ENTREVISTAS

Diego Martin-Etxebarria, director: “‘Ariadne auf Naxos’ es una gran broma de Strauss”

08 / 10 / 2024 - Aniol COSTA-PAU - Tiempo de lectura: 6 min

El director musical Diego Martin-Etxebarria © Philip BRUNNADER

La Ópera de Tenerife inaugura su temporada 2024-25 con una producción propia de Ariadne auf Naxos. Dirigirá musicalmente esta ópera de Richard Strauss el maestro español Diego Martin-Etxebarria, al frente de un reparto encabezado por Serena Sáenz (Zerbinetta), Irina Churilova (Ariadne) y Michael König (Bacchus). Para el director, que se enfrenta por primera vez al reto de esta partitura, predomina el carácter cómico a lo largo de esta obra inspirada en el mito de Ariadne y la commedia dell’arte.

Es uno de los directores españoles más importantes de su generación. Diego Martin-Etxebarria está desarrollando una carrera multifacética que combina repertorio sinfónico con ópera, zarzuela e incluso ballet y dirigiendo títulos que abarcan desde el Barroco hasta estrenos contemporáneos. En estos días debuta en la temporada de ópera del Auditorio de Tenerife con Ariadne auf Naxos de Richard Strauss (ver previa en este enlace). “Estoy muy emocionado porque hace más de 10 años estuve con la Sinfónica de Tenerife, pero este será mi debut en la temporada de ópera y la primera vez que dirija este título”, explica a ÓPERA ACTUAL.

Martin-Etxebarria, que ha sido durante los últimos ocho años director principal en diversos teatros de Alemania, empezó la presente temporada dirigiendo a la Sinfónica de Bilbao y, ahora, tras su compromiso en Santa Cruz de Tenerife, regresará a la Real Filharmonía de Galicia, la Filarmónica de Málaga, el Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo y la Orquesta Nacional de España. Además, manteniendo su vínculo con Alemania, en noviembre también debutará en el Staatstheater Kassel dirigiendo Katja Kabanova de Janácek.

¿Cuáles son las sensaciones en los primeros días de ensayo de esta Ariadne auf Naxos?

El reparto es excelente desde el punto de vista musical, pero lo más importante para mí es que tengamos un buen ambiente de trabajo y que todos contribuyamos con ilusión al proyecto y, de momento, no podría pedir más en este sentido. Nunca he olvidado los motivos por los que empecé a estudiar música e intento mantener esa misma ilusión, por eso, cuando me encuentro en una producción en la que siento que la dinámica general va en esta dirección, me siento muy feliz.

¿Ha cambiado mucho su carrera en estos 10 años de diferencia?

Como comentaba, hace ya más de 10 años de la última vez que dirigí esta orquesta y la situación no podría ser más diferente en todos los sentidos. Estuve dos veces consecutivas en 2012 y 2013, pero en aquella época yo aún estaba en los inicios de mi carrera y fueron dos programas didácticos. Estaré siempre agradecido a las primeras orquestas que me dieron la oportunidad de presentarme ante el público (Bilbao, Euskadi y Tenerife) y es un honor haber tenido la posibilidad de volver a todas ellas. Ya en aquel momento me encantó el ambiente de la orquesta y pasé dos semanas estupendas, así que poder regresar y recuperar aquellas buenas sensaciones es muy gratificante.

© Marti E. BERENGUER

El director musical Diego Martin-Etxebarria

Como director musical, ¿Cómo interpreta esta partitura de Richard Strauss?

Sinceramente, es todo un reto. Es una partitura con una grandísima complejidad para todos los integrantes, tanto en el escenario como en el foso. El prólogo es un diálogo constante entre múltiples personajes, con una cierta sensación de recitativo, pero con todo especificado hasta el mínimo detalle. Hay algo en él que me recuerda la estructura de diálogos frenéticos de Gianni Schicchi, aunque el lenguaje musical sea tan diferente. Después, en la ópera la escritura es radicalmente diferente: grandes líneas vocales, arias de gran complejidad tanto por la tesitura como por la exigencia de fiato junto con pasajes de conjunto llenos de contrapunto. Y en cuanto a la orquesta, a pesar de ser una plantilla reducida la sonoridad que consigue Strauss en numerosos pasajes no se distancia mucho de otros títulos para agrupaciones más grandes, a lo que se añade una escritura camerística que convierte a todos los músicos en solistas, incluidos los de cuerda que normalmente tocan la misma línea.

¿Considera que la obra combina un carácter cómico de los personajes de la commedia dell’arte, con momentos más trágicos basados en el mito de Ariadna?

Este es el gran debate. La opinión más tradicional es que el prólogo es básicamente cómico y la ópera más seria, sin embargo, yo cada vez me decanto más por pensar que todo es una gran broma de Strauss. Tengo la sensación de que gran parte del mito de Ariadne también lo trata como excusa para hacer comedia sobre las óperas serias y que, en realidad, el tenor y la prima donna siguen siendo ellos aun cuando interpretan a Ariadne y Bacchus utilizando ciertos elementos característicos de chistes sobre sopranos y tenores: tesituras extremadamente exigentes, líneas de canto larguísimas… Incluso el personaje de Zerbinetta también aglutina una serie de tópicos sobre lo que genéricamente se espera de una soprano ligera.

