Viena: Thielemann y la Staatsoper celebran a Strauss

14 / 06 / 2019 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 minutos

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La dirección musical de Christian Thielemann fue la responsable del abrumador éxito de esta nueva producción de la ópera de Strauss © Wiener Staatsoper / Michael PÖHN
La dirección musical de Christian Thielemann fue la responsable del abrumador éxito de esta nueva producción de la ópera de Strauss © Wiener Staatsoper / Michael PÖHN
La dirección musical de Christian Thielemann fue la responsable del abrumador éxito de esta nueva producción de la ópera de Strauss © Wiener Staatsoper / Michael PÖHN
La dirección musical de Christian Thielemann fue la responsable del abrumador éxito de esta nueva producción de la ópera de Strauss © Wiener Staatsoper / Michael PÖHN

Wiener Staatsoper

R. Strauss: DIE FRAU OHNE SCHATTEN

Nueva producción del centenario

Stephen Gould, Camilla Nylund, Evelyn Herlitzius, Wolfgang Koch, Nina Stemme. Dirección: Christian Thielemann. Dirección de escena: Vincent Huguet. 10 de junio de 2019.

La nueva producción vienesa de Die Frau ohne Schatten (La mujer sin sombra) llegaba para celebrar un doble aniversario: los 150 años de la inauguración de la Staatsoper de la capital austríaca, la célebre Haus am Ring, y el centenario del estreno, en este mismo teatro, de una de las obras cumbre de la colaboración entre Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal. Con una partitura monumental que exige el máximo de la orquesta y de los cinco protagonistas y un libreto de gran densidad filosófica, Die Frau ohne Schatten pone a prueba la capacidad de cualquier compañía. El nivel musical alcanzado en Viena fue, simplemente, apabullante, y el primer y máximo responsable fue Christian Thielemann.

El director alemán conoce a fondo una obra que, como es su costumbre, ofrece sin ningún corte, pero el nivel de maestría desplegado superó todas las expectativas. Sin perder nunca de vista ni el flujo teatral ni la visión arquitectónica de conjunto, Thielemann demostró una mirada omnicomprensiva a la miríada de facetas sobre las que Strauss construyó la música: desde las explosiones orquestales más terroríficas hasta las sutilezas más inasibles, desde la violencia expresionista hasta el lirismo más desbordante, desde los colores más ásperos hasta los tonos más suntuosos.

Cada acto fue conducido con pulso infalible, sin que la profusión de detalles ni el sabio equilibrio entre voces orquestales afectaran el rumbo. Por descontado, la fabulosa orquesta vienesa, en un estado de forma pletórico, contribuyó, y de qué manera, a una representación que sólo cabe definir como una auténtica orgía musical.

© Wiener Staatsoper / Michael PÖHN

Evelyn Herlitzius en la piel de Amme junto a la Kaiserin de Camila Nylund

Todos los sortilegios sonoros conjurados por Thielemann no deben hacer olvidar que se está ante un gran director de ópera que sabe respirar con sus cantantes. Viena reunió un equipo formidable encabezado por la Kaiserin de una Camilla Nylund con la ligereza de emisión y la luminosidad requerida para los numerosos ascensos al agudo, también con la firmeza en el fraseo que convirtió su decisiva escena del tercer acto, cuando la protagonista agoniza sobra la decisión a adoptar, en uno de los momentos álgidos de la representación. Los entusiastas aplausos del público distinguieron en especial a la primera Färberin de Nina Stemme, y motivos había: la generosidad vocal y la justeza de los acentos permitieron a la soprano sueca ofrecer un retrato tridimensional del personaje con todas sus complejas frustraciones, evitando caer en la habitual virago furiosa. Si la tesitura de la Amme le queda por momentos un tanto grave, Evelyn Herlitzius lo suple con creces con un timbre salvaje, perfecto para el maléfico personaje, y un canto, como siempre, cargado de intención. La emoción sincera del Barak de Wolfgang Koch y el heroísmo vocal del Kaiser de Stephen Gould completaban un quinteto protagonista de gran nivel.

La producción de Vincent Huguet no estuvo a la misma altura, pese a que los muros grises del decorado de Aurélie Maestre y las túnicas diseñadas por Clémence Pernoud podían recordar los últimos montajes de Patrice Chéreau, de quien Huguet fue asistente. Siguiendo el hilo metateatral, la danza en el segundo acto entre Herlitzius y Stemme podía evocar el testamento escénico del desaparecido director (que ambas cantantes han protagonizado). Es un espejismo, porque la propuesta de Huguet se limita a la simple ilustración de un cuento para adultos, renunciando a cualquier atisbo de interpretación, y servida con una dirección de actores servicial y poco más. En su defensa, siempre se puede alegar que el montaje no interfirió para nada en una grandiosa lectura musical.