Vilabertran: Orgullo, (artefacto) y prejuicio o Las cartas de Werther

26 / 08 / 2019 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min.

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Joyce DiDonato acompañada al piano por David Zobel en su interpretación de 'Winterreise' © Schubertíada de Vilabertran / Martí ARTALEJO

Schubertíada de Vilabertran

Recital de Joyce DIDONATO - David ZOBEL

Winterreise de Franz Schubert. Canónica de Santa Maria de Vilabertran, 25 de agosto de 2019

El anuncio de la presencia de Joyce DiDonato en la Schubertíada a Vilabertran interpretando ni más ni menos que el Winterreise, constituyó una refrescante sorpresa y abrió una enorme incógnita. Una incógnita a la que sin duda no son ajenos los prejuicios de la parroquia liederística, siempre celosa de observar, a toda costa, una determinada ortodoxia estilística del género, más si cabe en una obra como Viaje de Invierno, el santo grial del Lied alemán. De entrada, una voz femenina, algo en ningún caso inédito, pero poco habitual en un título vinculado, tradicionalmente, a la voz masculina. Y no sólo eso. Además, una diva operística con nulo bagaje en el mundo del Lied.

Unos prejuicios que parecieron afectar también la perspectiva con la que la mezzosoprano de Kansas abordó un ciclo que había interpretado en un par de ocasiones en Estados Unidos, pero nunca en Europa. Prejuicios discutibles, sobre todo el primero, pues no hay motivos absolutos que impidan a una mujer interpretar Winterreise, y menos a una cantante que ha obtenido algunos de sus mayores éxitos interpretando personajes travestidos. Pero Di Donato, precavida, escogió una perspectiva distinta para abordar el ciclo, creando un artefacto dramatúrgico según el cual encarnaba a la amada de la que el viajante se despide con el Gute Nacht inicial, leyendo los Lieder cual cartas recibidas de su amante. Una perspectiva, como subrayó la misma cantante, que vincula el ciclo a un personaje como Charlotte (Lotte), leyendo las cartas testamento del Werther goethiano.

Tal artefacto permitía, en principio, un enfoque distinto, de distanciamiento y rememoración, pero también pretendía justificar un tratamiento heterodoxo desde un punto de vista vocal, más operístico y, sin duda, más melodramático. En definitiva, más Massenet y menos Schubert. Di Donato leía las cartas de su amado, libro en mano, tratando de integrar una teatralidad que, muy pronto, se percibió poco elaborada, simple recurso.

A nivel vocal su prestación fue por momentos brillante, más allá del estilo, con alguna tirantez en el agudo, pero con frases bien elaboradas, la línea elegante que le es connatural, intenso dramatismo y un timbre bellísimo secundada por el pianista David Zobel, muy en segundo plano, que la acompañó con solvencia, sin estridencias ni profundidad. Pero la magnitud del ciclo superó con creces a la cantante americana que ofreció una lectura aún inmadura que se tradujo no solo en caídas de tensión, sino también en lapsus en las entradas e, incluso, en la delineación de algunas frases de afinación incierta, con dudas inquietantes en las sutiles variaciones prosódicas que Schubert incorpora en muchas de las canciones del ciclo.

DiDonato, que decidió lanzarse a las profundas aguas de Winterreise por sugerencia de Yannick Nézet-Séguin, director titular del Met de Nueva York, comentaba en una conversación sobre su concepción dramatúrgica que la idea le funcionaba excepto en la última canción, «Der Leiermann», que no encajaba en su discurso. Su decisión al respecto fue, al interpretarla, cerrar el libro de cartas que había mantenido abierto durante todo el ciclo y plantearla como una especie de epílogo. Lo curioso es que, precisamente en ese momento, cuando abandonó el concepto general y se enfrentó directamente al público y al Winterreise, fue cuando sacó su orgullo de gran intérprete, con una conclusión sincera y emotiva. Y ahí surge la pregunta: ¿no hubiese sido más honesto y artísticamente valioso cantar el ciclo tal cual, como un ser humano que se enfrenta al viaje a las profundidades del alma sin distinción de género?