Historia de la Ópera

ÓA 256. Historia de la Ópera LXII. La ópera en Latinoamérica (V). El siglo XX y lo más actual

La pluralidad de estilos protagoniza la ópera latinoamericana actual, un género que sigue vivo

01 / 04 / 2022 - Verónica MAYNÉS* - Tiempo de lectura: 6 min

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Il postino / operaactual.com 'Il postino', del mexicano Daniel Catán, en su estreno en el Teatro Real de Madrid (2013) © Teatro Real / Javier DEL REAL
Inmigrante ilegal / operaactual.com El compositor Alfonso Molina (penúltimo a la derecha), autor de 'Inmigrante ilegal', junto a la compañía que la estrenó en 2014 © Facebook
Martirios de Colón / operaactual.com 'Los martirios de Colón', de Federico Ruiz, en el Teatro Teresa Carreño de Caracas © Teatro T. Carreño
Orrego Salas / operaactual.com Robert Shaw, Juan Orrego Salas, Aaron Copland, Leonard Bernstein e Irving Fine en Tanglewood (1946) © Tanglewood Archives
Viento blanco / operaactual.com Una escena de 'Viento blanco', de Sebastián Errázuriz, en el Municipal de Santiago de Chile (2008) © Teatro Municipal de Santiago

En los siglos XX y XXI, la pluralidad y divergencia de estilos y tendencias protagonizan la ópera latinoamericana. Chile, Venezuela y México son algunos de los países de la zona que más han contribuido a la difusión y evolución de un género que sigue despertando pasiones y que deja un mensaje de esperanza: la ópera sigue viva.

El caso del venezolano Reynaldo Hahn (Caracas, 1874- París, 1947) fue singular. De padre alemán y madre venezolana de origen vasco, en 1877 emigró a París junto a su familia. Su estilo destacó por su universalidad, aunque con cierto predominio de la tradición francesa. En París desarrolló su genio dedicándose al canto, al piano, a la dirección orquestal y a la composición. Hahn es conocido principalmente por sus chansons, las cuales han eclipsado su obra escénica que comprende cerca de 20 piezas entre óperas, operetas y ballets.

"En 'L’île du rêve' Reynaldo Hahn describe el exotismo de la naturaleza y las emociones de los personajes con una orquestación exquisitamente refinada, plena de sutilezas y colorido"

Su primera aportación al género lírico fue L’île du rêve, estrenada en 1898 con libreto de Georges Hartmann y André Alexandre inspirado en Le mariage de Loti, la novela que dio lugar también a Lakmé de Delibes. La acción se desenvuelve en Tahití, donde un oficial de la armada francesa se enamora de una joven isleña, relación que acaba en una separación trágica. Hahn describe el exotismo de la naturaleza y las emociones de los personajes con una orquestación exquisitamente refinada, plena de sutilezas y colorido, que bebe tanto de la tradición wagneriana como de la verista, incluyendo también guiños estilísticos de aroma polinesio. La ópera en tres actos Le marchand de Venise es otro ejemplo de su producción lírica. Aunque su gestación se produjo durante la Primera Guerra Mundial, cuando Hahn participó en la contienda como combatiente, el estreno no llegaría hasta 1935. El libreto se basa en la pieza homónima de Shakespeare, que adaptó para la ocasión el escritor Miguel Zamacois, hijo del pintor español Eduardo Zamacois.

Una de las figuras más importantes en la ópera venezolana fue María Luisa Escobar (Valencia, Venezuela, 1898-Caracas, 1985), pionera en la lírica de su país contribuyendo al desarrollo y difusión del género en un entorno mayoritariamente masculino. Escobar fundó el Ateneo de Caracas y apoyó numerosos espectáculos, además de investigar el folklore de su país. De entre sus óperas destaca Orquídeas azules, estrenada en 1941 en el Teatro Municipal caraqueño con libreto de Lucila Palacios, que tuvo una excelente recepción.
Otra contribución destacada a la lírica venezolana es la de Federico Ruiz (Caracas, 1948), autor experimentado en prácticamente todos los géneros cuya estética amalgama elementos europeos, latinos y caribeños, incluyendo el dominio de las técnicas electroacústicas. Los martirios de Colón, estrenada en 1993, es una ópera cómica en dos actos y tres escenas, con libreto de Aquiles Nazoa. La historia narra la epopeya de Colón desde una perspectiva humorística sin ocultar una lectura crítica hacia la conquista. El aspecto más fascinante de la obra es su instrumentación y la conjunción de estilos, que van desde el barroco hasta el siglo XX, con especial participación del clavicémbalo.

