Salzburgo: El mago Achim Freyer fascina con 'Œdipe'

12 / 08 / 2019 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 3 min.

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Christopher Maltman en la nueva producción de 'Œdipe' estrenada en el Festival de Salzburgo. © Salzburger Festspiele / Monika RITTERSHAUS
Chiara Skerath y Christopher Maltman en la nueva producción de 'Œdipe' estrenada en el Festival de Salzburgo. © Salzburger Festspiele / Monika RITTERSHAUS
Ève-Maud Hubeaux en la nueva producción de 'Œdipe' estrenada en el Festival de Salzburgo. © Salzburger Festspiele / Monika RITTERSHAUS
La nueva producción de 'Œdipe' estrenada en el Festival de Salzburgo © Salzburger Festspiele / Monika RITTERSHAUS

Festival de Salzburgo

Enescu: ŒDIPE

Nueva producción

Christopher Maltman, John Tomlinson, Vincent Ordonneau, David Steffens, Anaïk Morel, Ève-Maud Hubeaux. Director: Ingo Metzmacher. Director de escena: Achim Freyer. Felsenreitschule, 11 de agosto.

Los ecos de la antigüedad clásica es uno de los ejes de la programación que Markus Hinterhäuser ha diseñado para la edición de 2019 del Festival de Salzburgo, y pocos mitos griegos tienen la carga de profundidad de Edipo. George Enescu trabajó largos años en la que sería su única ópera, Œdipe, una de las obras maestras de la primera mitad del siglo XX, aún injustamente poco divulgada, a partir de un libreto de Edmond Fleg que ofrece su particular lectura del mito. El texto sintetiza diversas fuentes para narrar los episodios clave de la trayectoria vital del protagonista en su pugna contra un destino impuesto.

La nueva producción del festival contó con uno de los grandes magos del teatro de las últimas décadas, Achim Freyer, quien, a los 85 años, sigue fascinando con su estilo inconfundible: máscaras, marionetas, vestuario fantasioso, maquillaje extremado, símbolos de todo tipo proyectados a lo largo y a lo ancho de la Felsenreitschule,  un arsenal de recursos desplegados con milimétrica precisión en un entorno onírico con el protagonista siempre en el centro.

Freyer resigue la parábola vital de Œdipe, desde el nacimiento hasta la muerte, elementos indisolublemente asociados –los tambaleos del bebé tienen su contrapunto en la cavadura de una tumba, mientras que el rey de Tebas termina sus días en posición fetal tal como vino al mundo-. Con no poco sentido del humor, el director caracteriza el impetuoso personaje como un boxeador, manteniendo la deformación en el pie que marca la historia, y deja ir toda su artillera visual en la escena de la esfinge. Los diversos elementos del pasado de Œdipe reaparecen antes de su horrífico descubrimiento de la verdad pero cuando, con los ojos arrancados, deja la ciudad, se lleva con él la luz, dejando a los tebanos en la oscuridad, una de las imágenes más sugerentes de un montaje rico en ellas. En la transfiguración final del protagonista, Freyer parece combinar las referencias a la antigüedad (la estatua de Teseo) y a la redención cristiana (Ifigenia con aspecto de Virgen) que conviven en el libreto. Pero pese a la paz duramente conseguida por Œdipe, la presencia en un lateral del escenario de su hija nos recuerda que la historia está lejos de acabar aquí.

© Salzburger Festspiele / Monika RITTERSHAUS

La nueva producción de 'Œdipe' estrenada en el Festival de Salzburgo

Salzburgo ha vuelto a confiar en Ingo Metzmacher para una obra del siglo XX de especial dificultad y el director alemán ha cosechado de nuevo un triunfo personal gracias a una versión omnicomprensiva, fiel a una partitura en la que se entrecruzan el pósito wagneriano, el perfume impresionista, la evocación de un folklore arcaizante y una imaginación tímbrica y harmónica con pocos parangones en su época. A la frondosidad de la música respondió una Filarmónica de Viena rutilante mientras que el masivo coro, descontado puntuales desajustes, ofreció momentos de impacto como el final del acto segundo.

Con una voz que ha ganado densidad, Christopher Maltman resolvió con una energía infatigable el extenuante papel de Œdipe, aportando un canto vehemente en los actos iniciales y un fraseo delicado en la escena final. El barítono británico fue el elemento más sobresaliente de un extenso reparto sin eslabones débiles, en el cual cabe destacar John Tomlinson (terrorífico en las admoniciones de Tirésias), Vincent Ordonneau (melifluo Berger), David Steffens (Grand Prêtre consistente) y Anaïk Morel (Jocaste desgarradora), mientras que, sin poseer los graves contraltísticos óptimos, Ève-Maud Hubeaux negoció con seguridad los saltos interválicos de la Sphinge, a la que aportó toda su sibilina ambigüedad. El Festival de Salzburgo de la era Hinterhäuser sigue dando grandes frutos.- ÓA