Historia de la Ópera

ÓA 254. Historia de la Ópera LX. Ópera en la América decimonónica (II)

La actividad operística en Venezuela, Argentina y Chile propició la construcción de los primeros teatros líricos

01 / 02 / 2022 - Verónica MAYNÉS* - Tiempo de lectura: 6 min

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Chaquira Lieu / operaactual.com Exhumación de la ópera 'Chaquira Lieu', de Miguel Rojas, la ópera argentina más antigua que se conserva. La obra fue recuperada en 2019 en una audición en forma de concierto en el Museo Roca - Instituto de Investigaciones Históricas de Buenos Aires © Museo Roca
Teatro de La Victoria / operaqactual.com Proyecto de la fachada del Teatro de La Victoria, en Buenos Aires © Wikipedia
Barbiere Santiago Chile / operaactual.com 'El Barbero de Sevilla' de Rossini fue una de las primeras óperas en representarse en diferentes países de Latinoamérica. En la imagen, una reciente puesta en escena en el Teatro Municipal de Santiago de Chile © Teatro Municipal / Patricio MELO
Clorinda Corradi Pantanelli / operaactual.com La soprano Clorinda Corradi, más conocida como Adelaida Corradi de Pantanelli, retratada como 'Norma' por Raymond Monvoisin © Museo Histórico Nacional de Chile

Aunque la ópera se extendió lentamente en Latinoamérica durante el siglo XVIII, el XIX vio nacer las primeras obras de autores locales. La rápida difusión del género, a través de compañías italianas primero y autóctonas después, favoreció su expansión y la construcción de teatros para su escenificación.

Como era costumbre en España, en el nuevo mundo el teatro se representaba en los llamados corrales de comedias, que se construían de forma temporal y al aire libre, e incluían música y danza. Era el escenario efímero en el cual la sociedad criolla incorporaba la representación escénica más allá del salón, cuando el arte comenzó una paulatina democratización. El proceso fue más o menos similar en todas las regiones de América, aunque algunas ciudades de los países todavía en plena formación, fueron tomando la iniciativa.

En tiempos coloniales, la ópera era desconocida en Venezuela, y no fue hasta la llegada de la tonadilla escénica, a mediados del siglo XVIII, y la construcción del primer teatro importante de Caracas, el Coliseo, en 1783, que se propició la contratación de una plantilla estable de músicos que también representaban sainetes líricos. En 1808 el Coliseo acogió una compañía de ópera francesa que interpretó una selección de arias de diferentes autores, un hito en la historia musical de la capital venezolana que abrió las puertas a un género hasta entonces desconocido. De la importancia del acontecimiento dio cuenta una crónica en La Gazeta de Caracas, publicación que existía desde hacía dos meses, apenas llegada la primera imprenta a la capital. Desgraciadamente, el Coliseo quedó destruido por el terremoto de 1812 y las siguientes compañías itinerantes que visitaron el país actuaron en escenarios improvisados, ofreciendo fragmentos de óperas, pero la afición de los caraqueños favoreció la construcción de escenarios permanentes. Por allí pasaban diversas compañías extranjeras, tanto teatrales como operísticas. En 1836 se representan por primera vez óperas completas, siendo una de las más celebradas Il Barbiere di Siviglia de Rossini.

El primer venezolano en interesarse por el género fue José María Osorio (Caracas, 1803-Mérida, 1852). Compositor, fabricante de instrumentos, poeta, pintor y escultor, escribió varias zarzuelas y la primera ópera de su país, El maestro Rufo zapatero, hacia 1847, de la que poco se sabe y bastante queda por descubrir. Hasta no hace mucho se consideraba que el pionero había sido José Ángel Montero (Caracas, 1832-1881), autor también de numerosas zarzuelas. En 1873 estrenó Virginia en el Teatro Caracas, ópera inspirada en la Roma clásica en cuatro actos con libreto de Domenico Bancalari. La obra narra el sacrificio de la plebeya Virginia a manos de su padre, el centurión Lucio Virginio, para protegerla de la ignominia de ser rebajada a la condición de esclava por haber rechazado a Apio Claudio Craso. Los hechos acontecieron en Roma en el siglo V a.C. durante las luchas entre patricios y plebeyos, y provocaron revueltas que acabaron con el derrocamiento de los decenviros.

