Un 'Orphée' 'kitsch' y de gran musicalidad

Zúrich

17 / 02 / 2021 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 3 min

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Orphée Una escena de la nueva producción Christoph Marthaler © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS
Orphée Una escena de la nueva producción Christoph Marthaler © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS
Orphée Nadezhda Karyazina y Chiara Skerath formaron la pareja protagonista © Opernhaus Zürich / Monika RITTERSHAUS

Opernhaus Zürich

Gluck: ORPHÉE ET EURIDICE

Nova producción en 'streaming'

Nadezhda Karyazina, Chiara Skerath, Alice Duport Percier. Dirección: Stefano Montanari. Dirección de escena: Christoph Marthaler. 14 de febrero de 2021.

La primera pregunta que hay que formular al ver el streaming de Orphée et Euridice de la Opernhaus de Zúrich es si realmente valía la pena salvar esta nueva producción, en contraste con otras que han caído. Y la respuesta es, por el bien de la ópera, del arte y la cultura en general, rotundamente afirmativa. Pero si hay que hacer caso al resultado artístico, sobre todo en lo escénico, el cuestionamiento da para un debate. El aclamado regista suizo Christoph Marthaler, con la complicidad de la escenógrafa Anne Viebrock, basa esta propuesta del Orphée de Gluck en el teatro del absurdo, en un marco kitsch y retro, pero también incomprensible y que no aporta gran cosa a la trama del mito clásico. Lo cierto es que el tándem Marthaler-Viebrock ha desarrollado un lenguaje escénico-dramático propio e identificativo que le ha valido acérrimos defensores, como el caso del desaparecido Gerard Mortier, que encargaría para el Festival de Salzburgo una efectista Katia Kabanova, o en el Real de Madrid, Les contes d’Hoffmann, que airearía el desconcierto del público.

"La mezzosoprano rusa Nadezhda Karyazina, dotada de un instrumento suntuoso y aterciopelado, amén de una sólida técnica, dibujó un Orphée no exento de emotividad"

Y es que en el trabajo de Marthaler-Viebrock siempre hay una pátina de confusión que no deja de incentivar una sensación de superioridad intelectual para los creadores y para quienes entran en su juego. La ópera, y el arte, deben hacer reflexionar, crear un espacio de diálogo, de debate obra-artistas y público enriquecedor. El desconcierto también puede ser un medio de diálogo. Pero es que en esta nueva propuesta para la Ópera de Zúrich no hace falta devanarse los sesos para comprender qué hay detrás de su concepto, más allá del ascensor que desciende al inframundo; y este teatro del absurdo, con unos personajes que van y vienen y que pretenden ser espíritus infernales. O esa retransmisión radiofónica en la que se basa todo el montaje, con intercalación de la locución de la presentadora y de otros fragmentos de obras de Gluck; todo ello para dotar de hilaridad a una historia trágica.

Con todo, musicalmente el resultado corrió por otros lares. Stefano Montanari dirigió la Philarmonia Zürich con aplomo y ductilidad, consiguiendo un sonido brillante y elegante con un control justo de los tempi. El violinista y director italiano optó por la versión revisada por Berlioz con Orphée como contralto –en su estreno fue la célebre cantante Pauline Viardot– y que recuperaría una orquestación más italianizante de la versión original anterior al estreno de París. Montanari jugó con los tempi lentos para dotar de la máxima expresividad a la música, así como de los vigorosos, como en «Amour, viens rendre à mon âme», que imprimieron de vitalidad y energía al conjunto orquestal. El Coro de la Ópera anduvo en todo momento muy inspirado; lástima que se quiso mantener la actuación de los cuerpos estables en una sala ubicada a casi mil metros de distancia del teatro cuando el montaje se propuso con ausencia total de público, y el sonido, sobre todo el del coro, tuvo cierto color enlatado.

El apartado vocal consiguió también muy felices resultados. La mezzosoprano rusa Nadezhda Karyazina, dotada de un instrumento suntuoso y aterciopelado, amén de una sólida técnica, dibujó un Orphée no exento de emotividad y de excelsa musicalidad. Su prestación fue maravillosa durante toda la obra, destacando especialmente en la difícil página «Amour, viens rendre à mon âme» o en la célebre «J’ai perdu mon Eurydice». A su lado, la joven soprano suizo-sueca Chiara Skerath estuvo al nivel de su compañera, ofreciendo una brillante y musical actuación gracias a su depurada técnica y a un timbre de satinada belleza. Al mismo nivel estuvo la soprano francesa Alice Duport Percier en el breve pero comprometido rol de Amour que cerró un trio vocal de gran entrega y excelente prestación.