San Lorenzo de El Escorial: Manida Butterfly

05 / 08 / 2019 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 minutos

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La Butterfly de Ainhoa Arteta conquistó al público de El Escorial gracias al riesgo y la amplitud vocal © Festival de Verano San Lorenzo de El Escorial
La Butterfly de Ainhoa Arteta conquistó al público de El Escorial gracias al riesgo y la amplitud vocal © Festival de Verano San Lorenzo de El Escorial

Festival de Verano San Lorenzo de El Escorial

Puccini: MADAMA BUTTERFLY

Ainhoa Arteta, Marcelo Puente, Gabriel Bermúdez, Cristina Faus, Francisco Vas, Isaac Galán, Fernando Latorre, Isaac Galán. Orquesta Sinfónica y Coro Verum. Dirección: Giuseppe Finzi. Dirección de escena: Emilio López. Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. 25 de julio de 2019.

La cita operística del verano escurialense pasaba, antes de llegar al Kursaal, por Madama Butterfly, un título ya escuchado hace años en este Festival, pero recibido siempre con entusiasmo, como toda partitura firmada por Puccini. Sobre las tablas, el montaje de Emilio López que se estrenó en Les Arts hace un par de años, basado en dos premisas fundamentales: un espacio escénico de corte tradicionalista y un espacio conceptual trasladado a la Nagasaki de la Segunda Guerra Mundial. El resultado, sin llegar a enturbiar, tuvo poco recorrido porque a nivel estético maneja referentes muy manidos –templo, flores y cortos pasos de kimono–, mientras que su reubicación a 1945 añade poco drama a lo mucho ya propuesto por Puccini, que se basta y se sobra para convocar lágrima. Además, con el cambio se atrofia la vocación neosensacionista del libreto original, en el cual naturaleza y palabra se asociaban compartiendo lindes (un poco al estilo Kawabata o Tanizaki). La ceniza y destrucción impostadas en el segundo y tercer actos saca de juego a la confrontación poética entre una exuberancia exterior y el espíritu marchito de la protagonista, como cuando exclama “Troppa luce è di fuor, e troppa primavera” (“Demasiada luz fuera, y demasiada primavera”), momento convertido al absurdo entre la multiplicidad de las ruinas. Faltó además algo de definición en el movimiento actoral, demasiado rígido en sus arquetipos dolorosos.

En el apartado vocal la notoriedad corría a cargo de Ainhoa Arteta, que retomaba el papel donde lo dejó meses atrás en el Liceu. Ciertamente ha evolucionado en algunos aspectos, profundizando en su dibujo del personaje; ella es una artista sobradamente inteligente como para no desperdiciar resplandores y arias como “Un vel dì vedremo”. El problema estuvo en la comparación con lo demás, muchas veces inaudible. Ese tiovivo vocal ocasionó una inevitable desconexión con el personaje, que parecía sufrir sólo a ratos. Más allá de eso, la voz mostró amplitud, caudal y buen sentido del drama, con vibrato de más y graves de menos. Se arriesgó cuando hubo de hacerlo y el público lo agradeció con ovaciones. La réplica de Marcelo Puente fue suficiente, con buena línea y un atractivo timbre oscuro, faltando algo de control en los agudos. Cristina Faus consiguió una Suzuki de enorme dulzura, con un catálogo de recursos sabiamente aprovechados. Gabriel Bermúdez convenció con su emotivo Sharpless, encabezando al correcto grupo de secundarios.

Buen rendimiento de la Orquesta Verum, resolutiva en una partitura difícil en lo tímbrico al dibujar con pincel de lengua de gato las sombras de sus personajes. Giuseppe Finzi tiró de oficio para solventar la compleja distribución de planos de Puccini, aunque debió haber moderado el volumen y facilitado algunas entradas esquivas.