¿Ha podido ver algunos detalles de la producción de Nicola Berloffa? ¿Qué le ha parecido?

Sí. Antes que nada quiero agradecer a Nicola lo agradable que ha sido la colaboración. Insisto en que la música me encanta, pero disfrutar de un trabajo distendido y alegre para mí es una prioridad. También hay que destacar lo respetuoso que ha sido con la historia y con que nada interfiera con el resultado musical. Tanto la escenografía como el vestuario son hermosos y estoy seguro de que el público, además de admirar la belleza del escenario, podrá seguir el desarrollo de la historia con facilidad, incluso sin hablar alemán, aunque, por supuesto, habrá subtítulos.

Y, sobre los solistas, Serena Sáenz (Zerbinetta), Irina Churilova (Ariadne) y Michael König (Bacchus) tienen papeles realmente difíciles.

Precisamente fui estudiando la escritura tan endiabladamente difícil no solo de estos dos personajes femeninos y también de Bacchus que, en cuanto a minutaje es significativamente más corto, pero durísimo para cualquier tenor; empecé a desarrollar la idea de que esta exigencia vocal tuviera un sentido dramático: presentar una colección de bromas sobre lo que se espera oír de cada una de estas voces. El papel de Ariadne cumple con todos los elementos característicos de una soprano lírica: tesitura de más de dos octavas, líneas melódicas muy largas con pocos espacios para respirar junto con grandes saltos melódicos. Zerbinetta, siguiendo los tópicos de una soprano ligera, alcanza unos niveles de virtuosismo difíciles de igualar, también con una tesitura extrema, coloraturas rapidísimas y saltos melódicos más rápidos y abruptos. Bacchus es más breve, pero constantemente canta en una tesitura muy demandante para la voz de tenor, frecuentemente en el registro medio agudo y con el chiste añadido, según lo entiendo yo, de que, aun cantando menos tiempo, la espectacularidad de su línea de canto puede “robar” la función.

Como director, a lo largo de su carrera, ha combinado el repertorio sinfónico con el operístico. ¿Cuál es la principal diferencia?

La cantidad de variables añadidas en una producción de ópera es enorme. El incremento en el número de personas involucradas es más que significativo y no me refiero solo a los cantantes, coro, actores, bailarines… Que se ven en el escenario, sino también al gran grupo humano entre bambalinas que hacen que un espectáculo de semejantes dimensiones sea posible. Pero quizás la diferencia más importante no reside tanto en la cantidad de participantes sino en la distribución de responsabilidades y protagonismo. En un programa sinfónico el protagonismo y la responsabilidad están muy claros: reside en la orquesta. En una ópera nadie puede ser protagonista y todo el mundo tiene que realizar concesiones para que el conjunto pueda lucir al mismo nivel. Por supuesto que dentro de una orquesta se realizan acciones en beneficio de los compañeros en momentos puntuales y del grupo en general, pero en una ópera son muchísimas más las personas a las que se les exige generosidad artística.

"'Tristán e Isolda' ha sido mi Everest: nunca había pasado tantas horas estudiando ni tantas horas en un foso"

¿Cuáles son sus referentes en el mundo de la dirección?

Cuando empecé a dirigir tuve una época bastante mitómana con Carlos Kleiber como gran referente, con un gran interés por la estética de los directores en el podium. Me encantaban los directores técnicamente limpios y visualmente elegantes. Con el tiempo me fui interesando cada vez más por el sonido que producían cada uno de ellos y descubrí que la técnica es una gran ayuda, pero que hay grandes directores con maneras de dirigir extrañas que obtienen magia con su sola presencia. Y, finalmente, cuanto más tiempo llevo dedicándome a este trabajo y siendo consciente de la enorme complejidad que conlleva estar frente a un barco tan enorme, más respeto y admiración siento por todos mis compañeros, tanto si son superestrellas como si son artesanos de la música. De todos ellos hay aspectos que te pueden sorprender y de los que se puede aprender.

¿Cuáles son sus compositores u óperas predilectas que han marcado más su trayectoria?

Creo que todos los músicos vamos modificando nuestras preferencias con el paso de los años. En un principio me divertía muchísimo el bel canto cómico; después descubrí que me entendía sorprendentemente bien con Mozart y diría que algunas de sus óperas, sobre todo La flauta mágica y La clemenza di Tito, me han aportado los resultados musicales más satisfactorios de mi carrera. El verismo siempre me ha llegado directo al corazón y uno de los grandes hitos de mi carrera fue dirigir La Bohème en Augsburg en 2012. Rusalka tuvo un gran impacto emocional no solo por la belleza de su música, sino porque el día siguiente de estrenar aquella producción se inició el confinamiento por la pandemia. Y más recientemente, Tristán e Isolda ha sido mi Everest: nunca había pasado tantas horas estudiando ni tantas horas en un foso.– ÓA

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