Schumann versus Debussy, de la mano de Gerhaher

Madrid

11 / 02 / 2021 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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Gerhaher Christian Gerhaher, absoluto dominador del 'Lied' © CNDM / Rafa MARTÍN
Gerhaher Chrstian Gerhaher, un fijo del ciclo de Lied © CNDM / Rafa MARTÍN
Gerhaher Gerhaher y Huber, ovacionados por el público © CNDM / Rafa MARTÍN

Centro Nacional de Difusión Musical

Recital de CHRISTIAN GERHAHER

XXVII Ciclo de 'Lied'

Obras de Schumann y Debussy. Gerold Huber, piano. Teatro de La Zarzuela, 8 de febrero de 2021.

Bastaron las primeras notas del Herzeleid (Dolor de corazón) de Schumann para comprender el sentido del recital que ofrecieron Christian Gerhaher y Gerold Huber en el Teatro de La Zarzuela, dentro Ciclo de Lied. Arranque aéreo, hecho de pura evocación, una forma de entrar en la música como si hubiese que alejarse de ella; relevancia del piano, que mantuvo su protagonismo durante todo el recital y, finalmente, un canto limpio, sin la menor afectación, casi hablado, en medias voces y reflexivo, como si Gerhaher aludiera a la muerte de la pobre Ofelia en un sueño.

El barítono alemán tiene el instrumento perfecto para esta forma de cantar Lied: dúctil, nunca forzado, naturalidad en la respiración, y una extrema precisión en cada acento. Una exposición depurada, un poco distanciada, casi clásica, que convierte la melancolía, que en la expresión parece tender siempre a lo difuso e impreciso, en un filo de corte limpio y por momentos casi insoportable. Así ocurrió en Nachtlied (Canción nocturna), con la voz, e incluso el piano, a punto de disolverse en el silencio, o en Schneeglöckchen (Campanilla de febrero) amable al principio, dramática y tormentosa luego y desoladora al final, con su protagonista perdido en un mundo desconocido. Todos los Lieder escogidos para este recital fueron de los compuestos en los años 1850, cuando Schumann prefería poetas menos renombrados que en años anteriores.

"Gerhaher tiene el instrumento perfecto para esta forma de cantar el 'Lied': dúctil, nunca forzado, naturalidad en la respiración, y una extrema precisión en cada acento"

Los escogidos por Debussy para sus canciones, que en este programa se alternaron con las de Schumann, son, muy al contrario, de los grandes de la literatura francesa: clásicos antiguos para las Trois chansons de France (Tres canciones de Francia) y tres poemas de Mallarmé, de una extrema suntuosidad en las imágenes y la lengua. Lo que en principio parecía incompatible, como es la canción al fin y al cabo estrófica de Schumann y lo pulido del verso en Debussy y sus poetas se reunieron finalmente en la expresividad aérea de un casi recitado, con un piano que describía como en acuarela una atmósfera de puras evanescencias sonoras y cromáticas. El juego estético llegaba más allá, hasta ser el reverso fiel, o la premisa, de la melancolía schumaniana, como en una lección de canto hecha sin la menor intención didáctica. Volvió la melancolía de Schumann con tres Lieder finales, en particular el famoso Der Einsiedler (El ermitaño), toda una declaración de romanticismo que resumía, con su nota de silencio final, la intención del recital.

Gerhaher y Huber, que fueron recibidos con el cariño que se merecen por un público que los conoce bien, regalaron dos canciones más de Schumann, una de ellas juvenil: un contraste agradecido a un recital difícil de olvidar.