Opinión

La guerra y la cultura de la cancelación

Más allá del efecto de un conflicto bélico en una personalidad sensible, una tragedia como esta también influye en la actividad profesional, cancelaciones de contratos incluidas

01 / 04 / 2022 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 5 min

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netrebko-gergiev-operaactual Anna Netrebko y Valery Gergiev

Los horrores de la guerra impactan de manera profunda en la vida de los artistas. Más allá del efecto de un conflicto bélico en una personalidad sensible, una tragedia como esta también influye en la actividad profesional, cancelaciones de contratos incluidas. A ello se suma el impacto del relato en los medios de comunicación y de las redes sociales, espacios en los que grandes estrellas se transforman en blanco de críticas al no posicionarse ante la barbarie. La cultura de la cancelación, de lo políticamente incorrecto, hoy también mira a la guerra.

La guerra trae consecuencias imprevisibles. La que ha provocado la invasión de Ucrania por el ejército ruso no iba a ser menos, y una semana después de iniciada, ya había provocado la suspensión de las actuaciones de uno de los directores más importantes e influyentes de la actualidad, el ruso Valery Gergiev, apartado de teatros europeos y americanos, y la retirada momentánea de los escenarios de la diva operística Anna Netrebko. A ello se unía la cancelación de las funciones que el Ballet del Mariinsky iba ofrecer en varias ciudades europeas o la dimisión de Tugan Sokhiev de su puesto de director del Bolshoi y de la Orquesta del Capitole de Toulouse.

Pero los casos de Gergiev y Netrebko son particulares. El maestro, factótum del Mariinsky de San Petersburgo y que nunca ha disimulado su amistad con Putin, no ha dado explicaciones y se ha retirado a una zona en la que la opinión occidental carece de relevancia. Netrebko ha hecho su carrera a la sombra de Gergiev y muy próxima al Kremlin: no es de extrañar que se encuentre en una posición difícil. Hay otros muchos artistas –la inmensa mayoría, sin duda– que no tienen posibilidad de manifestarse. Y bastantes de ellos, aunque no estarán de acuerdo con todo lo que su presidente haga y ni siquiera se adhieran al régimen, descartarán cualquier manifestación en contra después de los varios cataclismos que desde 1990 ha vivido su país: una actitud muy rusa, a veces difícil de entender en Occidente. Claro que también ha habido voces disidentes, como las de Semyon Bich­kov, Kirill Petrenko y otros artistas, intelectuales y ciudadanos rusos.

¿Hasta qué punto un artista debe manifestar una repulsa explícita de conductas políticas indeseables? No es un asunto sencillo. Ni siquiera es fácil de responder a ello ante regímenes totalitarios, que deberían suscitar una condena automática por la monstruosidad de sus acciones. Presionar al artista a posicionarse ha sido casi automático, pero no se sabe por qué quedan exentos de tal presión a otras figuras públicas o a los particulares, quienes intentan continuar con su vida y su trabajo…

“¿Hasta qué punto el artista debe manifestar una repulsa explícita de conductas políticas indeseables?”

Claro está que el arte, en particular el relacionado con la música clásica, el ballet y, por supuesto, la ópera, nunca ha sido del todo inocente. Demasiado cara, demasiado necesitada del poder político y del apoyo activo de las elites que controlan la cultura oficial (y, por tanto, aquello que puede o no puede ser dicho), la ópera siempre ha mantenido una relación estrecha con la política. Ha ocurrido en Rusia, donde el género –y las artes escénicas en general–, siempre han vivido a la sombra del Estado, desde el nacimiento de la ópera nacional con Glinka hasta la Rusia de Putin y su protección activa del Bolshoi, del Mariinsky, de los conservatorios y de decenas de instituciones, lo que implica miles de carreras artísticas individuales. Pero este fenómeno también se ha dado en el resto de Europa. En Francia la ópera siempre –y no solo en los años de la grand opéra decimonónica– ha sido un asunto de Estado. En Alemania, donde el arte y la cultura forman parte intrínsecas de la sociedad, la ópera y la música orquestal y coral se convirtieron en un vehículo privilegiado de exaltación nacionalista hasta llegar a la manipulación nazi de las delicuescencias wagnerianas. Hoy en día, en los países occidentales, la ópera e incluso el ballet siguen la línea marcada por las elites, con su plena incorporación al discurso hipercrítico, con ribetes woke, que hoy triunfa en todas partes, en particular en los escenarios subvencionados. Las servidumbres siempre han existido y seguirán existiendo. La libertad artística, entonces, no se expresa, ni puede hacerlo, en contra del poder político.

La guerra, en cualquier caso, lo cambia todo. La exhibición de brutalidad sin límites que pone en escena, en particular cuando va retransmitida en directo, admite difícilmente la distancia y el silencio. Hay situaciones que requieren una clarificación urgente de la propia posición, en particular cuando el artista ha llegado a convertirse en una superestrella constantemente expuesta. La exigencia se agrava y amplifica por las redes sociales, convertidas en tribunales populares en los que se administra una justicia instantánea, sin apelación ni revisión posibles. Por el carácter de referentes que han adquirido, aun sin quererlo, esas grandes estrellas se sustraen difícilmente a estos juicios sumarísimos. Y está la tentación, difícil de resistir, de utilizar la censura como forma de represalia destinada a aislar al enemigo, en este caso la Rusia de Putin, y llevar a la sociedad rusa a tomar conciencia de lo que está ocurriendo en la hipótesis, probablemente aventurada, de que los rusos no lo sepan. Es una forma sui generis de soft power, o de diplomacia pública, aquella acción exterior que busca fines políticos mediante la cultura o la propaganda y que tiende a confundir la una con la otra.

Se pueden entender, por tanto, las exigencias que se le han hecho a superestrellas como Gergiev y Netrebko. Se entiende menos una condena general de los artistas rusos. Es en las circunstancias más difíciles cuando el arte, y en particular la música, pueden contribuir a la dignificación de la vida. Y no se sabe qué se ganaría castigando a artistas que no han manifestado un compromiso activo con políticas tan reprobables. También se puede acabar cayendo en la tentación grotesca de demonizar toda una cultura. Además de la injusticia que así se cometería, se correría el riesgo de provocar la reacción contraria a la que se busca. Y gestos que se quieren ejemplarizantes se comprenderán, del otro lado, como una reafirmación de la arrogancia occidental, con su acentuado gusto por la cancelación. En un mundo tan diversificado como el actual, las guerras culturales han pasado a ser algo difícil de gestionar. ÓA