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El 'Zar Saltán' reina por primera vez en el Teatro Real
Entre el 30 de abril y el 11 de mayo, la ópera de Rimsky-Kórsakov se verá en un montaje de Dmitri Tcherniakov, con Ouri Bronchti en el podio y Bogdan Volkov como protagonista
Madrid
Rimsky-Kórsakov: EL CUENTO DEL ZAR SALTÁN
ABR / 30; MAY / 02, 04, 06, 08, 10, 11
Zar Saltán: Ante Jerkunica. Príncipe Gvidon: Bogdan Volkov. Zarina Militrisa: Svetlana Aksenova. Tkachija: Stine Marie Fischer. Povarija: Bernarda Bobro. Babarija: Carole Wilson. Princesa Cisne: Nina Minasyan. Viejo abuelo: Evgeny Akimov. Mensajero: Alejandro del Cerro. Skomoroj: Alexander Vassiliev. Marinero: Alexander Kravets. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Ouri Bronchti. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov.
Tras el Evgeni Onegin de Chaikovsky del pasado mes de enero, el Teatro Real vuelve a mirar al repertorio ruso a partir de finales de abril, cuando estrene El cuento del zar Saltán, de Rimsky-Kórsakov. Ambas obras están basadas en textos de Alexandr Pushkin, de quien se conmemora este año el 225 aniversario de su nacimiento, efeméride que celebra el coliseo con estas dos obras maestras que encarnan las dos Rusias que conviven en la segunda mitad del siglo XIX. Onegin ejemplifica a la Rusia de San Petersburgo, la Venecia del norte, ciudad que quiere ser una ventana abierta sobre Europa, la del zar Pedro el Grande, de Catalina II, de los arquitectos y los artistas venidos de Italia, Alemania y Francia. La otra Rusia, encarnada por El zar Saltán, es la nacionalista, pan-eslavista, oriental, la de las antiguas epopeyas medievales, de los viejos cuentos populares, de los iconos ennegrecidos por el humo, de las bullas de las iglesias, del vodka, de los viejos creyentes, de las ciudades invisibles de Kitege, del panteísmo pagano y de los zares Saltán. Es la Rusia eslava, imbuida de sí misma, profundamente anclada en la naturaleza y en el paisaje que invita a la contemplación de la naturaleza como una fuerza armoniosa y benéfica. “El genio de Pushkin logró unir el alma rusa con la cultura occidental, y lo vemos en dos obras que precisamente tiran de la cuerda en estas dos direcciones opuestas, una hacia la Rusia europeizada con personajes que parecen salidos de un relato de Lord Byron, y la otra hacia la tradicional, asiática”, explica sobre las frontales diferencias de estos dos importantes títulos Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, a ÓPERA ACTUAL.
El tenor ucraniano Bogdan Volkov, rubio, de apariencia gélida, sonriente, vestido a la manera de un Onegin del siglo XXI, salta de Chaikovsky a Rimsky con un aplomo remarcable, y así lo podrá comprobar el público del Real. Ha representado ambos títulos en algunos de los principales teatros de Europa y ahora lo hace en el coliseo madrileño, en los que se verá cómo el tenor exprime a estos dos personajes hasta el último jugo. Volkov posee mimbres suficientes para enfrentarse a semejante reto. En el Real ha sido el indulgente y soñador Lensky de Evgeni Onegin el pasado mes de febrero (ver crítica en este enlace) y es el también soñador zarévich Gvidon el príncipe llamado a perpetuar la dinastía que es transformado en moscardón o abejorro en El cuento del zar Saltán, ópera que debutó en La Monnaine-De Munt de Bruselas en 2023 y de la que el Teatro Real ofrece siete funciones desde el 30 de abril al 11 de mayo, con Ouri Bronchti en el foso y una audaz puesta en escena de Dmitri Tcherniakov.
Nadie, mejor que él, para teorizar sobre aquello que une a dos personajes en apariencia tan dispares como Lensky y el príncipe Gvidon. “Ambos comparten ingenuidad y franqueza, un alma pura, y en el caso del primero, un carácter ciertamente infantil. Él cree en cualidades elevadas del ser humano. Es la visión de quien aún no ha sido dañado por la vida, de quien cree en el amor y la amistad. El príncipe Gvidon tiene en común la ingenuidad de ser un niño autista que vive en una burbuja, apartado del exterior, protegido por su madre. No vemos tanta tragedia en apariencia, pero existe. Comparten esa cercanía y siempre los interpreto con una semilla que posee un origen común”, explica Volkov de manera pausada.
Completan el reparto el bajo Ante Jerkunica (Zar Saltán), las sopranos Svetlana Aksenova (Zarina Militrisa), Nina Minasyan (Princesa Cisne/Cisne) y la mezzosoprano Carole Wilson (Babarija).
