Vilabertran: La Schubertíada festeja sus 25 años de relación con Matthias Goerne

27 / 08 / 2019 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 2 min.

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Matthias Goerne en su recital en la Schubertíada de Vilabertran © Schubertíada de Vilabertran / Martí ARTALEJO

Schubertíada a Vilabertran

Recital de Matthias GOERNE - Alexander SCHMALCZ

Obras de Franz Schubert. Camónica de Santa Maria de Vilabertran. 26 de agosto de 2019

No son habituales los casos de una simbiosis entre un festival y un intérprete como la que se ha establecido entre Matthias Goerne y la Schubertíada a Vilabertran. Hace 25 años que el barítono de Weimar acude puntual a su cita con un público que lo adora y llena religiosamente la Canónica de Santa Maria del pequeño pueblo ampurdanés en cada uno de sus recitales. Y la Schubertíada lo ha conmemorado con una velada que tenía mucho de homenaje. Fue Jordi Roch, creador del festival, quien dio un impulso a la carrera del entonces joven y prometedor barítono ofreciéndole la posibilidad de actuar por primera vez fuera de su Alemania natal. Fue en Vilabertran, ni más ni menos que con Winterreise, la catedral del género liederístico y, en ese momento nació una historia de amor que, según palabras de un emocionado Goerne al final del concierto, durará lo que dure su carrera.

Para este recital, como no podía ser de otro modo, el cantante confeccionó un programa íntegramente basado en canciones de Franz Schubert, del que es uno de los grandes intérpretes de la actualidad. Un programa elaborado meticulosamente, con algunas piezas poco habituales, que empezó con una contundente interpretación de Der Wanderer. Con esta canción el cantante emprendió un viaje musical que fue creciendo en intensidad y emoción. Con la interpretación de los Canciones del arpista, a partir de poemas de Goethe, se llegó al primer clímax de la velada, mostrando Goerne no solo un óptimo estado vocal, con una voz cada vez más rotunda y enfocada hacia la tesitura de bajo, sino, sobre todo, una madurez interpretativa y un conocimiento de cada recoveco de estas magníficas canciones sin parangón. Goerne trabaja siempre a partir del texto, de su prosodia, y a través de esta construye cada canción como si la cantase por primera vez, con una libertad en el discurso única e intransferible.

La fluidez del legato, el detallismo en cada palabra, su capacidad para transitar desde el pianísimo más subyugante hasta el fortísimo más atroz y dramático desemboca en unas interpretaciones absolutamente fascinantes, de una creatividad única. Una muestra de ello fue la versión, absolutamente referencial y conmovedora de Des Fischers Liebesglück, en la que consiguió detener el tiempo y provocar uno de esos silencios que sólo una interpretación superlativa puede crear. El barítono alemán tiene la facultad, sólo al alcance de los grandes maestros, de superar las dificultades técnicas a través de la expresión. Así, los difíciles saltos interválicos de la canción, atacados en un pianísimo susurrante, constituyeron uno de esos momentos imborrables en la vida de cualquier melómano.

Otro instante mágico se produjo con la última canción del recital, Die Liebliche Sterne, dicha con una sabia sencillez, casi declamatoria. Un final seguido de unos segundos de silencio que se rompió en pedazos por la atronadora ovación que un público puesto en pie dedicó al cantante y a su fiel escudero, un Alexander Schmalcz que es capaz, como ningún otro pianista, de fundirse con cada uno de los acentos e inflexiones que propone Matthias Goerne.

Un recital que estuvo a la altura de la ocasión y que acabó con Goerne dedicando palabras de agradecimiento y fidelidad a la Schubertíada. Así pues, ¡que la fiesta continúe!