CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Una resurrección interesante en la Bastille
París
Opéra natinoal de Paris
Antonia Bembo: ERCOLE AMANTE
Nueva producción
Andreas Wolf, Ana Vieira Leite, Alasdair Kent, Deepa Johnny, Julie Fuchs, Marcel Beekman, Sandrine Piau, Théo Imart, Teona Todua, Alex Rosen, Danaé Monnié, Giulia Fichu-Sampieri, Dina Hussein. Dirección musical: Leonardo García Alarcón. Dirección de escena: Netia Jones. 12 de junio de 2026.
Apláudase la iniciativa de la Opéra national de Paris que ofreció esta obra de Antonia Bembo estrenada en 1707 y olvidada desde entonces. Alumna de Francesco Cavalli, virtuosa del canto, compositora de gran número de obras instrumentales y vocales, Bembo fue ignorada en Italia por ser mujer según algunos, y protegida luego por Luis XIV en Francia. Compuso Ercole Amante, su única ópera, a partir del texto de Francesco Buti, el mismo que había usado Cavalli en 1662. Su música aúna como pocas los parámetros de la música italiana y francesa del momento, a lo cual se añade una técnica vocal muy personal y una complejidad instrumental de gran riqueza armónica.
La obra traza el final de la vida de Ercole, famoso héroe de la mitología griega, que por el amor de Iole rechaza a su esposa Deianira. Tras una escena en el cementerio, de pura resonancia romántica, en la que el fantasma de Eutiro (padre de Iole asesinado por Ercole) se opone al matrimonio proyectado de su hija con su verdugo, Ercole reviste una túnica envenenada tendida por Iole y muere abrasado por un fuego interior. Todo acaba con risas y chanzas a proposición de Giunone en honor del héroe desaparecido y de la Belleza. Estructurado en cinco actos, el libreto utiliza los dos primeros para introducir a la mayoría de los quince protagonistas. El tercero está dedicado al nudo del drama: Ercole declara su amor a Iole, enamorada de Hillo, hijo del héroe, y desdeña a su mujer Deianira. En el cuarto acto desaparece Hillo víctima de un naufragio, para reaparecer en el quinto, con la intervención vengativa de Eutiro y sus furias infernales, la desaparición del héroe y la apoteosis final en pro del amor y de la belleza.
Leonardo García Alarcón al frente de la formidable Cappella Mediterranea, no dejó nada al azar durante las más tres horas de música de la velada. Dirigió con conocimiento, arte y sinceridad, puliendo detalles y dando a entender como por magia salida de sus manos (no usa batuta) los mínimos recovecos de la partitura a tirios y troyanos en el foso y en el escenario. Nunca cubrió a los cantantes, siempre los sostuvo, acompañó los coros –magnifico coro de cámara de Namur– con minuciosa precisión en las partes sinfónicas, que no son tantas.
Andreas Wolf fue Ercole: gracias a este papel pudo mostrar todo cuanto puede mostrar un barítono bajo en plena posesión de sus facultades físicas e interpretativas. Ana Vieira Leite fue una Iole enamorada, frágil pero de gran carácter, lírica al extremo, Alasdair Kent –Hillo– dio la réplica a su amada Iole con convicción y ganas de hacer bien las cosas. Deepa Johnny caracterizó a las mil maravillas a la despreciada Deianira con el aplomo que convenía a una mujer desalojada impropiamente de sus legítimos derechos. Julie Fuchs –Giunone– y Sandrine Piau –Venere y Bellezza– contribuyeron con inmensa sabiduría vocal y dramática a la progresión del drama. A Marcel Beekman, probablemente quien mejor asumió su papel cómico-dramático como Licco y su parte vocal en un permanente Sprechgesang, consolando a la infortunada Deianira y causando sin voluntad de hacerlo, la muerte del héroe. Alex Rosen fue justamente agasajado por el público por sus impresionantes intervenciones vocales, cavernosas, como Nettuno, y sobre todo como la sombra de Eutino en la mencionada escena del cementerio.
Completaron el reparto Théo Imart como un Paggio peleón y simpático; Teona Todua como Pasitea introdujo y condujo con finura y autoridad la formidable en la escena del sueño; Danaé Monnié, Giulia Fichu–Sampieri y Dina Hussein fueron las tres gracias que acompañaron con sutileza y gracia –valga la redundancia– al héroe en su presentación al principio del relato.
Capítulo y elogios a parte merecieron los coristas de la cámara de Namour. Cierto que debieron su éxito a la compositora por la belleza de su obra, pero ellos, bien preparados por Thibaut Lenaerts, la defendieron con mucha ciencia y gran arte. Sus intervenciones –en las escenas del sueño y del cementerio en particular– dejaron traza imborrable en las mentes de los casi tres mil presentes en la Bastille.
Netia Jones firmó la puesta en escena, la escenografía y el vestuario. Si bien es verdad que la composición mostró gracias a ello coherencia, el trueque del ballet barroco por una serie de gesticulaciones más o menos alusivas a deportes como la esgrima o el tenis (o el pádel), seguramente por mor de acercar la obra a público, empobrecieron el contexto. Se salvaron de la quema los videos del Lightmap Studio en el cuarto acto en particular. Por lo demás poco se dirá del aporte de la directora de escena, escenógrafa y modista en esta ocasión. * Jaume ESTAPÀ, corresponsal en París de ÓPERA ACTUAL
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