La dureza del autismo
Calzarse en este montaje del Zar Saltán los zapatos de un joven príncipe autista le obligó a Bogdan Volkov a realizar un máster en la materia. Concienzudo en la preparación, el tenor ucraniano se documentó profusamente sobre ese personaje que vive en otro mundo dentro de este: “El papel es tan difícil y complicado… Cuando trabajé en esta producción la primera vez no sabía absolutamente nada al respecto. Fue el director de escena quien me contó la historia y lo que quería trasladar al escenario. Es de los papeles más complicados a los que me he enfrentado. Para ello visioné películas y documentales sobre autismo, y también leí artículos científicos; unos me los proporcionó el propio director y otros los encontré yo. Puse bastante de mi parte. Hubo dos películas que me ayudaron a dar forma al personaje: el documental Vida animada, sobre Owen, un niño autista que aprende a comunicarse a través de los personajes de las películas de Disney, y el otro es un título ruso, una cinta bastante dura que se podría traducir como Está aquí cerca, sobre otro chico con autismo y cuyo destino es bastante duro”, cuenta el tenor. La parte actoral, capaz de robarle el alma, se le antoja bastante más extenuante que la vocal, “para la que tuve la ayuda de unos fantásticos coaches y profesores excelentes con quienes he formado un maravilloso equipo. Esta es una producción que ya he interpretado tres veces y siempre hallo algo nuevo en el papel. Tras la primera vez que lo llevé a escena, pensé que quizá no debiera representarlo con frecuencia por su dureza, pues podría acabar por influirme; sin embargo, con el tiempo, me he dado cuenta de que es un personaje que llevo dentro. Me hace feliz volver con él al Teatro Real y mostrarlo al público de Madrid”, y añade que “Gvidon y Lenski son los papeles, diría, más importantes para mí y es una felicísima coincidencia que ambos los pueda hacer en el mismo escenario con un intervalo de apenas unos meses”.
© © La Monnaie - De Munt / Karl FORSTER La producción de Dmitri Tcherniakov de 'El cuento del zar Saltán'
Tcherniakov y su punto de vista
La puesta en escena de Dimitri Tcherniakov narra un cuento dentro de otro y sitúa El cuento del zar Saltán inmerso en otra historia y en otro relato, “el del esfuerzo de una madre con un hijo autista, bajo el peso de la ausencia del padre y la hostilidad familiar para utilizar el cuento de hadas como terapia y así poder conseguir que el niño salga de su angustia estructural y de su miedo al mundo para contarle su propia historia”, aclara Joan Matabosch. “El espectáculo comienza con una mujer en un mundo actual que explica su historia, en la que encontramos una analogía cada vez más evidente con el cuento de Pushkin. Ella ha sido abandonada, tras una maquinación fomentada por sus tías y por el padre de su hijo autista, un chico que solo vive en el mundo de los cuentos con grandes dificultades para establecer interacciones sociales. Para él son más reales las fábulas que la realidad, y vive casi en simbiosis con su madre, ante la ausencia de un progenitor que nunca ha conocido. La madre hace todo lo que puede para ayudarlo, como narrarle una fábula detrás de otra, lo que parece que hacen mella en su corazón. La madre se dispone a recitarle El cuento del zar Saltán para intentar que conecte con la realidad a través del cuento. El niño autista va a interpretar el rol del zarevich Gvidon, y su madre, el de la zarina Militrissa”, explica Matabosch, para quien “la genialidad de Tcherniakov estriba en jugar y superponer diferentes ilusiones, las del personaje, con sus espacios oníricos y dibujados –como dibujos infantiles que reinterpretan la realidad– y las del teatro, doble para el espectador, que abraza la realidad literal –la madre, el hijo autista– y la del cuento, perfectamente insertada en un segundo nivel, que sería la sombra de la realidad. Además, al contar la historia bajo el prisma del joven autista, Tcherniakov sitúa al espectador a su lado, le hace partícipe de este descubrimiento del mundo y cómplice de su fascinación: le impone un punto de vista, el del joven hijo y le otorga ojos de niño, le brinda una mirada tierna sobre esos dibujos, sobre esta princesa lánguida, sobre esas bóvedas, esas cúpulas y esas torres, exactamente como el niño que hojea un libro de cuentos y se pone a soñar y superponer su realidad a la del mundo”.
© © La Monnaie - De Munt / Karl FORSTER La producción de Dmitri Tcherniakov de 'El cuento del zar Saltán'
Un abejorro archifamoso
El cuento del zar Saltán es una ópera en un prólogo y cuatro actos con música de Nikolái Rimsky-Kórsakov y libreto de Vladímir Belski, basada en el cuento folclórico en verso escrito por Aleksandr Pushkin. Un relato de pura y bella fantasía (que todo niño ruso ha escuchado de labios de su babouchka, su abuela) en el que el zarévich Gvidon, llamado a perpetuar la dinastía, es transformado en moscardón, mosquito o abejorro, mientras su hermana, la zarevna, es convertida en un cisne. Junto a su madre, la zarina Militrisa, se enfrentarán a diversas pruebas y desafíos. Tras numerosas peripecias, entre las que destaca la visita de Gvidon a su padre metamorfoseado en abejorro (con el famosísimo “vuelo del moscardón” en el que se escuchan los giros neuróticos del insecto), la ópera se termina con la llegada del zar Saltán. La muerte a finales de 1893 de Chaikovsky convirtió a Rimsky-Kórsakov en el encargado de estrenar una ópera al año en los teatros imperiales. Lejos de planteamientos intimistas a la manera de su predecesor y de cualquier atisbo del instinto político y social de Músorgski, Rimsky halló en el folclore ruso la respuesta. La ópera nace en el contexto de la Ópera Privada de Moscú, representante esencial de la vitalidad teatral rusa que dirigía Savva Mamontov, director de escena y mecenas que se atrevió a construir su compañía a la manera de un laboratorio escénico sensible a la fusión de todas las artes, a la modernidad y en contra de la vieja rutina de los teatros imperiales, con el acento puesto en las prestaciones vocales de los divos extranjeros. Sobre cómo fue el estreno de la ópera en el Teatro Solodóvnikov de Moscú el 3 de noviembre de 1900, el director artístico del Real, Joan Matabosch, asegura que la célebre diva Nadejda Zabela interpretó el papel de la princesa-Cisne, y que nadie lo podía cantar como ella. Resultado: una recepción entusiasta y una soprano consagrada a interpretar la música de Rimsky-Kórsakov.– ÓA
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