Tokio: La Fura y la princesa de hielo

24 / 07 / 2019 - Ken SMITH - Tiempo de lectura: 3 min

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Un momento del primer acto de 'Turandot' en Tokio © New National Theatre / Masahiko TERASHI
La divina princesa de hielo fue encarnada por Iréne Theorin © New National Theatre / Masahiko TERASHI
La muerte de Liù en la producción de Àlex Ollé. Una fantástica Eri Nakamura interpretó a la esclava © New National Theatre / Masahiko TERASHI

New National Theatre

Puccini: TURANDOT

Nueva producción

Iréne Theorin, Teodor Ilincai, Eri Nakamura, Riccardo Zanellato, Hiroshi Mochiki, Takashi Masu, Takumi Yogi, Toshiaki Murakami, Yuichi Toyoshima. Dirección: Kazushi Ono. Dirección de escena: Àlex Ollé. 22 de julio de 2019.

Hay que dar crédito a las personas. En una época en la que todo el mundo aspira a dotar de características chinas auténticas a la Turandot de Puccini, el director de escena español Àlex Ollé optó por la dirección contraria para su producción nipona. Con el mismo enfoque distópico que hizo de Un ballo in maschera verdiano una pesadilla orwelliana, ahora reinventa una China mítica a imagen de un Castillo kafkiano en la visión de M. C. Escher, con una población aterrorizada por un régimen totalitario que literalmente cambia las reglas del juego cuando sus planes fracasan. Algo que no podría ser nunca China, y si no que se lo pregunten al pueblo de Hong Kong.

El equipo de Ollé –escenografía de Alfons Flores, vestuario de Lluc Castells y diseño de luces de Urs Schönenbaum– rehuyó de los habituales rojos y amarillos por gradaciones verticales de gris, identificando a la dinastía china con el shogunado japonés. Esta nueva producción, estrenada en el Bunka Kaikan de Tokyo y trasladada al New National Theatre unos días más tarde, parece haber tenido un eco importante en el público japonés, posiblemente porque las representaciones se adaptaron perfectamente al montaje.

Iréne Theorin como Turandot

Iréne Theorin (Turandot) entró en la función con un muro de hielo sonoro, una voz que iría deshelándose adecuadamente en el curso de la velada. El Calaf de Teodor Ilincai mostró el equilibrio entre el poderío y la precisión, sustituyendo el habitual impulso y el carácter sanguíneo del personaje por un desafío sorprendentemente frío y calculador a los poderes establecidos. Takashi Masu (Ping), Takumi Yogi (Pang) y Toshiaki Murakami (Pong) interpretaron al trío de ministros con un perfecto ritmo cómico, pese a algunos detalles nada jocosos (entre sus obligaciones estaba la de cavar las tumbas de los fallidos aspirantes a la mano de Turandot). Esa atmósfera un tanto opresora continuaría hasta el final, enteramente fiel al final pergeñado por Alfano aunque desviando la trama a la visión más sombría de Ollé.

Un coro combinado con miembros del New National Theatre (NNTT), la Ópera de Fujiwara y el Biwako Hallsquarely se mostró a la altura de los solistas en materia de potencia vocal y pulsión emocional, una combinación que se adaptaba a las impresionantes dimensiones y a la limitada paleta de colores del diseño visual. Los matices vocales no fueron demasiados y procedieron siempre del foso orquestal.

La última e incompleta partitura pucciniana, con el siglo XX entrando con su propia voz en el mundo sonoro del compositor, fue traducida por el director Kazushi Ono con los necesarios contrastes expresivos al frente de una Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) que supo encontrar desde la transparencia camerística hasta el esplendor romántico de la música, sin rehuir de sus eventuales disonancias.

Lo más destacado de la velada fue la actuación de Eri Nakamura como Liù, tanto desde el punto de vista visual (era la única intérprete en escena que ostentaba un perceptible color local) como vocalmente. Nakamura, antigua participante en el programa para jóvenes artistas del NNTT, dio la impresión de evitar conscientemente la habitual pureza unidimensional del personaje para prestarle una mayor intensidad emocional unida a una férrea voluntad. En el momento de su muerte –por su propia mano y abriendo las puertas a que el amor de su vida se fuera con otra mujer– pocas veces se habrá sugerido hasta tal punto la figura de la Butterfly pucciniana.