Historia de la Ópera

ÓA 232. Historia de la Ópera (XXXVIII). La propuesta nacional checa

La historia y los protagonistas del género

01 / 02 / 2020 - Verónica MAYNÉS* - Tiempo de lectura: 8 min

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Bedrich Smetana, padre de la ópera checa © Wikipedia
'La novia vendida' de Smetana en una producción del Teatro Nacional de Praga, principal Escenario lírico del país © Teatro Nacional de Praga
'Rusalka' en el Metropolitan de Nueva York, con Kristine Opolais en el papel de la ondina y en un montaje de Mary Zimmerman © The Metropolitan Opera / Ken HOWARD

La Primavera de los Pueblos que marcó las revoluciones de 1848, incendió los anhelos nacionalistas europeos. La necesidad de hallar una identidad propia llegó también a la ópera apelando a leyendas, danzas y sustratos populares buscando una afirmación nacional. Smetana primero y Dvorák después, reivindicarán ese nacionalismo creando un lenguaje autóctono, de inconfundible sabor local, determinante en la historia de la ópera checa: el género será un instrumento que ayudará a formalizar las aspiraciones patrióticas.

Las insurrecciones europeas fracasaron en Praga, que siguió siendo territorio dominado por los Habsburgo, con base gubernamental en Viena, manteniendo el alemán como lengua vehicular; el propio Bedrich Smetana (Lytomysi, 1824 – Praga, 1884), cuando llegó a la ciudad en 1843, se expresaba en dicha lengua y tenía pocas nociones del idioma checo. Todo intento de nacionalismo era vigilado y censurado, lo que provocó no pocas campañas clandestinas que soliviantaron los ánimos a una población deseosa de recuperar su independencia. En 1850 se empezaron a recaudar fondos para crear un Teatro Nacional Checo que, tras un primer emplazamiento provisional –que acabó rebautizándolo como Teatro Provisional–, finalmente colocó su primera piedra en 1868 con la asistencia de más de 70.000 personas. Las consecuencias no se hicieron esperar, e inmediatamente después se construyó un teatro en lengua alemana, el Neues Deutsches Theater, que rivalizaría continuamente con el teatro checo en cuanto a las novedades operísticas.

"Considerado como el padre del nacionalismo checo, Smetana escribió ocho óperas, siendo 'La novia vendida' y 'Libuse' las que alcanzaron un mayor éxito"

Considerado como el padre del nacionalismo checo, Smetana escribió ocho óperas, siendo La novia vendida y Libuse las que alcanzaron un mayor éxito. El compositor se inició en el género lírico con Los brandenburgueses en Bohemia, la primera ópera en idioma checo, de carácter serio y patriótico. Alentado por la apertura del Teatro Provisional para acoger dramas y óperas checas, Smetana se presentó al concurso público creado expresamente para seleccionar obras de temática nacional. Ganarlo le supuso el estreno, en 1866, de Los brandenburgueses, con libreto en checo de Karel Sabina. Pero será La novia vendida, ópera cómica en tres actos con libreto del mismo poeta, la que participará más directamente en la creación del género lírico checo.

La ópera más conocida del compositor, en repertorio todavía en la actualidad, fue estrenada en su primera versión en el Teatro Provisional de Praga en 1866, en dos actos y con diálogos hablados. El autor de Má vlast, no contento con los resultados, la revisó en varias ocasiones hasta dar con su forma definitiva, la cual se representó por vez primera en 1870, entonces con recitativos cantados en lugar de diálogos hablados, y con un acto añadido. Ya sea por la frescura de sus melodías, por el sabor folclórico o por la utilización de danzas de extraordinario color local, La novia vendida se convirtió rápidamente en la ópera que mejor representaba el nacionalismo musical checo.
La historia, ambientada en un pueblo de Bohemia en el siglo XIX, narra las peripecias de la joven Marenka, enamorada de Jenik y prometida en contra de su voluntad con Vasek. La trama literaria –con los enredos típicos del género y final feliz– le dio la oportunidad a Smetana para realizar un excelente retrato de la comunidad rural checa y plasmar en los pentagramas su dinamismo y alegría de vivir, con una magnífica caracterización de los personajes, y la tradicional fórmula estructural con la división entre recitativos y arias. Como sucede en este caso, no hay mejor pórtico para una ópera cómica que su brillante obertura, la cual se suele interpretar de forma independiente en conciertos sinfónicos. La de La novia vendida incluye danzas tradicionales eslavas como la polca o el furiant, y sitúa al espectador inmediatamente ante lo que va a acontecer: una de las mejores comedias musicales de todos los tiempos.

