Opinión

La ópera de todos

Lírica y prejuicios

01 / 02 / 2020 - Aniol COSTA-PAU - Tiempo de lectura: 5 min

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Representación multitudinaria de 'Aida' de Verdi en la Arena de Verona © Fondazione Arena di Verona

Los vaivenes políticos en España afectan directamente a la salud de la ópera y de la zarzuela dada la fórmula de financiación tanto de los teatros públicos como de las fundaciones privadas nacidas de la sociedad civil que programan lírica en el país. La falta de conocimiento de los políticos, los prejuicios y la necesidad de ganar votos sin tener en cuenta las consecuencias impactan en esta expresión artística que aúna múltiples artes y que da trabajo a miles de trabajadores.

Habitualmente se considera que la ópera es un género artístico dirigido exclusivamente a las élites económicas y a la burguesía. Todo lo contrario que la zarzuela, percibida por gran parte de la población como decadente, popular y casposa. Sin embargo, estos sesgos de clase social no se corresponden con la esencia de ambas formas de teatro musical, ya que tienen unas características que apuntan justamente a todo lo contrario: la ópera y la zarzuela son artes esencialmente abiertas a todos los públicos, sin preferencia de clase, origen o ideología. De hecho, la ópera, junto al cine, es seguramente una de las más universales y democráticas, y, por lo tanto, cualquier intento de convertirla en un producto elitista y exclusivo de un sector de la sociedad va contra su propia naturaleza.

"¿Son elitistas espectáculos vistos por 33.000 espectadores ('Turandot' en 15 funciones), 24.000 ('Cavalleria rusticana / Pagliacci', 12 funciones) o más de 30.000 ('Aida', en 14 funciones)?" Fuente: G. T. del Liceu, Barcelona

Hay varias razones para ello. En primer lugar, porque la ópera –como la zarzuela– emplea un lenguaje eminentemente pluridisciplinar, es decir, unifica en un solo género prácticamente todas las disciplinas artísticas. Por esto Richard Wagner y Friedrich Nietzsche la denominaron “Arte Total”, ya que fusiona en una sola obra elementos estéticos de múltiples lenguajes. En efecto, la ópera es principalmente una obra musical, pero también es básicamente teatro basado en elementos literarios, sin olvidar la pintura, el diseño y la danza en aspectos como decorados, vestuarios, caracterizaciones y coreografías. Y esta amalgama de recursos no la convierten en un discurso enrevesado e inaccesible, sino todo lo contrario: cuantas más técnicas artísticas exhibe, más inputs sensoriales posee para cautivar y seducir al espectador y, en definitiva, crea más puntos de comunión entre la obra y el público.

Ahora bien, ciertamente estos aspectos convierten a la lírica en un arte que requiere grandes presupuestos para acometer sus producciones, ya que, además, la ópera y la zarzuela no admiten interpretaciones mediocres, sino que son exigentes por naturaleza. No obstante, el cine –un arte igualmente interdisciplinario– resulta aún más costoso que la ópera y nadie aboga por convertirlo en un producto selecto, elitista y exclusivo, sino, por el contrario, es el arte más masificado de todos. La diferencia de coste está en que la industria cinematográfica goza de productores que invierten ingentes cantidades de dinero en determinadas películas que esperan amortizar, recuperar la inversión y hacer negocio vendiendo miles de entradas a precios asequibles en todo el mundo. Hay que tener en cuenta que una entrada al cine cuesta bastante menos que el precio medio de una butaca de según qué teatro de ópera. Así pues, abaratar una parte del precio de las localidades de un teatro lírico no debería entenderse como una pérdida económica, sino como una oportunidad de llegar a mucho más público potencial.

Las retransmisiones de obras líricas desde los teatros a espacios públicos subrayan el carácter democrático de esta forma artística. En la imagen, el proyecto 'Liceu a la fresca' del coliseo lírico barcelonés © Gran Teatre del Liceu / Paco AMATE
El dúo de La Africana en Oviedo. El carácter fácil y popular de la zarzuela no es sinónimo de un arte de poca exigencia artística © Festival de Teatro Lírico Español / Alfonso SUÁREZ

