Zúrich: Davidsen debuta a lo grande en 'Tannhäuser'

05 / 04 / 2019 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 4 minutos

La producción de Harry Kupfer, que continúa cosechando éxitos tras varias décadas, logró el aplauso del público gracias al elenco protagonista, de entre el que destacó la soprano Lise Davidsen © Opernhaus Zürich / Toni SUTER
La producción de Harry Kupfer, que continúa cosechando éxitos tras varias décadas, logró el aplauso del público gracias al elenco protagonista, de entre el que destacó la soprano Lise Davidsen © Opernhaus Zürich / Toni SUTER
La producción de Harry Kupfer, que continúa cosechando éxitos tras varias décadas, logró el aplauso del público gracias al elenco protagonista, de entre el que destacó la soprano Lise Davidsen © Opernhaus Zürich / Toni SUTER
La producción de Harry Kupfer, que continúa cosechando éxitos tras varias décadas, logró el aplauso del público gracias al elenco protagonista, de entre el que destacó la soprano Lise Davidsen © Opernhaus Zürich / Toni SUTER

Opernhaus Zürich

Wagner: TANNHÄUSER

Stephen Gould, Lise Davidsen, Tanja Ariane Baumgartner, Mika Kares, Michael Nagy, Iain Milne, Ruben Drole, Martin Zysset, Stanislav Vorobyov, Sen Guo. Dirección: Axel Kober. Dirección de escena: Harry Kupfer. 5 de abril de 2019.

La joven soprano noruega Lise Davidsen sorprendió en Zúrich hace más de dos años con su Agathe de Der Freischütz gracias a un voluptuoso timbre de gran homogeneidad, una proyección fuera de serie y una musicalidad exquisita. Con apenas 32 años, se está ganando un prestigio internacional como soprano lírico-dramática que le han valido el debut en Zúrich de Elizabeth, para en unos meses llevarla a Múnich y al codiciado Festival de Bayreuth. Y es que Davidsen emocionó por una sincera musicalidad, un canto insultantemente natural que hacía que lo más difícil pareciera fácil. Su primera Elizabeth entró por la puerta grande, ya desde la exultante «Dich, Teure halle», pasando por el entregado dúo con Tannhäuser y la íntima plegaría del tercer acto, donde demostró, además, una sensibilidad de intimista belleza. A su lado, Stephen Gould demostró una vez más –y ya van cien– que su Tannhäuser se trata básicamente de instrumento. Su interpretación puede gustar por la calidez de la voz, además de su potencia, que no proyección; pero a su Tannhäuser le falta delicadeza y le sobran decibelios, sobre todo engolados. Si en el segundo acto pasó algún escollo para mostrar el brillante schillo, en el relato de Roma le faltó sutileza y elegancia. Pero, con todo, lo hizo, y es que Tannhäuser es uno de los roles para tenor más difíciles, por extensión y exigencia.

© Opernhaus Zürich / Toni SUTER

Lise Davidsen logró el aplauso unánime del público de Zúrich en su debut como Elisabeth en 'Tannhäuser'

Axel Kober, que optó por la versión de Viena, conoce la partitura de memoria y en su conjunto hizo una versión muy loable y efectista, con momentos de grandiosa sonoridad, equilibrando los de mayor lirismo –qué bonito el «Oh du mein holder Abendstern» de Wolfram–. Aunque empezó algo seco y tosco en los primeros compases de la obertura, donde los metales sonaron, en ocasiones, algo a la brava, sacó brillo magistralmente a cuerdas y maderas, –qué maravilla la escena con el corno inglés en el escenario–. El concertante del segundo acto fue, simplemente, magistral. El coro anduvo en todo momento a nivel superlativo, con una entrada de los invitado de gran impacto y el coro de peregrinos de creciente intensidad. Del resto de solistas, cabría destacar el barítono  Micheal Nagy (Wolfram), quien a pesar de no contar con un gran instrumento sí que su voz resultó muy timbrada y con un fraseo de gran elegancia liederística, eso que se pide a Wolfram precisamente. Y es que es un cantante de gran sensibilidad que supo suplir fuelle por musicalidad. Venus encontró en la mezzosoprano Tanja Ariane Baumgartner a una intérprete entregada, a la que le faltaría algo de sutileza y le sobraría estridencia, pero que también gustó mucho. Destacar también el Pastorcillo de Sen Guo que se presentó con una delicada musicalidad. El resto cumplió, sin personalidad ni recuerdo.

Escénicamente, el concepto escénico de Harry Kupfer a estas alturas es bien conocido; y los recursos escénicos preferidos por el regista también –neones, proyecciones, televisores de plasma, etc.– Todo tiene un regusto a déjà vu, a la producción de Hamburgo que pasó por el Liceu –hace casi treinta años–, aunque con un buen trabajo de actualización y relocalización. La gruta de Venus bien podría ser la Langstrasse – barrio rojo – de Zúrich, o el tercer acto, que sucede en la estación principal de la ciudad suiza. Quizás el momento más conseguido, y que aquí sí repetiría, sería el concurso televisivo de canto. Con todo, Kupfer aun convence y su propuesta sigue vigente.

 

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