CRÍTICAS
NACIONAL
'Tristana' inauguró el Ópera a Quemarropa con mirada contemporánea
San Lorenzo de El Escorial
Festival Ópera a Quemarropa
Miguel Huertas-Camacho: TRISTANA
Estreno absoluto
Ruth González, Enrique Sánchez-Ramos, César Arrieta y Luisa Torregrosa. Miguel Huertas-Camacho, piano. Juanjo Guillem, percusión. Irene Celestino, violonchelo. Pedro Frágüela, paisaje sonoro. Dirección musical: Bauti Carmena. Dirección de escena: Ricardo Campelo Parabavides. Teatro Auditorio El Escorial, 27 de junio de 2025.
La segunda edición del Festival Ópera a Quemarropa, dedicado a la música de cámara escenificada en ciudades Patrimonio de la Humanidad de la Comunidad de Madrid (San Lorenzo de El Escorial, Alcalá de Henares o Aranjuez), arrancó a finales de junio con el estreno absoluto de Tristana, ópera que revisitaba con disfraces nuevos tanto el texto original de Benito Pérez Galdós como la película de Luis Buñuel. El libreto lo firma Jorge Volpi, actualizando el detalle de las situaciones pero con la mirada fija en los espacios compartidos con sus predecesores. La historia funcionó en su día y funciona hoy día, porque los conflictos están planteados por personajes tridimensionales anclados en su propia gama de grises. Las actualizaciones —personajes que ejercen de profesores de canto o tenores, barrios que son el Chamberí de hoy día— pueden transmitir cierta cercanía con el relato metafórico, aunque sin grandes sobresaltos. Tal vez el único reparo en este sentido esté precisamente en ese sobreesfuerzo a la hora de explicar la modernización de la perspectiva, incidiendo en cómo lo contaba Galdós, cómo lo contaba Buñuel y cómo se cuenta hoy día. Saturna, la celestina de la novela, se convierte así en narradora interpuesta en el montaje, perfectamente actuada por Luisa Torregrosa a pesar de que esa reiteración textual acabe por, de alguna manera, infantilizar al espectador.
El entramado musical lo puso en pie Miguel Huertas-Camacho con una apuesta arriesgada a nivel tímbrico y con pocos elementos sonoros, lo que multiplica el mérito. Piano, chelo, percusión y electrónica se combinan para crear una atmósfera íntima y a la vez abierta, que no busca señas de identidad más allá de su propia gramática sonora y no es deudora más que de sí misma. El hecho de que no se extienda en cuanto a duración —poco más de una hora— facilita que su apuesta casi minimalista funcione a nivel dramático sin fatiga en el oyente. Por su parte el montaje se basaba en una escenografía funcional que no se permite fantasías más allá de incorporar varios puntos de vista desde distintas cámaras, pudiendo observar en paralelo la acción desde distintos puntos del escenario y subrayando esa idea de la soledad múltiple que acompaña a cualquier triángulo, donde hay al menos tres puntos de vista. Cuatro si se une el del espectador.
En lo vocal buena parte del peso recayó en Ruth González, soprano que ejerce además de directora artística del Festival (conjuntamente con Ricardo Campelo) y a la que hay que agradecer su inquietud artística: hacía apenas una semana había actuado como Abel en La tabernera del puerto en el Teatro de La Zarzuela; su versatilidad en el canto y desenvoltura actoral hicieron creíbles los abismos interiores de la protagonista, que tiene que pasar de cantar La traviata a perder para siempre su medio de vida. Es un personaje de contrastes musicales, que ha de ser sensual, inocente, fuerte y confuso a una misma vez, y González adaptó su voz a la tímbrica propuesta por Huertas-Camacho con naturalidad y buen gusto. Las escenas de amor con el personaje de Horacio, defendido por el tenor César Arrieta, se acercaron más a la estética sugerente de Buñuel que al opresivo original de Galdós. Buena aportación del barítono Enrique Sánchez-Ramos en el papel de Lope, alguien atrapado en su propia crueldad. En definitiva, una estreno del máximo interés y muy buena acogida dentro de un formato tan exigente como bello y en el que tanto queda por hacer. * Mario MUÑOZ, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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