Chile y el nuevo lenguaje

En Chile, Juan Orrego Salas (Santiago de Chile, 1919- Bloomington, 2019) tuvo una vida centenaria que le permitió adscribirse a diferentes estéticas, viendo de cerca importantes cambios en la evolución musical de su país y del extranjero. En 1952 escribió El retablo del rey pobre, una ópera en un acto basada en el Romancero espiritual de José de Valdivieso, de 1612, cuya acción se sitúa en la Nochebuena. El estreno se retrasó casi 40 años, cuando se representó por primera vez en Bloomington en 1990. Los problemas surgieron cuando se tradujo el libreto al inglés, siendo muy difícil conservar el sentido original de los textos y la traslación musical tan cuidada por Orrego Salas. El compositor hizo un estudio de los textos considerando la fonética, su carácter místico y simbólico y su rítmica natural, inspirándose también en el canto llano. El compositor definía su obra como una sucesión de acontecimientos preparatorios a la venida de Cristo, y otros, posteriores a la Natividad, destinados a festejarlos. No tiene un argumento como tal ni se apoya en los conflictos que son comunes al repertorio operístico, siendo una obra más en la línea de la ópera-oratorio Oedipus Rex de Stravinsky. Posee cuadros estáticos en los que participan pocos personajes, con protagonismo de la figura del Ministril y el Narrador, y especial significación del coro, representante del pueblo e impulsor de la acción teatral.
Fulgor y muerte de Joaquín Murieta es fruto de la unión de dos grandes artistas chilenos, el poeta ganador del Nobel Pablo Neruda y el compositor Sergio Ortega (Antofagasta, 1938-París, 2003). Neruda había escrito una obra de teatro sobre un célebre bandido y le encargó a Ortega su musicalización, estrenándola en 1967. Murieta fue un inmigrante posiblemente chileno –hoy se discute si fue mexicano– establecido en Estados Unidos en los tiempos de la fiebre del oro, que luchó contra la explotación minera tomándose la justicia por su cuenta. La obra teatral de Neruda se convirtió después en una ópera, cuyo estreno aconteció en 1988 en el Teatro Municipal de Santiago. Tras el golpe militar de 1973 y la llegada de la dictadura de Pinochet, las canciones de Murieta se convirtieron en símbolo de la resistencia.
Ya en pleno siglo XXI, Sebastián Errázuriz (Santiago, 1975) estrenó Viento blanco, ópera en dos actos y cinco cuadros que celebraba los 150 años de la inauguración del Teatro Municipal de la capital chilena, en 2008. El libreto, de Felipe y Rodrigo Ossandón y del propio compositor, narra la tragedia de Antuco de 2005, cuando 45 jóvenes que cumplían el servicio militar murieron en la montaña por la negligencia de su superior. La ópera destaca por su planteamiento sinfónico que incluye diferentes interludios instrumentales para separar las escenas –al modo de Britten– y preparar anímicamente al espectador. El coro recupera su función primigenia, que es la de concienciar al público y plantear interrogantes con fuerte sentido crítico de denuncia.

