Roma: Una ‘Viuda’ del siglo XXI

26 / 04 / 2019 - Mauro MARIANI - Tiempo de lectura: 2 min

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Las voces de Nadja Mchantaf y Adriana Ferfeckta resultaron incoloras para los papeles protagonistas y no lograron brillar © Teatro dell'Opera / Yasuko KAGEYAMA
Las voces de Nadja Mchantaf y Adriana Ferfeckta resultaron incoloras para los papeles protagonistas y no lograron brillar © Teatro dell'Opera / Yasuko KAGEYAMA
Las voces de Nadja Mchantaf y Adriana Ferfeckta resultaron incoloras para los papeles protagonistas y no lograron brillar © Teatro dell'Opera / Yasuko KAGEYAMA
Las voces de Nadja Mchantaf y Adriana Ferfeckta resultaron incoloras para los papeles protagonistas y no lograron brillar © Teatro dell'Opera / Yasuko KAGEYAMA

Teatro dell'Opera

Lehár DIE LUSTIGE WITWE (LA VIUDA ALEGRE)

Nueva producción

Nadja Mchantaf, Adriana Ferfetka, Anthony Michaels-Moore, Paulo Szot, Peter Sonn, Marcello Nardis, Simon Schnorr. Dirección: Constantin Trinks. Dirección de escena: Damiano Michieletto. 14 de abril de 2019.

La sorpresa en esta Viuda alegre estuvo en que Damiano Michieletto, valga la redundancia, no hizo nada muy sorprendente. La firma del regista veneciano, no obstante, pudo apreciarse en la perfección del detalle obtenida por él y sus colaboradores, Paolo Fantin para la escenografía y Carla Teti para el vestuario. Una vez más se produjo la habitual división de opiniones en el público, entre aplausos y pitadas, cosa no demasiado explicable si se considera que el espectáculo era relativamente normal. Era normal –y hoy casi obligatorio–, por ejemplo, cambiar la época de la acción, trasladándola en este caso desde la belle époque a alrededor de 1950. No se ganó mucho con ello, pues trajes y enseres fueron en aquella época realmente tristes, pero probablemente era lo que pretendía Michieletto: eliminar la fácil fascinación del París del champán y de Chez Maxim’s para ambientar la acción entre gente corriente.

Danilo no es aquí un conde con un cargo en la embajada, sino un empleado de banca, y Hanna podría ser lo mismo una heredera millonaria que una cantante de éxito relativo

Danilo ya no es aquí un conde con un cargo en la embajada, sino un empleado de banca con traje color avellana, y Hanna podría ser lo mismo una heredera millonaria que una cantante de éxito relativo, a la que se le ve exhibirse en la fiesta del segundo acto en el night club al que ha sido transferida la acción. Probablemente todos los personajes son ahora pequeños burgueses que juegan a llevar una vida brillante en sociedad. Es lo que parece sugerir el personaje de Njegus, transformado por Michieletto en un mago que con unos polvos mágicos hace que la realidad aparezca distinta a lo que es y así, en el tercer acto, Danilo ya no está en el Maxim’s sino en su sórdida oficina, desde donde soñará con las grisettes. Se ríe poco, la verdad. Y tampoco es que se baile mucho, y en lugar de la música que suena en la orquesta, en escena se baila el twist y el rock’n’roll. Un mundo modesto al que solo el movimiento escénico consigue reanimar en algún momento. Pareció contagiarse de ello la dirección musical, un tanto lenta y uniforme –aunque siempre cuidadosa– de Constantin Trinks.

© Opera di Roma / Yasuko KAGEYAMA

Paulo Szot como Danilo resultó algo superior a la Hanna de Nadja Mchantaf

Las dos protagonistas, Nadja Mchantaf (Hanna) y Adriana Ferfeckta (Valencienne) se parecen mucho en la vivacidad y en la presencia escénica, pero sus voces resultaron incoloras y desprovistas de charme. Mucho mejor estuvieron los hombres: Anthony Michaels-Moore (Zeta), elegante y sutilmente irónico, y Paulo Szot (Danilo), que a su bella voz unió esa simpatía que lleva a Hanna a enamorarse de él; en todo caso el director de escena y la autora del vestuario no colaboraron en su afán de hacer de él un hombre cualquiera. El actor Karl-Heinz Macek interpretó convincentemente a Njegus, un mago en forma de inocuo viejecito en la concepción de Michieletto. Bien en los papeles menores Peter Sonn (Rossillon), Marcello Nardis (St. Brioche) y Simon Schnorr (Cascada).