CRÍTICAS
INTERNACIONAL
Rossini corporativo y un conjunto de alto nivel en el Grand Théâtre
Ginebra
Grand Théâtre de Genève (GTG)
Rossini: L'ITALIANA IN ALGERI
Nueva producción
Gaëlle Arquez, Nahuel Di Pierro, Maxim Mironov, Riccardo Novaro, Charlotte Bozzi, Mi Young Kim, Mark Kurmanbayev. Dirección musical: Michele Spotti. Dirección de escena: Julien Chavaz. 3 de febrero de 2026.
La temporada fuera de casa del Grand Théâtre de Genève en el Bâtiment des Forces Motrices se abrió con una L’Italiana in Algeri de altísimo voltaje teatral y musical, una lectura que confirmó la vigencia ferozmente contemporánea del ingenio rossiniano y desplegó una maquinaria cómica de precisión casi quirúrgica, revelando hasta qué punto la comedia puede convertirse en un instrumento crítico de sorprendente actualidad.
La producción firmada por Julien Chavaz eliminó cualquier residuo orientalista para situar la acción en un hotel de estética aséptica y deliberadamente kitsch, cercano al universo de la comedia absurda y con una clara crítica al mundo corporativo. El resultado fue un dispositivo escénico de precisión milimétrica, rebosante de comicidad física, coreografías colectivas y un sentido del tempo teatral que hizo avanzar la trama como un mecanismo de relojería. La ceremonia de los Pappataci, tratada como una regresión infantil jubilosa, y los grandes finales de conjunto funcionaron como explosiones carnavalescas en las que el caos se organizó con admirable claridad, subrayando la dimensión satírica de la obra y la condición de Isabella como auténtico motor dramático.
Desde el podio, Michele Spotti confirmó su afinidad con el universo rossiniano. Al frente de la Orquesta de la Suisse Romande articuló una lectura de pulso firme, fraseo flexible y exquisita atención a los cantantes. Las cuerdas mostraron una tersura ejemplar en los acompañamientos cantabili; las maderas dibujaron con elegancia los perfiles irónicos de la partitura; los crescendi se construyeron con paciencia y lógica interna, más insinuantes que explosivos. Si hubiera que formular una leve reserva, quizá se habría podido desear un punto más de chispa volcánica en determinados momentos, un riesgo todavía mayor en el vértigo final; pero el conjunto sedujo por su claridad estructural y su sentido del detalle.
En el plano vocal, la función rozó el lujo. Gaëlle Arquez ofreció una Isabella imperial, dominadora del escenario desde su primera aparición. En sus tres grandes intervenciones —el temible Cruda sorte!, la escena de seducción estratégica y su despliegue final en los concertantes— combinó un timbre carnoso, de centro sólido y graves firmemente apoyados, con agilidad virtuosa y una dicción incisiva. Cada color se puso al servicio del personaje: la ironía, la autoridad y la sensualidad se entrelazaron sin fisuras, convirtiéndola en el auténtico eje dramático del espectáculo.
El Mustafà de Nahuel Di Pierro constituyó otro de los grandes triunfos de la velada. Actor nato, construyó un tirano ridículo y moderno, director de hotel despótico, pero nunca caricaturesco. En sus escenas de pavoneo inicial, en los dúos con Isabella y, sobre todo, durante la grotesca ceremonia de los Pappataci, desplegó un fraseo flexible y un sentido del ritmo cómico impecable. Alguna aspereza puntual en el grave quedó ampliamente compensada por la autoridad escénica y la inteligencia musical con la que modeló cada intervención.
Escuchar a Maxim Mironov en Lindoro volvió a ser reencontrarse con uno de los grandes especialistas del papel. Su célebre Languir per una bella —aria que había acompañado al tenor desde su época de estudiante— reapareció aquí con una elegancia estilística ejemplar y un lirismo cuidadosamente administrado, sostenidos por un legato refinado y un fraseo siempre atento al estilo rossiniano. Su segunda gran aria confirmó la nobleza de su caracterización y su dominio de un rol que conoce en profundidad, aportando un contrapunto lírico indispensable al torbellino cómico general.
Entre los comprimarios destacó de forma especial el bajo Mark Kurmanbayev, habitual de la temporada ginebrina, que volvió a impresionar por la homogeneidad de su registro grave y la solidez de la emisión. Su aria de Haly se convirtió en una auténtica tarjeta de presentación: rotunda, bien proyectada y teatralmente irresistible. Riccardo Novaro firmó un Taddeo de manual, dueño del arte del parlando rossiniano; Charlotte Bozzi y Mi Young Kim aportaron frescura vocal y presencia escénica como Elvira y Zulma; y el coro de la casa se implicó con admirable energía en la maquinaria cómica.
Esta Italiana ginebrina fue, en suma, un triunfo colectivo: una producción ingeniosa y coherente, una dirección musical de alto nivel y un reparto entregado que entendió a Rossini como lo que es —un anatomista feroz del poder y de las pasiones humanas— sin renunciar jamás al placer del puro teatro. * Albert GARRIGA, corresponsal en Ginebra de ÓPERA ACTUAL
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