ENTREVISTAS

Rocío Pérez: «Necesito retos para no aburrirme»

01 / 11 / 2020 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

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La soprano madrileña Rocío Pérez © Diego LAFUENTE

Siempre ha tenido las ideas claras. Siendo una niña, esta ascendente soprano ligera cambió el clarinete por el canto y, cuando se sintió preparada, no cejó en su empeño de salir al extranjero en busca de experiencias y de una formación que España no le ofrecía. Viene pisando fuerte, protagonizando una trayectoria meteórica que parece no tener límites. Le estimulan los retos, tanto escénicos como vocales, y su talento no ha pasado desapercibido para los grandes teatros, desde La Fenice a la Deutsche Oper de Berlín, pasando por el Liceu barcelonés o su querido Teatro Real.

Estoy en Venecia, ahora un poco harta de las campanas que aquí suenan sin parar, pero feliz. Canto en un programa doble con Prima la música e poi le parole de Salieri y el Schauspieldirektor de Mozart. Las funciones son en el Teatro Malibrán, donde ya canté L’occasione fa il ladro. En La Fenice debía debutar en abril con Rigoletto. Me hacía mucha ilusión, porque es donde se estrenó la obra, pero se canceló y al final cantaré antes el papel en Nancy, en una producción un poco particular de Richard Brunel donde parece que, además, tendré que bailar.

Me estimulan las producciones arriesgadas y me ayudan a crecer. Me gusta que me pongan al límite escénicamente y profundizar en el personaje. Sin estos alicientes me acabo aburriendo. De todos modos, siempre debes estar muy concentrado porque yo, que soy muy emocional, si me dejo llevar en escena la parte vocal se puede resentir. Lo importante es encontrar el equilibrio y eso supone una búsqueda constante.

Natalie Dessay ha sido un referente para mí, tanto vocalmente como en escena. ¡Nunca puedes dejar de mirarla! Coincidí con ella en la Escuela de Canto y me sorprendió cuando me dijo que mi voz no era tan ligera como creía. Con el tiempo pienso que tenía razón y, aunque ahora me gustaría interpretar papeles como Lakmé u Ophélie en los que puedo mostrar todo mi potencial, espero con el tiempo llegar a cantar La Traviata.

Mi voz ya se ha asentado, pero hasta que tienes 30 años sigue evolucionando y hay que estar muy encima para que la cosa no se tuerza. Siempre tuve facilidad para el sobreagudo, pero he tenido que trabajar mucho la agilidad de la voz, la coloratura y el registro central. Una debe encontrar sus puntos débiles y focalizarse en ellos. La colocación natural de mi voz es alta y papeles como Lucia debo trabajarlos para que suenen igual en todos los registros. En papeles centrales como Zerlina, aunque me encantan, tengo la sensación de no poder mostrar mi voz al cien por cien.

En un futuro próximo me gustaría poder cantar, además de Lakmé o Hamlet, obras belcantistas como I Puritani o La fille du régiment, que me parece muy divertida. Y también Zerbinetta, de Ariadne auf Naxos, que estoy preparando y es perfecta para mí en este momento.

Siempre tuve muy claro que quería ir al extranjero para aprender idiomas y tener oportunidades que en España veía difíciles. Conseguí una audición para el Opera Studio de la Opéra du Rihn, en Estrasburgo, y me aceptaron. Allí aprendí la profesión, trabajando siete días a la semana y subiendo al escenario. Es una lástima que en España los teatros importantes no trabajen ese aspecto formativo. Lo ven como un gasto cuando en realidad es una inversión.

La primera vez que canté una ópera fue con 13 o 14 años en el Teatro Real de Madrid, uno de los niños de The little sweep (El pequeño deshollinador), de Britten. Fue impactante ver un gran teatro por dentro a esa edad. ¡Los solistas me parecían gigantes! Nunca lo he podido olvidar. Aún hoy, cuando vuelvo al Real, el olor del patio de butacas me retrotrae a aquel momento mágico.

Como Olympia, de 'Les contes d’Hoffmann', en la Ópera Nacional de Finlandia