Virginia muestra claras influencias de la escuela italiana, como el tratamiento de los coros al estilo de Verdi, los acompañamientos orquestales y el arco melódico de Bellini, o los recursos expresivos de Donizetti en Lucia di Lammermoor. Uno de los aspectos más interesantes de Virginia es el uso de tonalidades específicas anticipando los acontecimientos. La ópera se abre con una breve obertura en la ambigua tonalidad de Fa mayor, como presagio de las luchas de poderes. El sacrificio de Virginia para liberar a su pueblo se aprecia en su última intervención, en la heroica tonalidad de Do mayor; el padre, llorará su muerte en la trágica Do menor. En los últimos compases, reaparece la luminosa Do mayor anunciando un futuro mejor.

La ópera en Argentina

Aunque La gatta bianca, de Francisco Hargreaves (Buenos Aires, 1849-1900), se considera como la primera ópera argentina –estrenada en 1877–, Demetrio Rivero (Buenos Aires, 1822-Río de Janeiro, 1889) ya había presentado O primo de California en 1854. El hecho de que Rivero emigrara a Brasil y se desvinculara de su país natal pasó por alto su aportación. Antes, en 1825, se vio por primera vez una ópera completa en la ciudad porteña, Il Barbiere di Siviglia. Los compositores criollos se enfrentaban a dos obstáculos: el primero, la falta de cantantes nacionales, debiendo contratar compañías italianas con la consecuente necesidad de escribir los libretos en italiano. El segundo, el monopolio que ejercían los modelos europeos. El mismo Hargreaves se desplazó hasta Florencia para estudiar de cerca las corrientes imperantes. En 1875 estrena La gatta bianca –cuya música se ha perdido– en una localidad vecina a Florencia; en 1881 recibe un premio en Milán por el melodrama en tres actos Il Vampiro, teniendo como jurado a Arrigo Boito y Amilcare Ponchielli, entre otros. A su regreso a Argentina presenta La gatta bianca en el Teatro de la Victoria de Buenos Aires junto a otras de sus óperas.

El argumento gira en torno a un joven, Luigi, que se enamora de una gata. A cambio de cien francos, un mago la convierte en mujer y acaban casándose al son de un coro de maullidos. Para asegurar la asistencia de público, La gatta bianca se estrenó junto al primer y segundo acto de Rigoletto; en la segunda escenificación, se añadió también el segundo acto de Il Trovatore. La crítica vitoreó la música, pero no el libreto, cuyo autor se desconoce.

"La primera ópera argentina conservada al completo, 'Chaquira Lieu', se estrenó en el Teatro La Victoria en 1879 con libreto de Rafael Barreda y música de Miguel Rojas"

La primera ópera argentina conservada al completo, Chaquira Lieu, se estrenó en el Teatro La Victoria en 1879 con libreto de Rafael Barreda y música de Miguel Rojas (San Nicolás de los Arroyos, 1845-Buenos Aires, 1904). La obra se descubrió casi cien años después, circunstancia que plantea la posibilidad de la existencia de más piezas suyas desaparecidas. Rojas cosechó grandes éxitos con sus piezas vocales, y su melodrama en tres actos para solistas, coro y orquesta se desarrolla en la epopeya local conocida como la Conquista del Desierto, es decir, de la pampa y la Patagonia austral. No hay muchos datos sobre las circunstancias del estreno, siendo uno de los motivos que se barajan la posible censura. Rojas escribía en una revista musical en la que anunció el estreno de la ópera, pero estaba contextualizada en un hecho contemporáneo que supuso el genocidio, la expulsión, deportación y explotación de varias tribus originarias, dato vergonzoso que no convenía llevar a las tablas. La joven india Chaquira se enamora de un naturalista llegado para estudiar la flora y fauna del sur de los Andes. Chaquira es también pretendida por un hombre de su tribu, y se plantea la dificultad de conciliar la tradición criolla con el progreso científico venido del exterior. La ópera presenta un formato parecido al de la zarzuela y de la opéra comique, con diálogos hablados y partes cantadas. Desde el punto de vista musical, Rojas no recurrió a la tradición folklórica indígena, sino que se inspiró en Donizetti, Barbieri y Offenbach, resultando Chaquira Lieu una síntesis de las tradiciones italiana y francesa decimonónicas y de la zarzuela española. En 1903 se representó en el Teatro San Martín de Buenos Aires, cayendo en el olvido hasta que en 2019 el Museo Roca de la ciudad porteña la recuperó.
El talento musical de Arturo Berutti (San Juan, 1858-Buenos Aires, 1938) le valió una beca para estudiar en Europa, conociendo de este modo la música que se hacía en Leipzig, París y Milán. En Italia estrenó tres óperas con gran revuelo, pero fue a su vuelta a Argentina cuando logró concebir aquello que buscaba, un género autóctono. De sus cerca de diez óperas varias tratan temática local, destacando la que se considera como primera ópera fundacional del género indígena argentino, Pampa. La historia narra las vicisitudes del bandido Juan Moreira, con libreto en tres actos de Guido Borra a partir de la novela de Eduardo Gutiérrez. La elección del texto no fue casual, pues Gutiérrez lo publicó entre 1879 y 1880 en el periódico La Patria Argentina y su éxito lo llevó a reescribirla como mimodrama para circo en 1884, siendo la piedra miliar del teatro nacional argentino.
En su ópera Berutti logra un estilo híbrido que combina las estructuras europeas con un lenguaje totalmente nuevo, lleno de guiños criollos tanto textuales como sonoros. Pampa se estrenó en el hoy desaparecido Teatro de la Ópera de Buenos Aires en 1897.

