Sebastian Weigle se despide por la puerta grande

Frankfurt

17 / 07 / 2023 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

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frankfurt stephan Una escena de 'Die erste Menschen' en Frankfurt © Oper Frankfurt / Matthias BAUS
frankfurt stephan Una escena de 'Die erste Menschen' en Frankfurt © Oper Frankfurt / Matthias BAUS
frankfurt stephan Una escena de 'Die erste Menschen' en Frankfurt © Oper Frankfurt / Matthias BAUS

Oper Frankfurt

Stephan: DIE ERSTE MENSCHEN

Nueva producción

Andreas Bauer Kanabas, Ambur Braid, Iain MacNeil, Ian Koziara. Dirección musical: Sebastian Weigle. Dirección de escena: Tobias Kratzer. 15 de julio de 2023.

La despedida de Sebastian Weigle como Generalmusikdirektor de la Ópera de Frankfurt ha sido fiel al estilo de uno de los teatros más inquietos e interesantes de Europa. Tras aplaudidas nuevas producciones de dos pilares del repertorio como Die Meistersinger von Nürnberg y Elektra, la última première que pone colofón a un exitoso mandato de 15 años se ha centrado en una rareza, Die ersten Menschen, única ópera de Rudi Stephan, compositor alemán fallecido a los 28 años en el campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. Completada en 1914, la obra no vería la luz de forma póstuma hasta 1920, justamente en Frankfurt.

Los primeros seres humanos del título es la primera familia bíblica tras la expulsión del Edén, protagonistas de un “misterio erótico” de Otto Borngräber que tuvo sus más y sus menos con la censura. Responsable también del libreto, Borngräber reescribe la historia del primer asesinato, concentrando la trama en el conflicto entre una Chawa que ve rechazados sus impulsos sensuales hacia su marido Adahm, más centrado en el trabajo de creación de un nuevo mundo, a la vez que su hijo mayor, el indómito Kajin, a duras penas puede resistir la atracción por su madre, mientras que su hermano pequeño, Chabel, pone los fundamentos de la religión monoteísta. Su misticismo, sin embargo, bordea con la carnalidad en su relación con Chawa, despertando los celos furibundos de Kajin, que mata brutalmente a su hermano.

"Andreas Bauer Kanabas aportó solidez vocal y un fraseo noble a Adahm, mientras que la Chawa de Ambur Braid desbordó pasión y calidez, con un agudo potente"

La tensión entre cuerpo y alma, la dialéctica entre religión y ateísmo y una nada disimulada pulsión incestuosa son elementos centrales de un texto que, aunque en ocasiones farragoso, así como caduco en alguno de sus planteamientos (la mujer siempre tiene la culpa de todo), sirvió a Stephan para escribir una partitura frondosa, de un postromanticismo desbordante con toques expresionistas, rica en colores y contrastes, donde ecos de Wagner, Strauss, pero también de Debussy, conviven con elementos presentes en contemporáneos como Schreker o Zemlinsky. Tras un arranque con un perfume exótico, la obra posee pasajes de un refinamiento exquisito que demuestran la sabiduría orquestal de Stephan (instrumentos como el corno inglés, el saxófono, la celesta o el glockenspiel tienen un papel notable), aunque en el desarrollo de los dos actos de unas dos horas de duración tampoco faltan a la cita, más bien lo contrario, las explosiones paroxísticas, culminando en el cataclismo sonoro del asesinato.

Buena prueba de la magnífica labor de Weigle y del gran nivel de la Frankfurt Oper und Museumsorchester es que toda la frondosa exuberancia de la partitura impactó de lleno en el espectador. Sin caer en el efectismo barato, el director alemán recreó los colores intoxicantes y desencadenó tuttis apabullantes en el mejor sentido del término, disimulando las irregularidades de la obra y subrayando sus fortalezas. La obra requiere de cuatro solistas bregados capaces de superar el muro sonoro y abordar una escritura tensa, y Frankfurt reunió un equipo de gran solvencia, integrado en sus tres cuartas partes por miembros de la compañía. Andreas Bauer Kanabas aportó solidez vocal y un fraseo noble a Adahm, mientras que la Chawa de Ambur Braid desbordó pasión y calidez, con un agudo potente, a la vez que supo conferir credibilidad a pasajes dramáticamente problemáticos, como el soliloquio inicial del segundo acto, durante el que debe pasar del odio al amor a Dios en segundos. Iain McNeil fue un Kajin impetuoso, de canto broncíneo y notable carisma escénico, en un acertado contraste con el Chabel luminoso de Ian Koziara, el miembro externo a la compañía, quien resolvió con solvencia los pasajes más agudos que podían hacer sospechar que Stephan se inspiró en Strauss al componer para tenor.

El microcosmos social que representa esta familia disfuncional da pie a Tobias Kratzer para convertir los primeros seres humanos en los últimos. Solo hasta bien avanzado el primer acto no se descubre que el hogar suburbial diseñado por Rainer Sellmaier (autor también del vestuario contemporáneo) es, en realidad, un refugio atómico, con su almacén repleto de latas de comida y su generador. Una película familiar deja intuir cómo un inesperado suceso apocalíptico lleva a la familia a encerrarse bajo tierra, disparando las tensiones sexuales que el mensaje fervoroso de Chabel (con sacrificio de cordero incluido) no sólo no atenúa, sino que exacerba. El segundo acto se sitúa en el exterior, en el hogar destruido, ya respirable de nuevo. La chimenea, el columpio, el coche son vestigios que la iluminación de Joachim Klein convierte en más fantasmagóricos, a la vez que se convierten en escenario de la pasión de Chawa y Chabel y la salvaje muerte de este a manos de Kajin. Pese al baño de sangre (alargado con la autocastración del asesino), la obra acaba con un mensaje de esperanza de Adahm hacia un nuevo amanecer de la humanidad, que Kratzer recoge. De otros refugios subterráneos surgen más familias supervivientes. Los primeros (o los últimos) no están solos.  * Xavier CESTER, crítico de ÓPERA ACTUAL