Historia de la Ópera

ÓA 220. Historia de la Ópera (XXVII) La lírica en España (IX)

La historia y los protagonistas del género

01 / 01 / 2019 - Verónica MAYNÉS - Tiempo de lectura: 10 minutos

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El compositor Francisco Escudero saluda al público la noche del estreno de la ópera Zigor, un encargo de ABAO-OLBE © ABAO-OLBE

La particular idiosincrasia de las diferentes regiones que conforman la España actual originó una considerable  diversidad de estilos musicales. El género operístico se hace eco de esta riqueza estética e idiomática en geografías tan dispares como la andaluza y la vasca. Ángel Barrios y Francisco Escudero son un buen ejemplo de esta multiplicidad sonora.

Hijo de un can­taor y guitarrista flamenco, Ángel Barrios (Granada, 1882 – Madrid, 1964) es uno de los nombres importantes de la lírica española, hoy poco presente en las programaciones locales. En la taberna regentada por su padre, en las inmediaciones de La Alhambra, se dieron cita artistas como Rusiñol, Sorolla, los hermanos García Lorca, Albéniz o Falla. La Taberna del Polinario –sobrenombre dado a don Antonio, el padre del compositor– fue un auténtico centro cultural del que salieron ideas como la de celebrar en 1922 un importante Concurso de Cante Jondo que abriría nuevos caminos a ese género al tomarse como referencia en la búsqueda de un lenguaje desligado de la herencia europea.

Francisco Escudero en su despacho de trabajo

En este ambiente se gestó la personalidad artística de un joven e inquieto Ángel Barrios, influenciada sin duda por el contacto con la intelectualidad granadina y dirigida bajo la supervisión de maestros como Conrado del Campo. Fruto de la colaboración entre maestro y alumno nació la ópera El Avapiés, estrenada en 1919 en el Teatro Real de Madrid con libreto de Tomás Borrás. Aunque el Romanticismo dejó su impronta en la obra de Barrios, con El Avapiés se erigió como uno de los representantes del españolismo lírico, logrando un colorido sonoro de marcada raigambre local. Ambientada en el mundo de las majas y majos del Madrid dieciochesco, la ópera abre el telón con una tonadilla que preludia lo que va a acontecer musicalmente: zarabandas, seguidillas, fandangos y otros cuadros de corte popular, forman parte de un proyecto artístico que supuso un desafío a la tradicional controversia sobre la necesidad de encontrar un lenguaje operístico propio y español.

Boicot

El compositor granadino Ángel Barrios

Los intentos para boicotear El Avapiés antes del estreno fueron a cuál más surrealista e inverosímil: falta de vestuario adecuado –por lo que recurrieron a  aprovechar el utilizado en Il Barbiere di Siviglia y Carmen–, negativa de los cantantes italianos para participar en la representación de una ópera española y en español, abandono de los miembros de la orquesta durante el último ensayo con la excusa del frío, enfermedad en último momento de una de las cantantes o la huida de otra de ellas por las calles de Madrid vestida de maja y minutos antes de salir a escena siendo perseguida por el empresario del teatro para devolverla al coliseo… Pese a todo el éxito de la representación fue considerable y abrió nuevas posibilidades al lenguaje musical tradicional. Sin embargo será una zarzuela –posteriormente reconvertida en ópera– la que supondrá el mayor éxito de Barrios, que además contará con una adaptación cinematográfica, La Lola se va a los puertos, basada en la obra teatral homónima de Antonio y Manuel Machado. Aunque Barrios inició su colaboración con los hermanos Machado ya en los años treinta, no será hasta 1950 que verá la luz la zarzuela –en el Teatro Albéniz de Madrid–, seguida cinco años después por la ópera del mismo nombre estrenada en el Gran Teatre del Liceu. La conversión de la obra teatral en libreto corrió a cargo de Rafael y Guillermo Fernández-Shaw. La obra se desarrolla en un cortijo andaluz, y tiene como protagonista a Lola, una cantaora flamenca de espíritu libre y corazón apasionado cuyo temperamento contiene los ingredientes idóneos para lograr una partitura de sonido racial. El éxito incontestable de la zarzuela -que superó la cincuentena de representaciones–, propició su formato operístico, para el cual varios números musicales reemplazaron los textos hablados. A pesar de la excelente capacidad de Barrios como orquestador, y de su intuición musical para encontrar un lenguaje andalucista, la ópera no tuvo el éxito de la zarzuela: desgraciadamente, el público barcelonés sucumbía ante el influjo wagneriano y las tradiciones francesa e italiana.

La voz vasca

Otros de los nombres importantísimos de la producción lírica en la península ibérica es el de Francisco Escudero García de Goizueta (Zarautz, 1912 – Donostia, 2002). Al igual que Ángel Barrios, estudió con Conrado del Campo, además de ampliar su formación con Paul Dukas. Francisco Escudero fue uno de los responsables de la recuperación y consolidación de la ópera vasca, tarea acometida no sin dificultades. Aunque entre 1880 y 1920 se produjeron más de treinta óperas en el País Vasco, a partir de esa última década hubo una drástica reducción de publicaciones. Solo los títulos tradicionales italianos, alemanes y franceses eran rentables para los teatros y los empresarios los preferían a la apuesta por obras locales, mal endémico con pocas posibilidades de solución. Además, tras los difíciles años de la Guerra Civil, la dictadura franquista iba a censurar el uso del euskera en los libretos.

