Zemlinsky, entre el sueño y la realidad

Frankfurt

11 / 03 / 2024 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

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zemlinsky frankfurt La producción de Tilmann Köhler de 'Der Traumgörge" © Oper Frankfurt / Barbara AUMÜLLER
zemlinsky frankfurt La producción de Tilmann Köhler de 'Der Traumgörge" © Oper Frankfurt / Barbara AUMÜLLER
zemlinsky frankfurt La producción de Tilmann Köhler de 'Der Traumgörge" © Oper Frankfurt / Barbara AUMÜLLER

Oper Frankfurt

Zemlinsky: DER TRAUMGÖRGE

AJ Glueckert, Zuzana Marková, Magdalena Hinterdobler, Liviu Holender, Juanita Lascarro, Iain MacNeil. Dirección musical: Markus Poschner. Dirección de escena: Tilmann Köhler. 9 de marzo de 2024.

Las óperas de Alexander Zemlinsky continúan en los márgenes del repertorio, pese a regulares esfuerzos para reivindicar un corpus musicalmente opulento y dramáticamente tortuoso. Buen ejemplo es Der Traumgörge (Görge el soñador), un título cuyo estreno en 1907 bajo la batuta de Gustav Mahler fue cancelado tras su marcha de la Ópera de Viena, asediado por una prensa virulentamente antisemita. Un cúmulo de circunstancias, entre ellas el exilio de Zemlinsky en Estados Unidos, donde moriría en 1942, tras la llegada de los nazis al poder, y el olvido de su música después de la Segunda Guerra Mundial, ayudan a explicar que la obra no viera la luz hasta 1980 de forma póstuma, llegando ahora por primera vez a la Ópera de Frankfurt en la edición crítica de 2003 de Antony Beaumont, máximo especialista en el compositor austríaco.

El libreto de Leo Feld bebe de diversas fuentes literarias para seguir la historia de una figura habitual en el teatro de Zemlinsky, un personaje diferente a la sociedad que le rodea, rechazado también, que aspira a un amor imposible (como el compositor sufrió con Alma Schindler). El Görge que da nombre a la ópera es un soñador que vive inmerso en libros y cuentos de hadas, hasta el punto que, en el momento de su boda con Grete, decide huir en pos de la princesa de gran belleza que se le aparece. La realidad, sin embargo, es bien diferente, y el protagonista acaba alcoholizado y deprimido, hasta que encuentra a Gertraud, otra figura rechazada, en este caso por sospechas de brujería, y a quien una turba violenta quiere linchar. Görge consigue volver a su pueblo con Gertraud para empezar una nueva vida.

Estructurada en dos actos y un epílogo algo prolijo en sus reflexiones filosóficas, Der Traumgörge es una partitura deslumbrante, que comienza y acaba con una delicadeza exquisita que enmarca una explosión de colores orquestales modelados con mano maestra, mientras que la expansiva escritura vocal es más exigente que no inclemente. Zemlinsky también sabe dotar del necesario impulso rítmico las escenas de tono más popular, adoptando un perfil más amenazador en el segundo acto. Una partitura, en definitiva, que requiere una orquesta brillante a la vez que dúctil, como es la de Frankfurt. La batuta de Markus Poschner evidenció un oficio impecable a la hora de dosificar los efectos, con un control meticuloso de las fuerzas a sus órdenes, sin caer en la tentación de la borrachera sonora que el repertorio de principios del siglo XX propicia. Al contrario, los detalles instrumentales estuvieron siempre integrados en un discurso que avanzaba con paso firme. Notable también la labor del coro del teatro y su coro de niños que dirige el jerezano Álvaro Corral Matute.

"AJ Glueckert, tenor de voz límpida y fraseo noble, supo retratar con acierto el carácter idealista de Görge, desplegando, ya que no un volumen caudaloso, sí una remarcable resistencia en una parte extenuante"

El reparto, construido en su gran mayoría a partir de la excelente compañía de la Oper Frankfurt, estaba encabezado por AJ Glueckert, tenor de voz límpida y fraseo noble que supo retratar con acierto el carácter idealista de Görge, desplegando, ya que no un volumen caudaloso, sí una destacable resistencia en una parte extenuante. Uno de los aciertos del montaje fue asignar los  papeles de la Princesa y de Gertraud a la misma soprano; de esta manera quedaban más evidentes dos de las facetas de las mujeres con las que se relaciona el protagonista, el ideal inalcanzable, y la igual con la que se identifica y redime su soledad. Como Princesa, Zuzana Marková se lució en uno de los pasajes más refulgentes de la partitura, encontrando después los acentos apropiados para la doliente Gertraud. Magdalena Hinterdobler ofreció como Grete una tercera faceta femenina, más pragmática y enérgica. La obra requiere un amplio equipo de pequeños papeles, entre los que cabe destacar el vibrante Hans (que acaba casándose con Grete) de Liviu Holender, la dinámica Marei de Juanita Lascarro y, entre los campesinos revolucionados, el melifluo Züngl de Michael Porter y el imperioso Kaspar de Iain MacNeil, auténtico robaescenas.

Nombre habitual en las temporadas de Frankfurt, Tilmann Kölher optó por un montaje de apariencia simple que prefirió centrarse más en la alteridad de Görge que en subrayar el choque entre imaginación y fantasía. La escenografía de Karoly Risz consistía en una gran cabaña de madera que realzaba el carácter opresivo en el que debía vivir el protagonista, mientras que el vestuario de Susanne Uhl optaba por un predominante blanco y negro sobre el que destacaba la rosa roja de la Princesa. Köhler movió la acción con eficacia y acertó en dar un carácter crítico a Gertraud, asediada por una masa violenta, reflejo de una intolerancia pasada, presente y, por desgracia, futura. Tras el ataque del segundo acto, el epílogo, ¿se sitúa en la realidad o en el sueño? Poco importa, ya que Görge y Gertraud encuentran por fin la paz en un entorno idílico: él, adulto que no quiere dejar atrás sus anhelos infantiles, rodeado de niños; ella, columpiándose despreocupada. Como cantan ambos al final, “soñamos y jugamos” mientras la música de Zemlinsky, pese a cierto tono enigmático, se diluye con dulzura en el silencio.  * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL