Un cuerno tan maravilloso como desequilibrado

Barcelona

12 / 04 / 2021 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 2 min

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Des Knaben Wundenhorn Dorothea Röschmann y Marta Gardolinska en L'Auditori © May ZIRCUS
Des Knaben Wundenhorn Ian Bostridge y Marta Gardolinska © May ZIRCUS
Des Knaben Wundenhorn Al final de la interpretación de 'Des Knaben Wundenhorn' © May ZIRCUS

Temporada OBC

Mahler: DES KNABEN WUNDERHORN

Dorothea Röschmann, soprano. Ian Bostridge, tenor. OBC. Dirección: Marta Gardolinska. L’Auditori, 10 de abril de 2021.

Pese a que ciclos como los Lieder eines fahrenden Gesellen, los Rückert-Lieder e incluso los Kindertotenlieder son más habituales en conciertos y recitales, no cabe duda que Des Knaben Wunderhorn es el que tiene un peso y una influencia más destacada en la obra y el universo de Gustav Mahler. A ello contribuye, probablemente, el inmenso despliegue orquestal de esta obra que, del mismo modo que dificulta su programación, le otorga una grandeza que disminuye, sin duda, en su traslación pianística.

Mahler trabajó durante muchos años en estos textos procedentes de la recopilación de canciones y pequeñas narraciones populares que Brentano y Von Arnim llevaron a cabo a comienzos del siglo XIX y que constituyó una de las fuentes literarias más influyentes del Romanticismo alemán. Entre 1888 y 1892 el compositor bohemio hizo sus primeros acercamientos a este poemario, pero el grueso y las más trascendentales creaciones a partir del mismo se desarrolló a partir de su estancia en Hamburgo, en 1892. Unas creaciones que se enmarcan en el mismo universo sinfónico poético de sus sinfonías Segunda y Tercera.

L’Auditori ofreció ahora esta ambiciosa obra en la temporada regular de la OBC junto a la, sin duda menos trascendente, Mala Suita del compositor polaco Witold Lutoslawski. Y lo hizo contando con voces tan prestigiosas como las de la soprano Dorothea Röschmann y el tenor Ian Bostridge bajo la batuta de la emergente directora Marta Gardolinska. De nacionalidad polaca, la joven batuta ganó el Concurso de dirección Witold Lutoslawski en 2016 y mostró buenas maneras en la Suite inicial, una obra de rasgos folclóricos compuesta en 1950. Lutoslawski fue un compositor que transitó por etapas estilísticas muy diversas, desde la radicalidad tonal de las vanguardias de posguerra hasta el minimalismo, pasando por períodos folcloristas de reminiscencias bartokianas. Mala Suita no se cuenta entre sus composiciones más destacadas, pero demuestra el indiscutible talento de Lutoslawski en la orquestación. Gardolinska supo extraer en ella, como durante toda la velada, un alto rendimiento de la orquesta, dejando la sensación de que es un talento al que habrá que seguirle la pista.

"Dorothea Röschmann, en estado de gracia, superó no solo la textura orquestal impuesta por Gardolinska sino también las dificultades acústicas de una sala ingrata para las voces"

En la obra de Mahler, de nuevo la OBC respondió a un alto nivel en el que destacó, especialmente, la batería de metales. Si en las primeras canciones de Des Knaben Wunderhorn se echó en falta un tratamiento más contrastado en texturas y entre temas, a partir de «Revelge», una de las grandes creaciones sinfónico-vocales de Mahler, la dirección y la prestación orquestal ganó en matices y flexibilidad. No contribuyó a ello, precisamente, la aportación de un Ian Bostridge poco adecuado para estas canciones que, habitual aunque no obligatoriamente, interpretan un barítono y una soprano. La elección de un tenor es delicada, pues la parte requiere de un centro sólido que pueda traspasar la masa orquestal. Bostridge no posee esta cualidad y buena parte de sus intervenciones resultaron inaudibles, algo de lo que el cantante pareció ser consciente pues, para compensarlo, tiró de recursos histriónicos que no favorecieron tampoco al global de una actuación que solo levantó el vuelo en el «Wo die schönen Trompeten blasen» final.

A un nivel muy diferente se mantuvo, durante todo el ciclo, una Dorothea Röschmann en estado de gracia que superó no solo la textura orquestal impuesta por Gardolinska, sino también las dificultades acústicas de una sala ingrata para las voces. El instrumento de Röschmann ha evolucionado y ha ganado tamaño considerablemente en los últimos años sin perder calidad y manteniendo siempre la elegancia y expresividad de su fraseo. Desde «Das irdische Leben» se mostró pletórica, perfectamente coordinada con la batuta de Gardolinska, y su prestación fue en permanente in crescendo hasta un conmovedor «Wo die schönen Trompeten blasen».