Salzburgo: Virtuosismo visual

11 / 08 / 2019 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 3 min.

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© Salzburger Festspiele / Thomas AURIN
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Festival de Salzburgo

Cherubini: MÉDÉE

Nueva Producción

Elena Stikhina, Pavel Černoch, Vitalij Kowaljow, Rosa Feola, Alisa Kolosova. Director: Thomas Hengelbrock. Director de escena: Simon Stone. Grosses Festspielhaus, 10 de agosto.

Uno de los hilos temáticos que conecta diversas de las óperas programadas en la edición de 2019 del Festival de Salzburgo son las relaciones entre padres e hijos, siempre complejas, aunque pocas veces con resultados tan mortíferos como los que se derivan de uno de los mitos más estremecedores legados por los griegos, el de Medea. La ópera que Luigi Cherubini estrenó en París en 1797 es un título en cierta manera inusual dentro de la trayectoria del festival austriaco, y más en un espacio de las dimensiones del Grosses Festspielhaus. El director australiano Simon Stone asume el reto con un espectacular virtuosismo visual al servicio de una relectura radicalmente contemporánea de la trama.

Un film proyectado durante la obertura nos muestra el divorcio de Médée y Jason después que la primera haya descubierto cómo su marido le pone los cuernos con Dircé. Es un arranque que puede evocar el tópico telefilm de sobremesa de fin de semana, pero Stone en seguida trasciende este marco para imponer un ritmo dramático trepidante, gracias tanto a una dirección de actores minuciosa como a una ágil sucesión en los decorados creados por Bob Cousins: una tienda de vestidos de novia, un hotel lujoso, un cibercafé, un club de alterne, la sala de llegadas de un aeropuerto, un apartamento de alto standing, una estación de autobús y un salón de banquetes son algunos de los espacios de una propuesta hiperrealista que culmina en una estación de servicio en medio de la nada.

Este es el punto final de la huida de una Médée humillada como esposa y maltratada como extranjera, como evidencian los cada vez más desesperados mensajes sin respuesta que deja a Jason (y que substituyen a los diálogos hablados). Aunque también es capaz de actos de violencia despiadada, la única salida que ve la protagonista en un mundo hostil es la autoimmolación junto a sus hijos en el coche que previamente ha rociado con gasolina.

La energía de la puesta en escena tiene su paralelo en la versión nerviosa, brusca incluso, de Thomas Hengelbrock. Si los pasajes más ligeros pecan de impaciencia, cuando la música de Cherubini se escora hacia el romanticismo en ciernes el director alemán subraya toda su fuerza visionaria, en especial en un tercer acto que cortaba la respiración. Además, Hengelbrock consiguió de una inesperada Filarmónica de Viena un sonido más cortante y oscuro de lo habitual, con destacadas aportaciones solistas, como la del fagot en el aria de Néris.

La principal limitación del reparto fue una elocución francesa, como mínimo, variable, en especial en el caso de la protagonista, una Elena Stikhina de recursos considerables, en especial un tercio superior que se despliega con facilidad, al lado de pasajes de afinación no del todo exacta. En todo caso, su vibrante Médée sostuvo sin problemas el peso de la representación. Pavel Černoch tiene la planta necesaria para una propuesta como la de Stone, puntuada por diversas proyecciones, pero la aguda tesitura de Jason le creó una perceptible incomodidad. Vitalij Kowaljow fue un Créon de apreciable nobleza, pese a la sensación de que este no es su repertorio natural, y Rosa Feola fue una ágil Dircé, mientras que la Néris de Alisa Kolosova no sacó todo el jugo de una de los pasajes más inspirados de la partitura. – ÓA