Xenakis marca las rocas del Teatro Romano

Mérida

04 / 07 / 2023 - Ismael G. CABRAL - Tiempo de lectura: 3 min

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teatro romano Imagen de la representación de la ‘Oresteïa’ de Xenakis en Mérida © Festival Internacional de Teatro Clásico
teatro romano Imagen de la representación de la ‘Oresteïa’ de Xenakis en Mérida © Festival Internacional de Teatro Clásico
teatro romano Imagen de la representación de la ‘Oresteïa’ de Xenakis en Mérida © Festival Internacional de Teatro Clásico

69º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida

Iannis Xenakis: ORESTEÏA

Velada Inaugural

Maciej Nerkowski, barítono. Simón Ferrero, narrador. Ensemble Vocal Teselas. Coro infantil Aamadeis-IN. Orquesta de Cámara del Auditorio de Zaragoza – Grupo Enigma. Dirección musical: Asier Puga. Teatro Romano, 1 de julio de 2023.

La desesperación de Kassandra, encarnada en este montaje por el barítono Maciej Nerkowski (aquí más falsetista por obligación de la partitura) en el segundo movimiento del conglomerado escénico que es la Oresteïa de Iannis Xenakis quedará marcada en la memoria del longevo Festival de Teatro Clásico de Mérida (esta es su edición 69). Sus imprecaciones lastimeras y el soliloquio enloquecido del cantante polaco en esta pieza resonó con una enorme fuerza de extraño ritual entre las piedras del Teatro Romano ante unas 1.500 personas que acudieron a la primera noche del festival. Un certamen que está (legítimamente) a otras cosas y que, contra todo pronóstico, sorprendió apostando por una inauguración ligada a un compositor como Xenakis, esto es a la más bravía y vivísima vanguardia. A tenor, no solo de los resultados, también del público que acudió a esta cita y de la cálida acogida, tal vez (proyectando a futuro), el encuentro podría llegar a acoger la gran tragedia en música Prometeo, oratorio de Luigi Nono cuya fiereza y poesía alcanzarían en este espacio una nueva resignificación.

Volviendo a Xenakis, esta Oresteïa le tomó al compositor greco-francés casi 30 años de trabajo; convencido de que necesitaba un nuevo lenguaje para reconstruir, desde su estética, los sonidos de la antigua Grecia, el músico prescindió de toda praxis académica para urdir una música que es puro Xenakis en texturas, en la ausencia práctica de cuerdas –solo un violonchelo–, desde luego en su pulsante y característica percusión, y también en una vocalidad que, vagamente, puede resonar a Carl Orff en los instantes más arcaizantes pero que, claramente, luego a va a otra cosa, más alucinada y, aún hoy, radical. El Ensemble Vocal Teselas, de reciente formación, se las vio y se las deseó, pero no llegaron bisoños a la ocasión; ya habían curtido la obra en su presentación en Zaragoza, y aquí cantaron con aplomo y dieron sensación de seguridad; cierto es que su intensidad se dispersó cuando, además de cantar, tenían que manipular objetos de percusión. Tampoco fue gran demérito este: “Cantos y danzas colectivos, invocación de Júpiter: orden = desorden, locura, gritos, metales, voces con ritmos diferentes”, anotó Xenakis en la partitura. Quería una interpretación histérica y turbia del coro. Fue así.

"Nerkowski, tras años trabajando la partitura ha alcanzado el punto perfecto en su canto entre una recitación arcaizante y el teatro Noh japonés a cuyo conocimiento el mismo Xenakis incitaba"

Nerkowski, por su parte, fue tanto en Kassandra como en La deese Athena, un elemento principal del éxito de Oresteïa. Tras años trabajando la partitura ha alcanzado el punto perfecto en su canto (muy de pecho, con extraordinaria capacidad de hacer correr la voz incluso en un escenario gigante como este) entre una recitación arcaizante y el teatro japonés a cuyo conocimiento el mismo Xenakis incitaba. El coro de voces blancas Amadeus-IN coronó el organizadísimo caos conclusivo con una aportación bien empastada y, sobre todo, teniendo en cuenta la edad de muchos de sus miembros, absolutamente respetuosa y entregada. Ello a pesar de que tuvieron que aguardar hasta el final en una noche de temperatura inclemente por el extremo elevado del mercurio, acaso otro ingrediente dramatúrgico para acoger esta liturgia primitivista.

Los instantes finales, sobre vociferaciones a Zeus, glissandi instrumentales, doble coro y un terremoto percutivo –con un muy curtido solista, César Peris; y en resultados, de similar en impacto a los segundos que clausuran otro monumento xenakiano, Terretektorh– propiciaron otro pensamiento. Esta vez a favor del Grupo Enigma, orquesta del Auditorio Zaragoza cuyo florecer en las manos de su actual titular, Asier Puga, no había sido previsto. A esta producción de Oresteïa han de sumarse monográficos sobre la música espectral, inmersiones en la obra de otra grande (Chaya Czernowin), hibridaciones imprevistas (Falla / Niño de Elche), asimilación de lo electrónico como parte del proyecto (Eduardo Polonio) y un (ya) largo etcétera. Todo ello está logrando lanzar a la formación más allá de la geografía aragonesa.

Frente a una acústica óptima, pero ciertamente difícil para los instrumentos, y frente al riesgo de que la radical poética xenakiana pudiera haber sido diluida, Asier Puga abrochó una versión férrea y de espástica energía, ni siquiera aminorada por las interpolaciones textuales del narrador, Simón Ferrero, efectivo en su papel contextual. Ojalá este Xenakis solo sea el principio de otros acontecimientos de similar calibre en el corazón de estas rocas escrutadoras de más de 2.000 años.  * Ismael G. CABRAL, crítico de ÓPERA ACTUAL