Un canto a la alegría con mascarilla

Barcelona

20 / 09 / 2020 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

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Dudamel, la orquesta de Galicia y los coros en el Palau © Palau de la Música Catalana / Antoni BOFILL
Al fondo, los miembros del coro, separados y con mascarilla © Palau de la Música Catalana / Antoni BOFILL
Dudamel superó las adversidades con una eficiente dirección © Palau de la Música Catalana / Antoni BOFILL

Palau de la Música Catalana

Beethoven: NOVENA SINFONÍA

Inauguración del ciclo Palau 100

De Ludwig van Beethoven. Susanne Elmark, soprano. Aigul Akhmetschina, mezzosoprano. Leonardo Capalbo, tenor. José Antonio López, bajo. Orquesta Sinfónica de Galicia. Orfeó Català, Cor de Cambra del Palau. 18 de septiembre de 2020.

El pasado mes de abril, en el Palau de la Música Catalana, Gustavo Dudamel iba a ponerse al frente de la extraordinaria Mahler Chamber Orchestra para dirigir una esperada versión de concierto del Fidelio de Beethoven. Por circunstancias obvias la propuesta fue cancelada, pero gracias a la cada vez más intensa vinculación del director venezolano con Barcelona (en breve debutará en el Liceu con Il Trovatore), aquella decepción se ha compensado con el concierto que ha abierto el ciclo Palau 100 en el que Dudamel ha dirigido, en este caso, la Novena Sinfonía de Beethoven.

Inicialmente, la orquesta prevista era de nuevo la Mahler Chamber, pero debido a las cuarentenas, tuvo que ser sustituida por la Sinfónica de Galicia. Este cambio propiciaba, pese a todo, un aliciente especial pues, hasta ahora, Dudamel siempre se había presentado en el Palau con formaciones con las que tenía una vinculación especial y con las que había trabajado en múltiples ocasiones. En este caso, y aunque en 2017 ya había dirigido a la orquesta gallega en la misma obra, las especiales circunstancias y los pocos ensayos suponían todo un reto para todos los participantes, incluido el director.

"El sonido queda atenuado por la máscara, que provoca evidentes problemas para la correcta respiración a los cantantes, que trataban de separarla unos centímetros de sus bocas, lo cual comportaba que las manos también bloquearan el sonido"

Ante esta perspectiva, Dudamel se puso en faena firmando una versión más enérgica en su conjunto que atenta al detalle, por momentos desequilibrada y por momentos vibrante. En el primer movimiento se percibió la tensión general, con el director muy concentrado en asegurar la cohesión de un conjunto que empezó tan entusiasta como destemplado, con desajustes en las maderas y sonido grueso en las cuerdas. Una tensión que fue desapareciendo a medida que evolucionaba el segundo movimiento, donde la complicidad entre batuta y conjunto aumentó exponencialmente hasta culminar en un final de sonido más compacto y cuidada articulación. El andante posterior fue resuelto con corrección, sin caídas de tensión pero sin especial fuerza expresiva, poco más que un prólogo del famoso cuarto movimiento en el que, de nuevo, la Sinfónica de Galicia subió enteros en su prestación, con un Dudamel muy implicado.

Del cuarteto vocal, con intervenciones breves pero siempre muy exigidas por la peculiar escritura beethoveniana, sobresalió, con mucho, ese excelente bajo-barítono que es José Antonio López, que en este tipo de repertorio es una absoluta garantía. Su entrada fue espectacular por proyección, autoridad y calidad de sonido. La soprano Susanne Elmark posee un timbre penetrante aunque un tanto ácido en el registro agudo, mientras que el tenor Leonardo Capalbo exhibió un canto tosco pero proyección suficiente, algo que no se puede decir de la mezzo Aigul Akhmetschina, prácticamente inaudible.

Es cada vez más evidente que la participación de formaciones corales en los conciertos es la que plantea mayores problemas. Las orquestas pueden reducir formato y tocar con mascarilla (excepto vientos, como hizo la Sinfónica de Galicia) pero, por motivos obvios, en el caso del coro la situación se complica. Los miembros del Orfeó Català y del Cor de Cambra se situaron en las butacas de los pisos superiores, con distancia de seguridad entre ellos. Si a eso, que ya de por sí provoca problemas de concertación y cohesión de sonido, se añade que cantaron con mascarilla, las dificultades parecen insalvables. El sonido queda atenuado por la mascarilla, que provoca evidentes problemas para la correcta respiración a los cantantes, que trataban de separarla unos centímetros de sus bocas, lo cual comportaba que las manos también bloquearan el sonido. Un problema de difícil solución que fue compensado por el entusiasmo de unos coristas que, galvanizados por un enardecido Dudamel, consiguieron emocionar a un público que agradeció, en pie, la entrega de todos los intérpretes.