Chile canta ópera

Como en otros países latinoamericanos, los primeros montajes operísticos chilenos consistían en representaciones a cargo de compañías italianas llegadas a principios del siglo XIX, y en muchos casos organizadas por la Sociedad Filarmónica de Santiago o por miembros destacados de la sociedad civil. Ya desde finales del siglo XVIII se escenificaban sainetes y tonadillas de compositores españoles tanto en el puerto de Valparaíso como en la capital chilena, actuaciones a las que se fueron añadiendo selecciones de arias operísticas. Hasta 1831 se habían representado diversas obras principalmente del género bufo. Debido a la falta de teatros públicos las óperas se organizaban de forma privada, pero la historia cambió en 1844 cuando el director de orquesta Rafael Pantanelli y su mujer, la soprano Clorinda Corradi, excelente cantante, llegaron a Santiago. La pareja introdujo el estudio profesional del canto en Chile, creando una gran afición por la lírica desde sus actuaciones en el Teatro de la Universidad.
En la ciudad de Talca, Pantanelli abrió un Club Musical que tenía su propia orquesta, destinada principalmente a la lírica. Según crónicas de la época, Pantanelli fue el primer director que utilizó una batuta en Latinoamérica. El Teatro Victoria, en Valparaíso, abría sus puertas en 1844 y estrenaba Lucia di Lammermoor, incluso cuatro años antes de su estreno en el Liceu de Barcelona. En 1846, Aquinas Ried (Baviera, 1810-Valparaíso, 1869) compuso Telésfora, ópera heroica en tres actos y la primera escrita en Chile. El libreto, en castellano, era de temática nacionalista y tuvo gran éxito al imprimirse a pesar de que la obra no se llegó a representar, aunque se considera como la precursora del género en el país. Ried –que además de músico era cirujano y bombero– escribió más óperas en italiano y castellano.

© Biblioteca Nacional

Eliodoro Ortiz de Zárate

La importancia de la ópera en Chile –que se iba desarrollando en paralelo a la zarzuela– creó la necesidad de construir un auditorio adecuado para su escenificación, que llegaría primero con el Teatro Victoria de Valparaíso en 1844, con capacidad para 1.500 espectadores, y, más tarde, en 1857, con el Teatro Municipal de Santiago y con 1.700 localidades, en cuya inau­guración se representó la verdiana Ernani y que todavía continúa en activo como principal escenario lírico del país. Con temporada estable desde entonces, en 1889 acogió la primera ópera de Wagner, Lohengrin.
El compositor chileno de origen vasco, Eliodoro Ortiz de Zárate (o Heliodoro), nació en Valparaíso en 1865 y se formó en Italia y Suiza. Su talento asombró al mismísimo Jules Massenet, y en 1895 estrenó La florista de Lugano en el Municipal, con gran éxito de crítica. El trágico libreto, en italiano, transcurre a orillas del lago Lugano, localidad donde Ortiz se encontraba durante su concepción. La historia narra el triángulo amoroso entre un cantante, una condesa y una florista, enmarcada en una estructura tradicional que incluye arias, intermezzi, dúos y concertantes. La obra fue excelentemente acogida por abrir nuevos caminos a los compositores autóctonos. Testimonio de la afición chilena por el género lírico fue también la creación de la revista La Ópera en 1896, pionera entre las publicaciones especializadas dedicadas al género lírico en castellano, a la que seguiría, en 1909, la Revista Lírica* Verónica MAYNÉS, Musicóloga, pianista, profesora y crítica musical