Vuelve la luz al Liceu

Barcelona

28 / 09 / 2020 - Marcelo CERVELLÓ - Tiempo de lectura: 3 min

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Las magníficas voces de Radvanovsky y Beczala en un instante del recital © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
Las magníficas voces de Radvanovsky y Beczala en un instante del recital © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
Las magníficas voces de Radvanovsky y Beczala en un instante del recital © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
El teatro barcelonés cumplió escrupulosamente con las medidas sanitarias © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL

Gran Teatre del Liceu

Recital SONDRA RADVANOVSKY y PIOTR BECZALA

Recital inaugural

Obras de Verdi, Puccini, Giordano, Mascagni y otros. Camillo Radicke, piano. 27 de septiembre de 2020.

La primera sensación que se experimenta al apretar el interruptor de la luz y comprobar que se ha restablecido la corriente fue la que se sintió al aparecer en el escenario liceísta los protagonistas de la primera oferta del teatro en su sede habitual desde el inicio de la pandemia. Las medidas de seguridad aplicadas por el teatro funcionaron con precisión y sin agobios y el aforo disponible fue totalmente aprovechado. La sensación de euforia –y de alivio, todo hay que decirlo–  entre los espectadores era palpable y la larga, casi interminable ovación que acogió a los artistas, la buena disposición de estos para hacerse con el público y sus cálidas presentaciones habladas, aplaudidas incluso por aquellos que no habían entendido una palabra y que fueron muchos, no fueron sino prolegómenos dichosos de una demostración de clase y de facultades que los cantantes prodigarían sin tregua a lo largo de toda la tarde. Hay artistas de primer rango que se ven especialmente favorecidos por la mercadotecnia. Piotr Beczala y Sondra Radvanovsky no la necesitan.

"El tenor polaco mostró una vez más su timbre solar, su refinado fraseo  y la insolencia de su registro agudo tanto en las páginas que ya había ofrecido en el Liceu como en material aquí inédito"

Resultó un tanto curioso observar cómo, después de los dos Verdis iniciales, la almendrilla del programa se la repartían obras de carácter verista que, en principio, no constituyen el repertorio habitual de ambos cantantes, aunque la soprano ya había propuesto aquí su Maddalena de Coigny y Beczala incorpora ahora el Chénier a su repertorio. Lo cierto, con todo, es que los resultados fueron más que halagüeños. El tenor polaco mostró una vez más su timbre solar, su refinado fraseo  y la insolencia de su registro agudo tanto en las páginas que ya había ofrecido en el Liceu (“Quando le sere al placido”,  el dúo de Un ballo in maschera, Pourquoi me réveiller” en el capítulo de propinas) como en material aquí inédito como los fragmentos de Tosca o Cavalleria rusticana, con una dicción algo imprecisa en este segundo caso.

Ovacionada en la misma medida resultó la actuación de Sondra Radvanovsky, con su magistral uso de la modulación del sonido y el sutil cepillado de las dinámicas para generar emociones. La expansión de su registro agudo, por su parte, se vale del cuerpo de la voz para soslayar el siempre posible riesgo del strillo. Conocido ya tambíén aquí su “Vissi d’arte”, deslumbró especialmente, ya en la prolongación del concierto con el aria de Rusalka y el prodigioso crescendo con que remató “Io son l’umile ancella”.

Camillo Radicke fue un sostén para los cantantes no solo preciso sino admirable como administrador de pausas y emociones. Además, convocó oportunamente a la supuesta Idia Legray y a Chénier para su viaje final en carreta. El entusiasmo final del público al término del recital era perfectamente justificado.