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Spielberg se entrega a Bernstein para celebrar el cine

Película

27 / 12 / 2021 - Aniol COSTA-PAU - Tiempo de lectura: 4 min

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west-side-story-steven-spielberg-operaactual Un fotograma de la película de Steven Spielberg © 20th Century Fox
west-side-story-steven-spielberg-operaactual 2 Un fotograma de la película de Steven Spielberg © 20th Century Fox
west-side-story-steven-spielberg-operaactual 2 Un fotograma de la película de Steven Spielberg © 20th Century Fox

BERNSTEIN, Leonard

WEST SIDE STORY

Una película de Steven Spielberg

Rachel Zegler, Ansel Elgort, David Alvarez, Ariana DeBose, Rita Moreno. Música: Leonard Bernstein. Dirección musical: Gustavo Dudamel. Dirección: Steven Spielberg. 156 minutos. Estados Unidos, 2021. 

En una cartelera plagada de sagas repetitivas, remakes comerciales o secuelas nostálgicas, es lógico temer por el fin de la originalidad y la creatividad en la industria cinematográfica. El nuevo West Side Story de Steven Spielberg ciertamente podría parecer un argumento en esta dirección, puesto que versiona la película de 1961 de Robert Wise, que, a su vez, era una adaptación de un musical de Broadway estrenado en 1957 inspirado en el drama shakesperiano Romeo y Julieta. Sin embargo, con su visión, el director estadounidense pone de manifiesto que, sin la necesidad de inventar historias inéditas, desde la semilla del cine clásico más puro todavía es posible crear imágenes renovadas y profundamente actuales. Y es que, siempre con la película de Wise en el punto de mira, y manteniéndose fiel a las formas cinematográficas del clasicismo, el mago Spielberg consigue aportar una mirada nunca vista sobre el amor imposible entre María y Tony

Así, gracias a las posibilidades de los dispositivos de filmación actuales, el director sustituye los decorados de cartón-piedra del film original por una bellísima reconstrucción digital de Nueva York en los años 50. Consecuentemente, las coreografías y los movimientos escénicos no se desarrollan en un plató estático y teatral sino que viajan por las calles en ruinas y en obras de una metrópoli en construcción en la cual cada palmo de terreno importa. Y, ciertamente, al abrir la visión panorámica a la ciudad, el conflicto entre las bandas callejeras de los Jets –jóvenes americanos hijos de la miseria de la Gran Depresión– y los Sharks –inmigrantes puertorriqueños en busca de una oportunidad– cobra mucho más sentido. En el remake contemporáneo, pues, la disputa racial entre una generación frustrada y unos extranjeros repudiados se carga de crudeza y dolor, revelándose así como una tensión inherente en el pasado y el presente de la sociedad americana. Un nuevo personaje que refuerza aún más está lectura política es Valentina, la anciana responsable del bar donde trabaja Tony. Interpretada por la inestimable Rita Moreno, quien fue Anita en la película de 1961, representa la voz de la experiencia que acumula múltiples discriminaciones a sus espaldas, pero, sin embargo, todavía mantiene la esperanza por encontrar “Un lugar” de paz y concordia.

Asimismo, más allá de recrear espectacularmente los exteriores de Nueva York, Spielberg también utiliza la tecnología actual para guiar una dirección de fotografía eminentemente clásica pero magistral, que reluce en el encuadre, movimiento, color, textura, luz y sombra de cada plano. De esta manera, invirtiendo tiempo y dinero en absolutamente todas las imágenes de la película, el cineasta consigue reinventar –sin rehuir– las formas de representación esenciales del cine clásico que tanto le inspiran. En este sentido, uno de los momentos más logrados es, en efecto, la revisión del fundamental recurso del plano-contraplano en el primer encuentro entre María –encarnada espléndidamente por Rachel Zegler– y Tony –interpretado por un Ansel Elgor más inestable–, durante el baile del Mambo de Leonard Bernstein. 

"Si, como sucede en la ópera, el espectador admite que la música irrumpa como vehículo de expresión alternativo a la palabra hablada, acepta también que ya nada sea imposible en escena"

Ahora bien, pese al evidente preciosismo estético de la imagen, la propuesta del cineasta no resulta excesivamente falaz, sobrecargada ni empalagosa, sino todo lo contrario. Y es así, principalmente, porque se trata de una película musical, el género cinematográfico por definición menos realista, puesto que los protagonistas por momentos no hablan como en el mundo real sino que cantan. Así pues, como sucede en la ópera, si el espectador admite que la música irrumpa como vehículo de expresión alternativo a la palabra hablada, acepta también que ya nada sea imposible en escena. Por lo tanto, la magia y la belleza de las imágenes de Spielberg, e incluso la ingenuidad de la historia de amor, no resta sino que suma dentro de esta fantasía musical en la que los personajes cantan y bailan.

Además, tampoco resulta circunstancial que la música que sustenta el film sea la partitura de Leonard Bernstein, un compositor que, al igual que hace Spielberg, acopla perfectamente la herencia de la tradición con la frescura de la modernidad. La obra está, como ya se sabe, llena de números memorables, dirigidos con fervor por Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Nueva York (orquesta de la que Bernstein fue titular e impulsor), que destilan dinamismo rítmico a la vez que expresividad lírica, desde la pasión de «María, María» hasta la síncopa de «América». Ante una obra de tal calibre musical (en esta versión no se utilizan voces operísticas, sino las propias del género del teatro musical), el éxito de Spielberg reside en saber adaptar y acompasar su talento cinematográfico a los ritmos, tiempos y emociones que requieren las canciones y los diversos números musicales, cautivadores desde su paso por Broadway hasta la actualidad. Así pues, entregándose a la fuerza de la música de Bernstein, Spielberg cimenta una película armónica y virtuosa, revelando al público que todavía hoy es posible creen en el poder del cine más clásico.  * Aniol COSTA-PAU, redactor de ÓPERA ACTUAL