Un montaje de 'La novia vendida' en el Teatro Nacional de Praga

En la obra destaca, asimismo, la deliciosa y chispeante skocná que bailan los comediantes del circo en el tercer acto –también usualmente interpretada por separado–, o el memorable dúo de Jenik y Kecal del segundo, sin olvidar el maravilloso sexteto del tercero. El éxito alcanzado con La novia vendida propició la creación de Dálibor (1868) y de Libuse, otros de los grandes hitos operísticos de Smetana. Esta última, escrita en 1872 con libreto en alemán de Josef Wenzig y traducido después al checo por Ervin Spindler, cuenta como protagonista con una reina legendaria que participó activamente en la fundación de Praga, una llamada a las raíces que debía utilizarse para celebrar la supuesta coronación de Francisco José I como rey de Bohemia y que tuvo que posponerse para otra ocasión, que sería la inauguración del Teatro Nacional de Praga en 1881.
Las investigaciones sonoras logradas por el compositor en La novia vendida maduraron en Libuse, encontrándose en su partitura nuevamente ese sabor local inconfundible que caracteriza al autor, con elementos folclóricos y patrióticos desarrollados con excelente pulso dramático y delicioso optimismo nacional, lo que la convirtió en la ópera checa por antonomasia.
Dos años antes de morir, completamente sordo y en el umbral de la locura que le confinaría en un manicomio, Smetana estrenó La muralla del diablo dejando, además, otra ópera por completar, Viola, proyecto inacabado debido al estado de enajenación y a la posterior muerte del padre del nacionalismo checo.

Relevo generacional

Antonín Dvorák (Nelahozeves, 1841 – Praga, 1904) fue el más inmediato seguidor de la escuela nacionalista iniciada por Smetana. Como intérprete de viola, Dvorák participó en las representaciones de algunas de las óperas de Smetana, cuando este fue director del Teatro Provisional. Desde el foso conoció a fondo la obra de su predecesor, reconociendo en el lenguaje musical eslavo el relevo a recoger. Uno de los mayores éxitos de Dvorák fue El Jacobino, ópera en tres actos con libreto de Marie Cervin­ková-Riegrová –basada en una obra de Alois Jirásek–, estrenada en el Teatro Nacional en 1889. La acción se desarrolla en la Bohemia campesina y en plena Revolución Francesa, cuando el joven Bohus –hijo del conde Vilém– regresa de Francia trayendo consigo ideas revolucionarias que le causarán no pocos problemas. Sus ideales no solo terminan por provocarle el rechazo del padre, sino que también ponen de manifiesto el contraste entre los defensores del antiguo y nuevo régimen, además de actuar como reclamo de una liberación nacionalista ante el público.

"La ópera de Dvorák que mejor representa la escuela nacionalista checa es, sin lugar a dudas, 'Rusalka'"

La ópera presenta un perfecto equilibrio entre elementos cómicos y serios, melodías de íntimo lirismo combinadas con otras de corte folclórico, y gran participación de los coros representando al sentimiento colectivo. Aunque El Jacobino fue acogida con entusiasmo, Dvorák la modificó hasta lograr lo que perseguía, teniendo como resultado la partitura que se representa en la actualidad y que se interpretó por primera vez en 1898.

Pero la ópera de Dvorák que mejor representa la escuela nacionalista checa es, sin lugar a dudas, Rusalka, un cuento lírico en tres actos con libreto de Jaorslav Kvapil inspirado en La sirenita de Hans Christian Andersen y en Ondina de Friedrich de la Motte Fouqué. Se trata de la novena ópera del compositor y se estrenó en Praga en 1901 con un éxito clamoroso. El nombre de Rusalka procede de la mitología eslava y define una especie de ondina que vive en las aguas de los lagos o ríos. La joven, debido a su naturaleza acuática, carece de alma y no conoce el amor, pero anhela descubrirlo gracias a un príncipe que frecuenta las aguas del lago en el que habita, y para ello recurre a una bruja. Ésta le da un cuerpo humano pero a cambio Rusalka pierde la voz, trágica circunstancia que presagia el sobrecogedor final de la historia.

El delicioso preludio –en la dramática tonalidad de do menor–, anuncia brevemente el triste destino de la ondina protagonista en combinación con elementos melódicos luminosos que preludian momentos de alegría entre Rusalka y el Príncipe. Dvorák logra una excelente caracterización de los personajes, destacando las diferencias entre los que pertenecen a la esfera real terrenal y los del mundo irreal de Rusalka. La ensoñadora descripción del mundo acuático al que pertenece la ondina incluye momentos de conmovedora belleza, como la invocación de Rusalka a la luna en el primer acto –aria muy recurrida por sopranos en conciertos y recitales–, o el mágico ambiente extasiado del aria del Príncipe al ver por primera vez a la ondina.
Dvorák demuestra en Rusalka un profundo conocimiento de la orquesta al crear una instrumentación de tinte impresionista que incluye giros armónicos checos, a lo que une un tratamiento vocal en las arias de inspiración italiana, siempre imbuido de esa desgarradora melancolía inherente a la tradición eslava. Para lograr mayor continuidad dramática los recitativos son sustituidos por ariosi, enlazándose las diferentes escenas musicalmente sin romper jamás el hilo argumental literario. Los personajes populares se expresan en un lenguaje sencillo de raíces folclóricas, bellísimos en la línea de canto y en el color local. Dvorák –que se retiraba durante horas a un lago para encontrar la inspiración para Rusalka–, logró un retrato excepcional de un mundo legendario, quintaesencia de la tradición musical eslava y, a la vez, pieza operística de carácter imperecedero y universal.– ÓA

* Verónica MAYNÉS es musicóloga, pianista, profesora y crítica musical