México, una potencia lírica

En México las óperas de temática nacionalista que dominaban la creación lírica en el siglo XIX se extendieron al siglo XX. En 1922 se estrenaba Citlali, ópera en un acto con libreto de Manuel Bermejo y música de José Francisco Vásquez (Arandas, 1896-Ciudad de México, 1961). La historia ocurre en los tiempos de Hernán Cortés y plantea los conflictos entre conquistadores y nativos. Vásquez ganó con la ópera un concurso de composición y se representó junto a Il tabarro de Puccini. El compositor –que escribió su primera ópera a los 15 años de edad– inició con Citlali su llamada trilogía exótica, que incluye El mandarín, de 1923, y El rajá, de 1926, historias que se desarrollan en China y Malasia. Vásquez se adscribía así a la moda europea eligiendo marcos lejanos y exóticos en los que desarrollar sus historias para poder así desplegar todo tipo de medios orquestales descriptivos, aunque sin pretensión de fidelidad histórica. Las influencias del impre­sionismo y del verismo, y el uso del folklore, local señalan el camino elegido por Vásquez.
Otro creador mexicano que destacó en el apartado lírico fue José Pablo Moncayo (Guadalajara, 1912-Ciudad de México, 1958), autor de La mulata de Córdoba. La ópera, en un acto y tres escenas, se basa en el libreto de Agustín Lazo y Xavier Villaurrutia, tomando como fuente una leyenda autóctona del siglo XVI sobre una bella y misteriosa mujer que hechizaba a quienes se le acercaban. Aunque Moncayo se incluyó en los músicos mexicanos del porvenir, su estilo parte del postromanticismo, con influencias de Mahler, y ciertos elementos impresionistas cercanos a Debussy. La instrumentación es uno de los aspectos más destacables de La mulata de Córdoba: incluye el clavicémbalo, instrumento emparentado con la época virreinal, y participa en la descripción psicológica de los personajes, avanzando sentimientos no explicitados en el libreto, y ofreciendo información sutil de la trama.
Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 1964) conoció desde niña la música de su tierra; sus padres fueron cofundadores en 1966 del grupo Los Folkloristas, dedicado al estudio y difusión del patrimonio musical tradicional latinoamericano. En 2008 presentó su vídeo-ópera Únicamente la verdad, cuyo libreto –del hermano de la compositora– se basa en un famoso corrido, Contrabando y traición, que canta las peripecias de una pareja de narcotraficantes que finaliza con un asesinato. La ópera presenta variedad de estilos narrativos y musicales, incluyendo la estética más vanguardista electroacústica y la herencia popular mexicana. La originalidad de la obra debe mucho a la singularidad del texto, construido con una trama no lineal, hecha de escenas y viñetas de inspiración periodística. Esta obra multidisciplinar rompe las convenciones operísticas y fusiona la música contemporánea con la clásica o el pop, y sin renunciar a los sabores populares de la ranchera o la cumbia. La orquesta no supera los 16 instrumentos, incluyendo guitarra eléctrica y acordeón; el libreto bebe de las noticias difundidas sobre la historia, incluyendo la prensa sensacionalista, dando espacio a una reflexión sobre el poder de los medios de comunicación.
Otra ópera mexicana de los tiempos recientes es Inmigrante ilegal, con libreto y música de Alfonso Molina (Sonora, 1980) y estrenada en 2014. El texto habla de la caza de inmigrantes ilegales mexicanos por parte de los Estados Unidos llevados a una partitura atonal, pero con momentos de gran lirismo, con concesiones al verismo y al expresionismo. La orquesta es camerística, con un uso recurrente de la percusión y del piano, y excelente capacidad para describir emociones, notándose en todo momento el magisterio de Molina en documentales y bandas sonoras cinematográficas.

Catán y la ópera hispana

Un autor decisivo para el desarrollo de la ópera mexicana –y en general para la ópera cantada en castellano– fue Daniel Catán (Ciudad de México, 1949-Austin, 2011). Compositor de media docena de óperas, se declaraba deudor de la tradición, con influencias que van desde Monteverdi hasta Berg. Su estilo bebía de diversas fuentes consiguiendo finalmente aquello que busca el teatro musical: una perfecta unión entre música y texto.
Anterior a Molina y Ortiz por generación y trayectoria, su primer triunfo lírico llegó con La hija de Rappaccini, con libreto de Juan Tovar basado en una obra de Octavio Paz y en un cuento de Nathaniel Hawthorne, se estrenó en México en 1991 y tres años después se ofreció en San Diego (Estados Unidos). Se ambienta en el Renacimiento italiano y su excelente acogida favoreció el encargo de Florencia en el Amazonas, la primera ópera en castellano comisionada por la Grand Opera de Houston, donde se presentó en 1996. Con su reciente estreno en España (Ópera de Tenerife, 2022) contabiliza ya 17 producciones distintas. El libreto de Marcela Fuentes Berain, alumna de Gabriel García Márquez, lo protagoniza una soprano que regresa a su tierra natal con la esperanza de encontrar a su antiguo amante. La historia se desarrolla en un barco que navega por el Amazonas, metáfora del viaje interior de los personajes en la búsqueda de respuestas, para acabar teñida de realismo mágico.
Catán escribió el libreto de Il Postino, estrenada en Los Ángeles en 2010, basándose en la película homónima de Michael Radford que a su vez se inspira en la novela El cartero de Neruda del chileno Antonio Skármeta, y narra la relación entre el poeta Pablo Neruda –papel escrito para Plácido Domingo– y un cartero en la Italia de los años cincuenta. En la ópera se aprecian influencias de Debussy, Richard Strauss, Puccini y del folclore latinoamericano. La historia es también una metáfora de la búsqueda de la libertad, llevando a la partitura este mensaje en un excelente libreto en castellano. * Verónica MAYNÉS, Musicóloga, pianista, profesora y crítica musical