Sueños de Orfeo en la Staatsoper

Berlín

08 / 11 / 2021 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 4 min

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Anna Prohaska en el rol de Euridice © Berlin Staatsoper / Matthias BAUS
Bejun Metha en el rol de Orfeo, que ahora encarnó Max Emmanuel Cencic © Berlin Staatsoper / Matthias BAUS

Staatsoper Unter den Linden

Gluck: ORFEO ET EURIDICE

Barocktage 2021

Max Emmanuel Cenčić, Anna Prohaska, Liubov Medvedeva. Dirección musical: Christophe Rousset. Dirección de escena: Jürgen Flimm. 6 de noviembre de 2021.

La Staatsoper Berlin celebra sus orígenes con los Barocktage 2021. Después del parón pandémico, el festival otoñal de música barroca volvió a la carga el pasado viernes con una tercera edición encabezada por el estreno de Idomenée, en una producción de La Fura dels Baus que ya se pudo ver en octubre en la Opéra de Lille. Casi sin respirar llegó al día siguiente Orfeo ed Euridice, en la producción de la casa que Daniel Baremboim y Jürgen Flimm firmaron en 2016. Esta vez, sin embargo, Barenboim y la Staatskapelle cedieron la batuta a Christoph Rousset y la Akademie für alte Musik Berlin. Y acertaron.

El idioma operístico de Gluck siempre impresiona, con su extraordinaria inteligencia dramatúrgica y su brillante revisión formal del género. Su contribución a la historia de la ópera se ha convertido en un tópico en si mismo, y sus músicas, especialmente las que ciñen el efímero Orfeo, son ya lugares comunes. Quizás precisamente debido a esto último no es tan común escuchar las óperas de Gluck en versiones historicistas. De la mano de una fascinante Akademie für alte Musik, el criterio histórico fue el centro de la velada en la Staatsoper Berlin. La orquesta se reunió en pleno para resucitar la versión vienesa de la ópera, más antigua y con más instrumentos —entre los cuales destacan, por ejemplo, las hoy desaparecidas cornetas—. El trabajo de Rousset y sus músicos fue impecable, especialmente en la rendición de los recitativos acompañados, marca de la casa de Gluck, con sus delicadas variaciones dinámicas y fluctuaciones agógicas sobre las cuales se desliza el llanto de los protagonistas.

"La calidad del instrumento de Cenčić se dejó ver sobre todo en el dueto del tercer acto, al lado del carisma de Anna Prohaska"

Y es que hay muy pocas óperas con una dosis tan exagerada de lamentos. La cima compositiva de Gluck parece en este sentido una transfiguración de la famosa Cantata BWV 12 de Johann Sebastian Bach, “Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen”. Tanto Orfeo como su desventurada —y al fin, en el libreto de Calzabigi, milagrosamente afortunada— esposa exhiben su pasión con una insistencia inaudita sobre el escenario, que rompe con el decoro hierático, artificioso, de los roles de la ópera seria metastasiana. Gluck renuncia al malabarismo del melisma para mostrar pasiones realistas en escena, abriendo así la puerta a lo que ahora se le llama identificación con los personajes, pero que en la época se asociaba a una verdadera infección de los estados de ánimo. Afrontar este giro radical en la concepción de la voz y la presencia escénica supone un reto mayúsculo para cualquier actor y cantante. Rousset y Flimmt apostaron a ganar con el contratenor croata Max Emanuel Cenčić, quien, si bien empezó un poco tímido, se desarrolló sin problemas con el dolor de Orfeo. Su “Che farò senza Euridice” fue satisfactorio, aunque quizás un punto demasiado desgarrado, evitando en todo momento caer en la trampa del lirismo. La calidad del instrumento de Cenčić se dejó ver sobre todo en el dúo del tercer acto, al lado del carisma de Anna Prohaska. La soprano austríaco-anglosajona cantó una Euridice desenfadada, casi violenta en los picos de su única aria da capo, “Senza un addio”, pero cuidadosamente calibrada en el diálogo con Orfeo.

Hoy ya nadie se engaña con los gemidos de Euridice y de su esposo poeta. El proyecto de Gluck y Calzabigi para la corte austríaca puede leerse diáfanamente como una alegoría del rito matrimonial, del amor institucionalizado y erigido en ley: la condición que debe cumplir Orfeo para recuperar a su esposa es en italiano la legge. Flimmt se da cuenta de esto y diseña, sobre la dinámica imagen escenográfica de Frank O. Ghery, una puesta en escena llena de referencias al matrimonio, con coro y bailarines convertidos en maridos y mujeres. La intervención más radical, y más notable, de Flimmt es sin embargo la que matiza el inesperado happy end del Orfeo ilustrado de Gluck y Calzabigi. Después del ballo y coro final, justo cuando Amore —una solvente Liubov Medvedeva— anuncia su clemente veredicto, todo se revela un sueño. Un aria para flauta sola acompaña el retorno a la escena inicial, donde Orfeo sigue lanzando las cenizas de su lira gastada al foso donde yace Euridice. Sueños de héroe cansado, o fantasías disruptivas de un sujeto que se quiso siempre normativo.  * Lluc SOLÉS, crítico de ÓPERA ACTUAL