San Sebastián: Con capacidad para emocionar

21 / 08 / 2019 - Agustín ACHÚCARRO - Tiempo de lectura: 2 min.

Print Friendly, PDF & Email
Ainhoa Arteta y Marcelo Puente en 'Madama Butterfly' © Quincena Musical de San Sebastian / Iñigo IBÁÑEZ
Ainhoa Arteta y Marcelo Puente en 'Madama Butterfly' © Quincena Musical de San Sebastian / Iñigo IBÁÑEZ
Ainhoa Arteta en 'Madama Butterfly' © Quincena Musical de San Sebastian / Iñigo IBÁÑEZ

Quincena Musical de San Sebastián

Puccini: MADAMA BUTTERFLY

Producción del Palau de les Arts de Valencia

Ainhoa Arteta, Marcelo Puente, Cristina Faus, Gabriel Bermúdez, Francisco Vas, Isaac Galán, Fernando Latorre y Ana Cristina Marco. Director: Giuseppe Finzi. Orquesta Sinfónica de Euskadi y Coro Easo, Teatro Euskalduna. Dirección de escena: Emilio López. Auditorio Kursaal, 15 de agosto.

 

Un montaje escénico de la ópera de Puccini de Emilio López que, más allá de otras consideraciones, se adaptó bien al escenario del Kursaal.  En el primer acto se empleó el típico paisaje de árboles en flor, como si fuera una pintura y para los dos restantes un ámbito destrozado, que se justificó previamente con imágenes por la bomba atómica arrojada sobre Nagasaki. Si se le da a este recurso una relevancia prevalente, al margen de sugerir la capacidad destructiva del ser humano, la acción cae en contradicciones temporales evidentes. Si se impone el contraste con el paisaje inicial, la desolación de un paisaje oscuro, destrozado, se convierte en una metáfora interior del alma de los personajes; tanto la del inmoral Pinkerton, sujeto a sus egoístas reglas sociales, como la de la desamparada Butterfly.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi estuvo dirigida por Giuseppe Finzi y al margen de notables excesos sonoros, que en algunos momentos incidieron decisivamente en el desarrollo de la ópera, no faltó un empeño más que loable por subrayar la variedad de colores, dar entidad a los motivos y cuidar hasta el límite a las voces. La dirección musical supo irse deshaciendo de la preponderancia de la coloración al tiempo que se acercaba el desenlace, lo que hizo que se impusiera una mayor densidad sonora, aunque como ya ha quedado dicho no faltó cierto trazo grueso.

Ainhoa Arteta de salida encarnó a una Cio-Cio-San desprovista de inocencia, aunque no de contención y cierta delicadeza. La soprano evitó excesos y se recreó en los pasajes más propicios a su voz. Acabó imponiendo un carácter dramático, encerrado en su tragedia, alcanzando una enorme tensión. A su lado el tenor Marcelo Puente cantó un Pinkerton de voz timbrada -no tanto en el agudo- pero irregular, lo que provocó que resultaran algo fallidos momentos como el dúo con la protagonista. El tenor manejó los pasajes en forte y piano sin matices.

A su lado, Gabriel Bermúdez interpretó al cónsul de Estados Unidos de manera canónica, con intención, perfilando con soltura su personaje, aunque a veces perdió eficacia por precisar mayor proyección de la voz. Cristina Faus le dio a la sirvienta Suzuki variedad de recursos, pues supo mantenerse distante, temerosa, enardecida, y replegarse ante el orden impuesto por la escala social. Poco importó que su grave necesitara mayor entidad dada la calidad del resto de la voz y de su interpretación. Tanto Francisco Vas, Goro; como Isaac Galán, Comisario Imperial y Príncipe Yamadori; Fernando Latorre, Bonzo; y el resto de intervinientes sacaron adelante sus papeles en función de la relevancia que tienen en la ópera. A esto se sumó una plástica participación de la bailarina Fátima Sanlés, con cuyo asesinato se subrayó simbólicamente el suicidio al que se ve abocada la protagonista. El Coro Easo demostró calidad en las voces.