ENTREVISTAS
François López-Ferrer: "Debutar en el Teatro Real con 'Il trovatore' es un reto y un privilegio"
El director de orquesta hispano-estadounidense François López-Ferrer debuta con Il trovatore en el Teatro Real de Madrid dirigiendo dos funciones los días 4 y 15 de julio. El maestro se está consolidando en el panorama lírico internacional tras recibir el prestigioso Sir Georg Solti Conducting Award en 2024. La dirección operística corre por sus venas y su carrera abarca también el repertorio sinfónico y un firme compromiso con la música de vanguardia. En su agenda destaca el inicio de la próxima temporada lírica 2026-27 dirigiendo Il barbiere di Siviglia en la Opéra national de Paris.
Debuta en el podio del Teatro Real de Madrid con Il trovatore, una de las grandes óperas de Verdi. ¿Qué significa para usted dirigir por primera vez en uno de los principales escenarios líricos españoles? Debutar en el Teatro Real es, sin duda, un hito cargado de simbolismo y una emoción inmensa. Como director de raíces españolas, el Real no es solo un teatro de referencia internacional por su altísimo nivel artístico y técnico; es un templo en el cual se respira la historia viva de la lírica. Hacerlo, además, con una obra de la envergadura, la pasión y la exigencia de Il trovatore es un reto mayúsculo y un absoluto privilegio. Volver a España para subirme a este podio significa conectar con mis propias raíces y, sobre todo, una maravillosa oportunidad para compartir con el público madrileño el punto en el que me encuentro hoy como músico, afrontando este reto con el máximo respeto y entrega.
La experiencia en una academia operística como la de París implica un contacto muy estrecho con jóvenes cantantes. ¿Cómo ha influido ese trabajo a François López-Ferrer en su relación con las voces y en su forma de construir una representación? Mi paso por la Academia de la Ópera de París fue una escuela de valor incalculable. Trabajar codo con codo con jóvenes cantantes de talento excepcional te obliga a desarrollar una escucha de una sensibilidad extrema. La ópera no es solo técnica; es flexibilidad, respiración compartida y psicología. Ese contacto tan estrecho me enseñó a entender las capacidades y las necesidades de cada voz; saber cuándo guiar y cuándo dar libertad para que el drama fluya de manera orgánica. En el foso, yo no concibo la orquesta como un elemento separado, sino como una gran caja de resonancia que debe arropar, dialogar y potenciar lo que ocurre en el escenario.
¿Qué enseñanzas de la Academia parisina o de su joven trayectoria profesional considera más valiosas para afrontar una producción del gran repertorio como Il trovatore? Il trovatore es pura intuición dramática y fuego, pero si no se aborda desde una rigurosa disciplina técnica, puede desbocarse. De la Academia de París y de mis años en el podio me llevo, precisamente, esa obsesión por la fidelidad a la partitura y un profundo entendimiento de la importancia crucial del trabajo en equipo. Una producción de esta envergadura es un engranaje humano inmenso. En este sentido, para mí está siendo un absoluto privilegio y un aprendizaje continuo formar parte del equipo de esta producción en el Teatro Real con el maestro Nicola Luisotti. Compartir foso con un director que posee un conocimiento tan hondo, orgánico y referencial del universo verdiano y de una partitura tan compleja como la de Trovatore es un regalo. Ver cómo respira con el drama, su sutileza con las voces y su autoridad tranquila me reafirman en que el trabajo en equipo en la ópera consiste en escuchar, aprender y sumar sensibilidades para que la música alcance su máxima expresión.
¿Dónde ha podido dirigir ópera escenificada o en versión de concierto? A lo largo de mi trayectoria he tenido la fortuna de abordar el género lírico en diversos contextos y formatos, lo que me ha dado una visión muy amplia del teatro musical. He dirigido producciones escenificadas y proyectos de ópera tanto en Europa como en Estados Unidos, colaborando con instituciones como la Opéra national de Paris (en producciones y talleres de la Académie), el Rossini Opera Festival, la Opéra de Lausanne, el Spoleto Festival USA, y la Opera de San Antonio. También he liderado proyectos de ópera en versión de concierto y galas líricas con orquestas en Europa y las Américas, formatos que te exigen concentrar toda la fuerza dramática exclusivamente en el drama de la palabra.
¿Cuál es su visión musical de Il trovatore y qué aspectos le interesan especialmente de esta partitura? A menudo se dice, casi de forma anecdótica, que para hacer Il trovatore solo se necesitan los cuatro mejores cantantes del mundo. Si bien el virtuosismo vocal es innegable, musicalmente la obra es mucho más que una sucesión de arias célebres; es una obra maestra de una tensión psicológica asfixiante. A mí me interesa especialmente el contraste extremo que plantea Verdi: esa mezcla de belcantismo tardío, lleno de nobleza y elegancia melódica, conviviendo con una energía rítmica casi salvaje, terrenal y obsesiva.
¿Cómo percibe a los tres personajes principales de la obra, tan icónicos, como Manrico, Leonora y Azucena? Son tres arquetipos de una fuerza trágica colosal, movidos por impulsos primarios absolutos: Leonora es el idealismo, la nobleza y el amor incondicional llevado hasta sus últimas consecuencias; su música exige una pureza de línea lírica que transmite tanto vulnerabilidad como una determinación inquebrantable. Manrico encarna el heroísmo romántico, pero es un héroe atrapado en un conflicto de identidades; musicalmente proyecta esa virilidad arrojada y, al mismo tiempo, una ternura infinita, especialmente en su relación filial. Azucena es para mí el verdadero motor de la ópera: es el personaje más complejo y moderno de la partitura. Su música está teñida de una obsesión delirante, un vaivén constante entre el trauma del pasado, el amor maternal y una sed de venganza destructiva. Capturar su inestabilidad psicológica a través de la orquesta es uno de los mayores retos de la obra.
