Santander: Camarena o la sublimación del canto

21 / 08 / 2019 - Agustín ACHÚCARRO - Tiempo de lectura: 2 min.

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Javier Camarena © Festival Internacional de Santander / Pedro PUENTE HOYOS

Recital de Javier CAMARENA

Festival Internacional de Santander

Obras de Bellini, Donizetti, Rossini, Guerrero, Giménez, Sorozábal y Serrano. Javier Camarena (tenor) y Ángel Rodríguez (Piano). Palacio de Festivales. 16 de agosto de 2019.

El tenor Javier Camarena empezó advirtiendo que pasaba por un momento de alergia álgido, aunque esperaba que no le influyera en las cuerdas vocales. Y realmente no le afectó, salvo algún matiz en la emisión en momentos esporádicos, pues fue el suyo un recital en el que conjugó unas facultades vocales deslumbrantes con una técnica depurada. Dominó el agudo, que se ensancha poderoso, los pianos, que parecen extinguirse en un susurro, e hizo alarde de una amplia gama de matices y de una voz cálida y plena de armónicos. Hay un punto, que domina, en el que el artista traspasa una barrera que va más allá y su actuación se convierte en algo indefinible, en pura emoción.

Dedicó la primera parte a la ópera y la segunda a la zarzuela, estando más locuaz inicialmente, y mucho más introvertido en la segunda. Respondió con ironía al ya habitual sonido de un teléfono móvil con un dígale que cuando termine ya le llamo yo.

El tenor empezó a lo grande con “Nel furor delle tempeste … Per te di vane lagrime” de Il Pirata de Bellini, presto al lucimiento, tanto en las agilidades como en los pasajes más cantables, de los que haría gala inmediatamente con “Una furtiva lagrima”. Algo atropellada resultó su “Si, ritrovarla io giuro”, concretamente en las raudas agilidades, lo cual no implicó que estuviera desacertado. Terminó la primera parte con una de la arias con las que ha cimentado su fama “Ah! mes amis, quel jour de fête” en la que hizo una concesión que aportó poco. Dio a elegir a los espectadores entre tres posibles finales y éstos se decantaron por el que concluyera con una nota más alta del consabido Do, lo que hurtó el que lo alargara.

En la segunda parte dejó una huella profunda en su manera de cantar las romanzas de zarzuela, combinando la energía, con medias voces, una mesura interior profunda, ralentandos, filados y una dicción clara. Íntimo y doliente en “Mujer de los negros ojos”, incisivo en la manera de decir “Flor roja”, ambas obras de Guerrero, y apasionado en “No puede ser” de Sorozábal.
A su lado estuvo el pianista Ángel Rodríguez, conocedor absoluto de la voz del cantante a la que siguió con total disciplina. Empleó una digitación con la que consiguió pasajes realmente afortunados, con una lógica musical, como demostró en el Intermezzo de Las bodas de Luis Alonso, aunque ante la dificultad de las trascripciones de óperas y zarzuelas tendió a una proyección del sonido bastante seca, con poca presencia del piano.
En la tanda de obras fuera de programa, en la que Javier Camarena recibió larguísimas ovaciones, cantó un «Lamento de Federico» de L´Arlesiana de Cilea inconmensurable y terminó con la colaboración del público con El rey de José Alfredo Jiménez impregnado del acento de su tierra mexicana.