Una 'Lucia' más política que romántica

Mónaco

25 / 11 / 2019 - Jaume ESTAPÀ - Tiempo de lectura: 3 min

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Lucia Ismael Jordi fue un Edgardo de muy buen nivel © OMC / Alain HANEL
Lucia Olga Peretyatko interpretó al rol protagonista de 'Lucia' en Monte-Carlo © OMC / Alain HANEL
Lucia Una escena del eficaz montaje de Jean-Louis Grinda © OMC / Alain HANEL

Opéra de Monte-Carlo

Donizetti: LUCIA DI LAMMERMOOR

Olga Peretyatko, Ismael Jordi, Artur Ruciński, Enrico Casari, Nicola Ulivieri, Valentina Lemercier, Mauricio Pace. Coro de la Opéra de Monte-Carlo. Orchestre Philarmonique de Monte-Carlo. Dirección: Roberto Abbado. Dirección de escena: Jean-Louis Grinda. 22 de noviembre de 2019.

La osada escenografía inicial de Rudy Saboungui, un acantilado con el mar en vídeo, contribuyó eficazmente a centrar la acción en la Escocia heroica y peligrosa de Walter Scott. Siguieron luego lugares que con menor fuerza pero igual eficacia dramática dieron marco a la enrevesada historia. Jean-Louis Grinda, bien apoyado en el trabajo de su escenógrafo –no se olvide el vestuario del chileno Jorge Jara– pudo centrarse en los pormenores dramáticos y, en particular, en el compromiso político de los personajes principales, dejando algo de lado sus vivencias sentimentales. Ello influyó en la orientación musical de la noche.

"Ismael Jordi, como Edgardo, aportó una emisión generosa y un timbre muy atractivo"

Roberto Abbado hizo vibrar con gran fuerza cuerdas graves y metales, menoscabando las sonoridades ligeras del arpa y las flautas (sustituidas por los sonidos de la armónica de cristal en momentos clave) y, si bien la orquesta acompañó los concertantes con eficacia y dio de las últimas escenas una lectura muy correcta, no encontró la manera de convencer a la protagonista que en cuestiones de tempo mandaba el foso.

La voz cristalina y sin mácula, de timbre agradabilísimo, de Olga Peretyatko como Lucia, caracterizó por igual a la joven enamorada como a la viuda enloquecida. Se le notaron pocas dificultades en el registro grave, pero no se entendió nada de lo que iba diciendo. Su confianza absoluta en el registro agudo y en el fortissimo le hizo emitir notas de gran belleza sí, pero fuera de lugar, con el único fin de arrancar el aplauso.

Ismael Jordi fue Edgardo, su enamorado. Aportó una emisión generosa y un timbre muy atractivo, sin que la pizca de metal molestara, por ser mínima y, sobre todo, por hallarse con homogeneidad en todos los registros. Se mantuvo firme en sus arias, dúos y concertantes y evitó las estridencias vocales a las que se iban librando la soprano y también (y por las mismas razones) el barítono. Dramáticamente, pareció interesarse más por la problemática política que le oponía a Enrico Asthon que al drama amoroso que vivía con la hermana del Lord, y solo en las escenas finales (“Tomba degli avi miei” y sobre todo en “Tu che al Dio”) se le vio vibrar por la ausencia de la mujer amada.

Artur Ruciński representó al Lord Enrico Asthon. El barítono polaco mostró ser un cantante de buena planta y mejor voz, cuyo único defecto fue la búsqueda incesante del aplauso, forzando por ello mucho su voz y algo la voluntad del público, que gustoso hubiese ya premiado su actuación sin proezas excesivas en sus notas finales.

Se aplaudió con gran fuerza y mayor justicia cada intervención del coro de la casa, muy bien preparado por Stefano Visconti.