida desastrada. Manon, una figura muy propia de las obsesiones de Puccini, es una mujer castigada por su libertad, mientras Des Grieux es un amante apasionado y leal, un joven absorbido por una pasión irrefrenable, con las emociones a flor de piel y arrastrado por una fatalidad invencible.
La inmediatez de los sentimientos y la exteriorización de las emociones tienen consecuencias un poco paradójicas. En la obra de Puccini, todo resulta menos sórdido que en la de Prévost, que tiene mucho de picaresca. El enamorado Des Grieux ya no es, como en la novela, un mentiroso, ladrón, asesino, y no del todo contrario a vivir mantenido por su amante. Y Manon se convierte en una mujer enfervorecida por el amor, y deja de ser, como en Prévost, una frívola que sacrifica a su amante una y otra vez por los placeres puramente mundanos que le ofrecen sus ricos protectores.
También desaparecen las ambigüedades, uno de los mayores atractivos de la obra maestra de Prévost. Manon muere aquí arrepentida y culpable, y no, como en la novela, porque es incapaz de vivir sin comodidades y, en el fondo, porque no sabe estar a la altura de un gran amor. Y se pierde además, la llamativa inocencia de los dos personajes, que hace olvidar todas las torpezas –y los crímenes– que cometen, y que siempre, una y otra vez, suscita el afecto de un lector seducido por el naturalismo patético y sentimental, tan propiamente dieciochesco. Massenet logró preservar algunas de estas complejidades en su Manon… Puccini, en cambio, se había propuesto un objetivo muy distinto. Y lo consiguió plenamente.– ÓA
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