En segundo lugar, hay un elemento que también convierte la ópera en un género para todos los públicos: los argumentos de sus libretos. Si la zarzuela puede tildarse de más bien localista y costumbrista, la ópera, sobre todo a partir de Mozart y Beethoven, trata temas universales con los que todo el mundo puede identificarse, emocionarse o simpatizar fácilmente. De hecho, muchos libretos operísticos se inspiran en obras de dramaturgos como William Shakespeare, de narradores como Victor Hugo, Goethe o Schiller, en la mitología clásica o en la narrativa popular, fuentes que no entienden de elitismos. Las historias de amor palpitan en comedias de enredo y de crítica social como Le nozze di Figaro de Mozart o en la dramática y fundamental Tristan und Isolde de Wagner; y en ocasiones los desamores se mezclan con luchas políticas de poder y ambición como en Lucia di Lammermoor de Donizetti, en Turandot de Puccini o en Otello, obra de Shakespeare puesta en música por compositores estilísticamente tan diferentes como Rossini o Verdi; y los relatos procedentes de la mitología popular subyacen en la Teatralogía de Wagner. Asimismo, todas las historias que dan vida a un libreto de ópera están siempre realzadas por la música y el canto, aspectos que se convierten en el conductor perfecto para conectar con el espectador. Así pues, no debe verse la voz cantada como un inconveniente que confunde el relato, sino como un altavoz que lo amplifica.

Y, de hecho, si existe algún debate contemporáneo sobre algunos libretos de ópera se centra en si algunos de ellos hoy resultan desfasados respecto al sistema de valores actuales. Ciertamente el papel de la mujer o la visión del amor romántico ha quedado anticuado en muchas de las tramas operísticas, pero estos anacronismos, más que distanciarlos de la actualidad, conducen a una discusión desde el presente y a nuevas reinterpretaciones, con la controversia que esto conlleva. De esta manera, estas óperas se hacen más pertinentes que nunca y pueden involucrar aún más a los espectadores.

"La propia naturaleza de la ópera (y de la zarzuela) revela que no se trata de un producto selecto y exclusivo de una clase social, sino de un arte profundamente transversal y democrático"

Finalmente, un último argumento en favor de la democratización de la ópera es que la mayoría de compositores han creado sus obras pensando explícitamente en el gran público. Un ejemplo paradigmático es el de Giuseppe Verdi, de quien es conocido el carácter popular de su producción que aparece perfectamente representado en algunas de las películas de Bernardo Bertolucci, como Novecento, que empieza casualmente el día que murió Verdi y narra la explotación de los campesinos italianos; o, sobre todo, en La estrategia de la araña, en la cual se ve una representación de Rigoletto en un pequeño pueblo rural de Italia mientras algunos jóvenes utilizan el apellido de Verdi como siglas para realizar proclamas en favor de la independencia y de la libertad del país y esquivar la censura. Además, son varios los coros de óperas verdianas que han conseguido hacerse con un significado colectivo y popular como canto de liberación, como el famoso coro de los esclavos hebreos de Nabucco.

Siguiendo con las citas cinematográficas, en Amadeus de Milos Forman también se pone especial énfasis en cómo Mozart crea sus óperas pensando en una diversión para el pueblo, como si de “fuegos artificiales de una feria” se tratase, frente a la estupefacción de los músicos de la corte que representan al sector conservador. Y si se atiende al origen más primitivo de la ópera, a saber, el intento de recuperar la tragedia griega, el elemento comunitario es más que evidente. Esta antigua forma teatral se representaba en grandes fiestas populares en honor a los dioses que involucraban a toda una ciudad, y cada representación suponía una auténtica catarsis colectiva en la que absolutamente todo el mundo participaba. Ciertamente el lenguaje de la ópera ha evolucionado respecto a los dramas griegos, pero esta función comunitaria –e incluso terapéutica para toda una sociedad– se puede extrapolar perfectamente al género lírico.

Así pues, la propia naturaleza de la ópera (y de la zarzuela) revela que no se trata de un producto selecto y exclusivo de una clase social, sino de un arte profundamente transversal y democrático. Por lo tanto, cualquier intento de asociarlo a un sector determinado de la sociedad va contra su propia esencia y contraviene sus principios. Consecuentemente, la forma de ser más fiel a la ópera llama a romper con los que quieren apropiársela y reenganchar a los que creen que no les interpela, porque la ópera es un arte potentísimo capaz de conmover, seducir y amparar a cualquiera, sin ningún tipo de diferencia.

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