ENTREVISTAS

Paco Azorín: “Lucho para librarme del peso de la tradición”

01 / 07 / 2021 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 8 min

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El director de escena Paco Azorín Paco Azorín © Pedro CHAMIZO
El 'Te Deum' con el que concluye el primera acto, con un Scarpia casi humano © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
Traviata-Paco Azorín Peralada-Toti-Ferrer-Opera-Actual-1 Escena final de 'La Traviata' en su estreno en el Festival de Peralada © Festival Castell de Peralada / Toti FERRER

Estudió e inició su carrera en Barcelona, donde reside a caballo con Sevilla, ciudad de la que se enamoró una primavera mientras ensayaba la misma producción de Tosca que ahora repone en el Teatro Real. Aunque no abandona su faceta de escenógrafo cuando se lo piden sus amigos, la carrera de Paco Azorín es la de director de escena, una profesión que despegó con fuerza en 2014 y desde entonces los proyectos operísticos se acumulan en una agenda repleta hasta 2025. Combativo y convencido del deber transformador y crítico del teatro, expone sin complejos sus ideas.

Estoy en Madrid preparando la reposición de mi producción de Tosca que se estrenó en el Gran Teatre del Liceu en 2014 y en el Maestranza de Sevilla, coproductor del espectáculo, un año después. Cada vez que la revisito trato de hacer cosas nuevas. Siempre digo que trabajo con lo que tengo en la nevera. Cada cantante aporta cosas distintas y no tengo necesidad de imponer. La dramaturgia es la misma, pero el acting varía en función de los cantantes. En el Real cuento con tres repartos excepcionales y con cada uno es diferente. Para mí es importante esa libertad.

Estudié escenografía porque, ya de pequeño, creaba maquetas de las zarzuelas que escuchaba mi abuelo, la banda sonora de mi infancia. Siempre me ha atraído el escenario y, aunque he hecho teatro, mi medio natural es la ópera. Llegué tarde a la dirección escénica. Me formé como escenógrafo, pero siempre me interesó la dirección.

Cuando entré en el Institut del Teatre de Barcelona, con 17 años, Iago Pericot, nada más conocerme, me dijo: “Azorín, tú no eres escenógrafo, eres director”. Al principio lo tomé mal, pero poco a poco me fui decantando en esa dirección. Traté de absorber el máximo de los directores con los que trabajaba como escenógrafo, como Lluís Pasqual o Carme Portaceli, mi padre y madre teatrales. ¡Iago Pericot sería mi abuelo!

De Pasqual aprendí a trabajar con los cantantes. Él los considera como actores, yo en cambio los veo como grandes intérpretes que llegan al espectador por vías más irracionales, a través de las emociones que transmite la música. También aprendí de él la importancia de poner al cantante de tu parte. La dificultad de su trabajo es tal que lo último que debes poner son obstáculos.

De Portacelli heredé su espíritu combativo político, en el sentido de lo que interesa a la polis. No hacer de la ópera un simple divertimento. En un momento de tanto retroceso social como el actual, el teatro debe dar un paso adelante. Tenemos una responsabilidad en ese sentido y sorprende ver a directores jóvenes sin ningún compromiso que solo hacen producciones esteticistas.

"Mi proceso creativo empieza profundizando en la obra y alejándome en lo posible de cualquier referencia"

Creo que cada vez me interesa menos el contexto en el que se creó una obra y más su contacto con la actualidad. Cuando dirigí El monstruo en el laberinto de Jonathan Dove con chicos jóvenes, había visto anteriores producciones muy dulcificadas. El primer día les dije a quienes participarían en la obra: “Trata de chicos como vosotros, obligados a dejar su país a causa de una guerra, cruzar un mar en patera y buscarse la vida”. No te puedes evadir del componente político y no dudé en introducirlo.

Mi proceso creativo empieza profundizando en la obra y alejándome en lo posible de cualquier referencia. Ahora estoy trabajando en una futura producción de Medea y trato de acercarme a ella con la mirada limpia de un niño, aunque sé que acabará matando a sus hijos. Quiero enfocarla desde la perspectiva de estos, normalmente representados por niños pequeños, aunque en realidad son casi adolescentes. Lucho constantemente para librarme del peso brutal de la tradición. ÓA