Sara Blanch, una Lucia con luz propia

Oviedo

03 / 02 / 2020 - Diana DÍAZ - Tiempo de lectura: 3 min

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Plano general de esta coproducción de la Ópera de Oviedo con el Teatro Colón de Buenos Aires y Ópera de Tenerife © Ópera de Oviedo / Ivan MARTÍNEZ
Maestranza Pasquale Sara Blanch brilló en Oviedo como Lucia. En la imagen, en 'Don Pasquale' en el Teatro de La Maestranza de Sevilla © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO

Ópera de Oviedo

Donizetti: LUCIA DI LAMMERMOOR

Viernes de Ópera

Sara Blanch, Gustavo Castillo, Alejandro del Cerro, Albert Casals, Francisco Crespo, María José Suárez, Moisés Marín. Dirección: Luigi Mazzochi. Dirección de escena: Nicola Berloffa. Teatro Campoamor, 31 de enero de 2020.

Con Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti, el hito del melodrama romántico, la temporada de la Ópera de Oviedo bajó el telón. Con este título también se cerraban las veladas de los Viernes de Ópera, funciones con precios asequibles y con un reparto joven (ver crítica del primer reparto) en el que, sin duda, brilló con luz propia Sara Blanch. La soprano tarraconense fue una Lucia absoluta desde el aria «Reinaba en el silencio», página que ya dejaba buena cuenta de lo que depararía la velada, tanto en lo vocal como en lo dramático. En este punto, Blanch se llevó la primera ovación por su amplitud y flexibilidad de medios unidas a la calidad dramática que hizo que el público degustara la evolución del personaje de Lucia, que acaba oprimida por la frustración y violencia de unos rivales, muy cercanos, en terreno hostil y febril. El canto de la protagonista llegó directo al corazón del Teatro Campoamor.

El inicio de la función, en todo caso, fue tibio, con una interpretación irregular que, con Luigi Mazzochi en el podio de Oviedo Filarmonía, sostuvo un elenco en su conjunto menos equilibrado vocalmente. En este sentido, el Enrico de Gustavo Castillo destacó en el dúo con Lucia de segundo acto; el barítono venezolano lució un registro grave generoso, si bien se echó en falta mayor estabilidad en la amplitud del fraseo. También el Normanno de Moisés Marín fue in crescendo, más justo hasta el segundo acto, si bien resultó efectivo en recitativos imprescindibles. Del trío con el que arranca la ópera despuntó el capellán Raimondo de Francisco Crespo, más estable en lo vocal, despuntando especialmente en el tercer acto.

"Blanch se llevó la primera ovación, con su amplitud y flexibilidad de medios unidas a la calidad dramática que hizo que el público degustara la evolución del personaje de Lucia"

Hay que decir que Alejandro del Cerro como Edgardo, sentó presencia desde su primer encuentro con Blanch, aunque se le escuchó forzado en el dúo amoroso, no llegando a puerto en la despedida. Su mejor momento fue el dúo con Lucia en el que se siente traicionado y la castiga injustamente. La ovación para el tenor llegó en su aria final, «Tumbas de mis ancestros», con una expresividad profunda pero irregular en el fraseo, con limitaciones técnicas que afectaron en los cambios de registro y sobre todo en la zona aguda. Tampoco convenció vocalmente el tenor Albert Casals como Arturo, el malogrado esposo de Lucia, víctima de la locura a la que la protagonista se ve empujada por la vil trama. La mezzosoprano María José Suárez tuvo, como Alisa, un papel muy reducido.

En esta coproducción con dirección de escena de Nicola Berloffa, cabe destacar lo sugerente de la iluminación de Valerio Tiberi, también para producir juegos de sombras que parecían asediar a la protagonista en un espacio claustrofóbico, con visos de cine del terror ya que la escenografía de Justin Arienti se centra únicamente en espacios interiores. Especialmente conseguido resultó el momento en el que mientras en el salón se celebra la fiesta nupcial de Lucia con Arturo, ella, enajenada, irrumpe con el camisón ensangrentado. En un estado de locura ha matado a Arturo en el lecho nupcial y se cree ante el altar junto a su amado Edgardo. Aún resuena la mente del espectador ese «Al fin soy tuya, al fin eres mío» en la voz de Sara Blanch, con la respuesta en sotto voce del Coro de la Ópera de Oviedo, estremecedor, sin un mínimo murmullo en el Campoamor. La evolución de Blanch en esta escena icónica fue sobresaliente, y mereció, muy justamente, la mayor ovación de la velada.