Un 'Werther' plenamente logrado

Santiago de Chile

14 / 10 / 2025 - Juan Antonio MUÑOZ H. - Tiempo de lectura: 4 min

massenet chile La nueva producción de 'Werther' de Emilio Sagi © Teatro Municipal / María Pía MERANI & Marcela REYES
massenet chile La nueva producción de 'Werther' de Emilio Sagi © Teatro Municipal / María Pía MERANI & Marcela REYES
massenet chile La nueva producción de 'Werther' de Emilio Sagi © Teatro Municipal / María Pía MERANI & Marcela REYES

Teatro Municipal - Ópera Nacional de Chile

Massenet: WERTHER

Nueva producción

Sergey Ramanovsky, Shannon Keegan, Luke Sutliff, Vanessa Rojas, Sergio Gallardo, Gonzalo Araya y Francisco Salgado. Dirección musical: Maximiano Valdés. Dirección de escena: Emilio Sagi. 11 de octubre de 2025.

El Municipal estrenó una nueva producción de Werther, de Massenet, que unió belleza plástica, refinamiento sonoro y profundidad emotiva. Fue un espectáculo de admirable coherencia estética, capaz de devolver al público la esencia de una ópera que despliega el temblor íntimo del alma romántica. En una época en que la tentación del efectismo o la deconstrucción suele imponerse sobre la fidelidad al espíritu de las obras, esta versión recuperó el poder de lo esencial: la emoción contenida, la poesía del gesto, la sinceridad del sentimiento.

Emilio Sagi optó por una lectura clásica, pero alejada de cualquier rigidez museística; su Werther no buscó sorprender por la novedad, sino conmover por la verdad. Sin anacronismos ni pretensiones conceptuales, el director español concibió un espacio donde el movimiento nacía de la emoción y la escena respiraba con los personajes. Desde el inicio, una proyección del célebre cuadro El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich, se alzó como una declaración estética y espiritual. El Romanticismo —con su fe en la soledad como vía de revelación, su concepción del individuo como ser desgarrado entre ideal y realidad— marcó el horizonte visual y emocional de la obra. A partir de esa imagen fundacional, la escenografía de Daniel Bianco prolongó el gesto con una composición corpórea de líneas limpias y atmósfera pictórica, donde los colores fríos —azules, verdes y grises— evocaban tanto el paisaje interior de Werther como el ideal romántico entendido como lenguaje visual. Las luces de Ricardo Castro, modeladas con precisión y sutileza, acentuaron la sensación de un tiempo suspendido, como si la acción se desarrollara dentro de una memoria o un sueño. La penumbra del tercer acto, en especial, alcanzó momentos de intensa poesía visual, al sugerir la cercanía de la muerte como disolución en la luz. El vestuario del aclamado diseñador chileno Pablo Núñez, de refinada factura, completó el conjunto con equilibrio y sobriedad, subrayando el contraste entre el mundo burgués de Charlotte y Albert —ordenado, contenido, racional— y la figura solitaria de Werther, envuelto en su emblemático gilette amarillo, que estuvo de moda después de ser publicada la novela epistolar de Goethe.

En el foso, Maximiano Valdés dirigió a la Filarmónica de Santiago con una comprensión profunda del estilo francés: su lectura se distinguió por la claridad de los planos sonoros, el control del equilibrio entre voces e instrumentos y la capacidad de hacer respirar la música, logrando ese delicado y necesario balance entre transparencia y densidad emocional. Valdés subrayó los matices orquestales con refinamiento, dejando fluir la sensualidad del fraseo; los pizzicati, las maderas, las arpas y los sutiles cromatismos se escucharon con nitidez de cámara. Tal como Massenet lo concibió, la orquesta fue aquí una prolongación del alma de Werther: siente, duda, ama y sufre junto a él.

"Sergey Romanovsky encarnó un Werther viril y sombrío, de timbre cálido y centro baritonal: su canto proyectó sinceridad y fuego contenido, con agudos de resonante potencia"

El tenor Sergey Romanovsky encarnó un Werther viril y sombrío, de timbre cálido y centro baritonal: su canto proyectó sinceridad y fuego contenido, con agudos de resonante potencia componiendo un personaje en tensión permanente entre la razón y la pasión, evitando los excesos declamatorios y privilegiando el fraseo intenso y sostenido; si bien se pudieron echar de menos algunos matices dinámicos o un mayor refinamiento estilístico en ciertos pasajes, su interpretación fue honesta, intensa y coherente. Un traspié en la difícil «Lorsque l’enfant revient d’un voyage, avant l’heure» no afectó la calidad de su desempeño, que fue recibido con merecidos aplausos.

Shannon Keegan, por color y timbre más de soprano que de mezzosoprano, ofreció una Charlotte de noble presencia y línea de canto impecable: su voz, luminosa y de emisión controlada, le permitió abordar con pureza los pasajes líricos, sin perder la hondura de los momentos dramáticos. Supo expresar la lucha interior del personaje, creciendo desde la contención inicial a la plenitud del tercer acto, donde su «Va! laisse couler mes larmes» alcanzó verdadera emoción. Vanessa Rojas (Sophie) lució emisión limpia, timbre cristalino y exacta afinación; su actuación aportó luminosidad y frescura a la trama; la cantante delineó una Sophie de encantadora naturalidad, símbolo de la vida que continúa más allá del drama. Podría cantar el rol en cualquier escenario importante.

Luke Sutliff interpretó un Albert sobrio y bien construido, evitando el peligro de la rigidez o la caricatura: fue un antagonista digno, más humano que severo. Sergio Gallardo, como el Bailli, desplegó su habitual solvencia escénica. Mientras que el dúo Schmidt-Johann (Gonzalo Araya y Francisco Salgado) aportó energía, solidez vocal y dinamismo; fue notable lo que lograron hacer en sus invocaciones al dios Baco, con sentido teatral y musical. El Coro de Niños Mawünko destacó por su afinación, naturalidad y disciplina escénica, además de una sensibilidad acorde al tono poético de la obra.  * Juan Antonio MUÑOZ H, corresponsal en Santiago de Chile de ÓPERA ACTUAL

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