A pesar de éstas y otras adversidades, una recién nacida Asociación Bilbaíana de Amigos de la Ópera (ABAO-­OLBE) propuso a Francisco Escudero la composición de una ópera vasca, para lo que convocó un concurso para elegir el argumento idóneo, preferiblemente de carácter histórico, épico o legendario. José Cincunegui, médico de profesión, salió vencedor con su obra Sancho Garcés, basada en el poema dramático de Arturo Campión sobre el citado personaje. Por expreso deseo de Escudero, se encargó a Manuel Lekuona la redacción del libreto, que está distribuido en cuatro actos. Lekuona era un experto en bertsolaritza, la improvisación de discursos rimados y cantados con una métrica establecida y, por tanto, la persona idónea para trabajar un texto concebido para convertirlo en sonido. La acción se desarrolla en la época de la fundación del reino de Pamplona y en las luchas contra los normandos, a finales del siglo IX, en el pirineo navarro. Sancho Garcés I –rey de Pamplona entre 905 y 925– protagoniza una historia de celos, ambición y traición al tener que luchar contra la envidia de su tío Zunbeltz, también aspirante a la corona. Finalmente, la justicia se impondrá y Zunbeltz recibirá su castigozigor en euskera, concepto que dará nombre a la obra. La ópera es un canto al alma vasca, tanto en los valores de los héroes como metáfora de la colectividad, como en la simbología nacionalista presente en la historia y en la música utilizada por Escudero, no sin ciertos tintes moralistas: cualquier intento de desafío ante el natural devenir de los acontecimientos, será castigado por la justicia divina.

Un momento de la exhumación de la ópera Gernika, de Francisco Escudero, por la Euskadiko Orkestra Sinfonikoa en abril de 2017 en el Palacio Euskalduna de Bilbao, uno de los actos organizados con motivo del 80º aniversario del bombardeo de Gernika

Para convertir el libreto en sonido de manera que se pudiera describir el alma vasca, Escudero recurrió al folklore local –con la presencia del tamboril y de las flautas imitando el sonido del txistu– pero con una lectura renovada que evita la cita textual aportando elementos novedosos. Uno de los grandes valores de la ópera fue el trabajo simbiótico entre músico y libretista, que cuidaron todos los detalles de la prosodia vasca para alcanzar la mejor traducción musical de la escena. La obra utiliza temas recurrentes a modo descriptivo y recordatorio –como el del castigo, presente en los primeros compases–, que se desarrollan de forma paralela a la trama literaria. Los elementos rítmicos y melódicos contribuyen de forma decisiva a la descripción escénica, tanto en la representación musical de los personajes como en la traducción del texto y el desarrollo de la trama. En Zigor es importante la presencia del coro, que recupera su posición privilegiada como en la antigua tragedia griega, representando la conciencia colectiva tan inherente al carácter vasco. La ópera se estrenó en el Coliseo Albia de Bilbao en 1967, en versión de concierto, y un año después se representó en el madrileño Teatro de La Zarzuela con gran éxito. El hecho de ser la única ópera estrenada en el País Vasco en euskera –concretamente en gipuzkera– durante la dictadura franquista, junto a su contenido literario y musical, convierten a Zigor en un hito de la música vasca.

La segunda ópera de Escudero, Gernika –estrenada en 1987 en el Teatro Arriaga de Bilbao y en versión de concierto–, fue comisionada por la Sociedad Coral de Bilbao en 1979, año en el que se había concedido el Estatuto de Autonomía al País Vasco. Hacía décadas que Escudero había proyectado una obra sobre la tragedia de Gernika, pero tuvo que esperar al inicio de la democracia para poderla llevar a cabo y evitar problemas con la censura franquista. El libreto fue ideado por el propio compositor, en colaboración con Augustin Zubikarai y Carmelo Iturria. Está escrito en euskera, con excepción de la impactante escena del bombardeo, escrita en bizkaiera, variante perteneciente a la zona de Vizcaya a la que pertenece Gernika. La historia se desarrolla en tierras vascas, cuando la tranquila vida de sus habitantes se ve amenazada por la llegada de un violento grupo armado. La protagonista, llamada Gernika, es sacrificada injustamente en una pira, en clara alusión al desastre que vivió esa localidad. Escudero presenta un pueblo pacífico y libre, en el que se perpetúan las tradiciones culturales como defensa de la colectividad. El lenguaje de Gernikava más allá de la tradición, utilizando recursos musicales de conmovedora fuerza dramática, tanto en los ritmos angustiosos como en las impactantes armonías. En el momento del bombardeo, en el tercer acto, el coro actúa al unísono describiendo trágicamente el horror vivido por la colectividad, con una fuerza escénica que supera toda descripción literaria. Simbólicamente, Gernika constituye un canto a la libertad, a la democracia y a la paz, no solo del pueblo vasco, sino de cualquier colectivo geográfico y social que pierde el natural derecho a vivir en armonía, comunión y tranquilidad.- ÓA

* Verónica MAYNÉS es musicóloga, pianista, profesora y crítica musical