Una 'Rusalka' de película

Madrid

18 / 11 / 2020 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 min

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Olesya Golovneva brindó una actuación soberbia a nivel escénico © Teatro Real / Javier DEL REAL
Una escena del montaje de Christof Loy © Teatro Real / Javier DEL REAL
Olesya Golovneva con un solvente David Butt Philip © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Dvorák: RUSALKA

Reparto alternativo

Olesya Golovneva, David Butt Philip, Rebecca von Lipinski, Andreas Bauer Kanabas, Okka von der Damerau, Sebastià Peris, Manel Esteve, Juliette Mars, Julietta Aleksanyan, Rachel Kelly y Alyona Abramova. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección: Ivor Bolton. Dirección de escena: Christof Loy. 16 de noviembre.

Desde hace ya un tiempo hay una lógica reticencia por parte de algunos cantantes a las nuevas políticas de difusión de la ópera (el streaming, los cines, las plataformas V.O.D.). Es entendible porque, además de que cualquier error se perpetúe y viralice, las exigencias dramáticas se multiplican. Hay que cantar y actuar muy bien, y no en un alejado plano general con el público a 30 metros, como sucede en el teatro, sino para un primerísimo primer plano que revela el maquillaje y el sudor. La coherencia dramática (en cuestiones de aspecto físico, también) se ha posicionado en el centro del discurso operístico. Y cualquiera puede pensar que ese primar lo creíble es algo superfluo en un mundo que gira primordialmente en torno al canto. Hasta que en el escenario se sitúa una cantante que actúa de verdad, que conmociona y transmite emociones con el gesto, y entonces el personaje trasciende a otro nivel.

"La recreación de Rusalka de Olesya Golovneva, con sentido de la vulnerabilidad, fuerza desesperada y afán en la búsqueda de un afecto imposible, fue soberbia además de exigente en lo físico"

Eso es lo que pasó con el segundo reparto de Rusalka. Olesya Golovneva es una buena cantante, con sus muchas luces (natural emisión de agudos y perfecta colocación) y algunas sombras (el desdibujado registro grave), pero es una inmensa actriz. Su recreación de Rusalka, con sentido de la vulnerabilidad, fuerza desesperada y afán en la búsqueda de un afecto imposible, fue soberbia además de exigente en lo físico, con un segundo acto sobrecogedor que hizo olvidar el resto de aciertos y tiranteces del montaje.

El príncipe de David Butt Phillip tuvo que sobreponerse a la diferencia abismal en cuanto a solvencia dramática, aunque fue mejorando con el paso de los actos. En lo vocal, se manejó con mejores intenciones que realidades, con un fraseo cómodo y de gusto pero escaso de volumen. Su registro agudo sufrió mucho durante el último acto. Buena actuación de Andreas Bauer Kanabas, un Vodník de presencia y volumen sin necesidad de histrionismos ni llevarlo a una especie de Wotan discreto, como tan a menudo ocurre. La especie de madrastra de Rusalka que plantea el montaje, Ježibaba, se ajustó de manera milimétrica a las capacidades de Okka von der Damerau, sarcástica y desasosegante gracias a las peculiaridades de su voz. A Rebecca von Lipinski le faltó un canto más seductor, menos obvio en el rechazo que genera en el público. El resto del reparto, compartido con el del estreno, volvió a cumplir sobradamente, con un más que notable trío de ninfas.

La lectura de Ivor Bolton mejoró en su búsqueda de lo folclórico, aunque aún falta un sentido más orgánico de las danzas y algo de oscuridad y garra en los momentos menos obvios. Buena noche para la Orquesta Sinfónica de Madrid más allá de algún accidente con las trompas. Sin el problema de la cercanía del toque de queda, el público ovacionó sin cautelas, en particular a Rusalka-Golovneva y a Ježibaba. Que no tarde otro siglo en volver Rusalka.