Tarde de 'Lieder' con Christian Gerhaher y Gerold Huber

Múnich

05 / 05 / 2020 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 3 min

Print Friendly, PDF & Email
Gerhaher brilló interpretando a Dvorák, Wolf y Schubert © Staatsoper.tv
Gerhaher y Gerold Huber forman un dúo maravilloso © Staasoper.tv
La sala vacía de la Bayerische Staatsoper © Staatsoper.tv

Bayerische Staatsoper

Recital GERHAHER & HUBER

En 'streaming'

Obras de Dvořák, Wolf y Schubert. Christian Gerhaher (barítono) y Gerold Huber (piano). 4 de mayo de 2020.

 

La Bayerische Staatsoper sigue comprometida con la ayuda a los artistas independientes durante la crisis del coronavirus, y continúa haciéndolo por todo lo alto. La ciudad de Múnich, y el estado de Baviera en general, es lugar de residencia, cuando no de nacimiento, de algunas de las personalidades más interesantes del panorama musical y operístico actual. Y el teatro no pierde la oportunidad de invitarles, semana tras semana. En la quinta entrega de sus ya habituales Montagskonzerte (Conciertos del lunes), subieron esta vez al escenario el barítono Christian Gerhaher y su compañero de viaje al piano, Gerold Huber. Ambos conforman una de las parejas más sólidas y estables de la escena del Lied —se les pudo ver en enero en el Palau de la Música Catalana de Barcelona, con una exquisita selección de obras de Mahler (Crítica ÓA)—, y ofrecieron para la ocasión un intenso y atrevido homenaje al género.

En efecto, la velada sorprendió en primer lugar por la elección del repertorio. El alemán es la lengua primigenia del Lied (canción, en español), como la propia denominación del género indica, y la elección, por parte de la pareja bávara, de un repertorio completamente germanófono no hubiera tenido nada extraño. Sin embargo decidieron empezar con una colección de salmos en lengua checa, obra de Antonin Dvořák. Las Biblické Pisne (Canciones bíblicas), compuestas en 1894 durante la aventura americana del compositor bohemio, que combinan la grave sacralidad que exige el texto bíblico con una frescura casi pastoral, que remite sin duda al carácter de la —ya en su momento— famosísima Sinfonía Nº 9, del Nuevo Mundo, compuesta solo un año antes. Los dos músicos lidiaron de forma convincente con la complicada propuesta de Dvořák, que conecta la dicción eslava con un extraño e incipiente exotismo musical que mira con curiosidad hacia las culturas amerindias. Gerhaher defendió con solvencia las canciones que orbitan siempre en el ámbito medio-grave del registro de barítono, dosificando con destreza la voz impostada para dejar un generoso espacio a la salmodia expuesta y desnuda.

"Gerhaher defendió con solvencia las canciones, que orbitan siempre en el ámbito medio-grave del registro de barítono, dosificando con destreza la voz impostada para dejar un generoso espacio a la salmodia expuesta y desnuda"

El concierto empezó con notas bohemias, pero no tardó en virar hacia el dominio de la cultura alemana. Como bisagra entre primera y segunda parte actuó maravillosamente la temprana serie de canciones Abendbilder del compositor austriaco Hugo Wolf, que las compuso en 1877, cuando solo contaba 17 años. Quizás al modo de Brahms, piano y voz se reparten el protagonismo en este tríptico que funciona, en verdad, como una sola canción en tres partes. El regreso a casa se hizo notar en las tablas; al hacer frente a la delicadeza melódica que caracteriza los Lieder de Wolf, figura clave para la definición del género durante la segunda mitad del siglo XIX, Gerhaher volvió a un tono más plano y quizás más seguro, más anclado en el recuerdo de su maestro, Dietrich Fischer-Dieskau. El acompañamiento de Huber, que no se resigna nunca a la conducción en segundo plano, también estuvo con Wolf más reservado y respetuoso.

Este giro de estilo era casi obligatorio para encarar con garantías la segunda parte de este peculiar viaje por el universo Lied, que tuvo como protagonista el que muchos no dudarían en llamar el representante por excelencia del género, Franz Schubert. Si en la edición anterior Jonas Kaufmann se enfrentó al Schumann del Dichterliebe, heredero directo de los ciclos schubertianos, esta vez Christian Gerhaher decidió no caer en el tópico de un Winterreise o Die schöne Müllerin. El barítono seleccionó a su gusto, para cerrar la tarde, ocho de los casi cincuenta Lieder de Schubert basados en poemas de Johann Mayrhofer. Este poeta vienés y su gran amigo, el joven Franz, compartieron piso en la capital austríaca durante tres años, entre 1818 y 1821. Durante este período Mayrhofer hizo compatible su trabajo en el servicio de censura del príncipe Metternich, famoso orquestador de la Restauración, con la colaboración con Schubert, a quien no solo entregó el texto de gran parte de sus poemas para la composición de Lieder, sino también el libreto de dos óperas que no llegaron nunca a ser representadas en vida de los autores. El poeta sobrevivió al compositor, solo para suicidarse unos años más tarde —la coincidencia, si lo es, no deja de ser irónica— durante una epidemia de cólera.

Con las ocho canciones escogidas, que, por su coherencia atmosférica y formal, bien podrían formar un ciclo, Gerhaher y Huber no se olvidaron de hacer referencia explícita a esta interesante relación, tanto profesional como sentimental. Acaso quisieron también poner de relieve la melancolía de base que impregna la figura de Schubert, aun y desde el fondo de un género tan frecuentemente relacionado a la jovialidad y la alegría como el Lied. ¿Cómo hacer justicia de otra manera al legado de un compositor en cuyo diario personal pudieron leerse, después de su muerte, las palabras “no existe música alegre”? El número final, «Der Abschied», y especialmente el demoledor «Abendstern», en cuyos versos alegóricos se compadece sin duda la figura del propio Schubert, pusieron el desamparo en el centro de la noche. El recurso a la voz de cabeza reafirmó a Gerhaher en la estela de Fischer-Dieskau, pero la sinceridad de su timbre brilló autónoma en el teatro vacío. Su Schubert, mecido por la filigrana pianística de un experto Gerold Huber, quien se nota que lleva encima la experiencia de incontables schubertiadas, bebe de la tradición pero continúa ofreciendo trazas de una sabiduría sin prejuicios, nueva y siempre fresca.