La ópera vive un momento de renovación generacional en los podios. ¿Cuál fue la motivación que le impulsó a ser director musical? ¿Cree que hay suficientes oportunidades para éstos en el mundo de la lírica? Mi motivación nació no de un deseo de liderazgo, sino de una profunda necesidad de comunicación y colaboración. Siempre me fascinó cómo la música, y muy especialmente la ópera, es capaz de coordinar tantas disciplinas artísticas distintas —el texto, la escena, las voces, la orquestación— para generar una catarsis colectiva que no se puede replicar en ningún otro arte. Ser director es, en el fondo, ser un facilitador de esa magia. Respecto a las oportunidades, la lírica es un ecosistema complejo, costoso y que asume grandes riesgos en cada producción. Las oportunidades reales y valiosas no son aquellas en las que se nos etiqueta como ‘directores jóvenes’, sino aquellas en las que se nos permite integrarnos en los procesos desde abajo, colaborar con grandes maestros —como me ocurre hoy en el Real— y madurar el oficio con el tiempo y el rigor que este arte exige. Las puertas se abren a medida que derribamos las prisas y demostramos que estamos listos para asumir la inmensa responsabilidad que implica dirigir desde el foso.
Ha desarrollado buena parte de su carrera entre Europa y Estados Unidos. ¿Qué diferencias encuentra en la manera de trabajar y entender la ópera a ambos lados del Atlántico? Son dos modelos culturales fascinantes y complementarios. En Estados Unidos, la eficiencia, la precisión técnica y la disciplina organizativa son altísimas; las orquestas son máquinas de una flexibilidad estilística asombrosa debido al sistema de programación. Por su parte, Europa posee el peso de la tradición, la historia y un arraigo cultural profundo que se respira en los teatros de repertorio. En Europa la ópera se entiende de una manera más visceral y conceptualmente arriesgada en las puestas en escena. Enriquecerme de ambas visiones me permite buscar un equilibrio: la disciplina técnica y el pragmatismo americano aplicados a la profundidad artística y el respeto a la tradición europea.
Si pudiera señalar tres cualidades imprescindibles para un director de ópera del siglo XXI, ¿Cuáles serían y por qué? Flexibilidad psicológica y empatía: En la ópera confluyen directores de escena, cantantes, coro, orquesta y técnicos. Un director debe ser un unificador de voluntades, alguien que inspire y potencie el talento ajeno. Profunda cultura humanística: para dirigir ópera no basta con saber solfeo y técnica de batuta, hay que entender el texto, el contexto histórico, el teatro y la literatura. La música es la consecuencia de la palabra. Curiosidad y versatilidad: los lenguajes artísticos evolucionan y nosotros con ellos. La clave está en saber adaptarse a mundos musicales completamente distintos sin perder la identidad, sirviendo de puente para que cualquier obra, ya tenga tres siglos de historia o se estrene esta noche, conecte directamente con las emociones del espectador actual.
Este debut en el Teatro Real supone un hito importante en su carrera. ¿Qué proyectos y repertorios le gustaría abordar en los próximos años y dónde se imagina artísticamente dentro de una década? Este debut abre una etapa maravillosa de madurez. En los próximos años me interesa muchísimo profundizar en el universo verdiano y pucciniano, pero también explorar el repertorio francés —que me apasiona— y, por supuesto, seguir defendiendo la creación contemporánea y el repertorio sinfónico-coral. ¿Dentro de una década? Me imagino al frente de un proyecto artístico estable, manteniendo un equilibrio sano entre el foso de la ópera y el podio sinfónico, y habiendo consolidado relaciones artísticas profundas que me enriquezcan tanto personal como profesionalmente.
Su padre, Jesús López Cobos, Premio ÓPERA ACTUAL 2016, fue un director con gran presencia en el mundo lírico internacional y español, dejando una importante huella en la dirección musical del Teatro Real. ¿Cómo ha influido su figura en su formación musical y en su manera de entender la profesión? La huella de mi padre es inmensa, tanto en lo personal como en lo profesional. De él aprendí que esta profesión no consiste en buscar la gloria personal ni el lucimiento en el podio, sino en ponerse al servicio riguroso del compositor. Su influencia no fue la de un maestro impositivo, sino la de un ejemplo diario de honestidad, amor por el trabajo bien hecho y un respeto absoluto hacia los músicos y los cantantes. Su manera de concebir el oficio —con humildad, estudio incansable y dignidad— es la brújula que guía cada paso que doy.
¿Pudo verlo dirigir en el Teatro Real? ¿Hay algo que le gustaría destacar de su figura o de lo que pudo aprender de él? Si hoy pudiera compartir con él este debut en el Teatro Real, ¿qué le habría gustado contarle al final de la función? Recuerdo perfectamente la atmósfera de Simon Boccanegra bajo su dirección: esa mezcla de autoridad tranquila, control absoluto del foso y una elegancia natural que hacía que todo pareciera fácil, cuando la ópera es sumamente difícil. Lo que más destacaría de él era su capacidad para transmitir seguridad a los cantantes; ellos sabían que con él en el podio estaban a salvo. Si hoy pudiera tenerlo en el camerino al terminar la función de Il trovatore, no harían falta grandes discursos. Creo que nos daríamos un abrazo fuerte y, con una sonrisa, le diría: “Papá, tenías toda la razón: la magia de este foso es única”.– ÓA
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