Roma: La muerte cotidiana

21 / 03 / 2019 - Mauro MARIANI - Tiempo de lectura: 3 min

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'Orfeo ed Euridice' en el Teatro dell'Opera de Roma, con Carlo Vistoli como Orfeo y Emöke Barath como Amore © Teatro dell'Opera / Fabrizio SANSONI
Carlo Vistoli (Orfeo) y Mariangela Sicilia (Euridice) © Teatro dell'Opera / Fabrizio-SANSONI
© Teatro dell'Opera / Fabrizio-SANSONI

Teatro dell'Opera di Roma

Christoph Willibald Ritter von Gluck: ORFEO ED EURIDICE

Nueva producción

Carlo Vistoli, Mariangela Sicilia, Emöke Boráth. Dirección: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Robert Carsen. 21 de marzo de 2019.

Robert Carsen ha eliminado en su Orfeo ed Euridice toda referencia a la antigua Grecia, no para modernizar a Gluck a toda costa sino para realzar el valor universal y perenne de los antiguos ritos. Según su interpretación, el mito de Orfeo simboliza uno de los momentos más angustiosos y dolorosos de la vida humana como es la pérdida de una persona querida y el deseo absurdo pero irreprimible de volver a verla, abrazarla o hablar con ella, destinado en definitiva a una atroz desilusión.

En esta propuesta, el viaje de Orfeo al Hades ocurre, por tanto, solo en la imaginación del protagonista. No se trata de un viaje real y por ello los tres actos, representados sin pausa, transcurren en un escenario abstracto, un círculo de tierra negra en el que se abre un agujero que es la tumba de Euridice y el camino por el que Orfeo se comunica con el mundo de los muertos. En escena no hay nada más y también las furias y los espíritus han sido eliminados y solo aparece un grupo de muertos envueltos en sudarios. El mismo Amor no es un personaje real, sino una creación de la mente de Orfeo; aparece vestido como él y repite sus gestos como en un espejo. Tan sencillo como emocionante, el espectáculo revelaba escena a escena el dolor de Orfeo y hacía pasar al espectador por una experiencia dolorosa e insoportable, como la de una tragedia griega. El final feliz, que obedece a las convenciones teatrales de la época, parecería hoy una conclusión insatisfactoria, pero Carsen consiguió hacerlo aceptable insinuando la idea de que Euridice no volvería realmente a la vida sino que lo haría solo en la imaginación de su amado.

El protagonista fue el contraltista Carlo Vistoli, que cantaba la primera versión, la de Viena, en lengua italiana y de 1762 (ocasión en la que fue interpretada por un castrado) y lo hizo con una voz natural, sin sonidos afalsetados ni blanquecinos pero con el suficiente volumen como para llenar la vasta sala del coliseo romano. A estas dotes, ya raras para las voces de este tipo, unió una interpretación sincera y profundamente emocionante, sin el menor asomo de manierismos propios del siglo XVIII. Euridice puede correr el riesgo de aparecer como una  mujercita petulante, pero no fue así en la interpretación de Mariangela Sicilia, que supo dotar al personaje de estatura trágica, expresando de manera elocuente el amor por el esposo, el deseo de volver a abrazarlo y el dolor por no poder mirarle. Muy bien también la prestación de Emöke Baráth (Amor) y un merecido elogio para el coro y su instructor, Roberto Gabbiani. Gianluca Capuano supo obtener de una orquesta moderna las sonoridades ligeras y transparentes de los instrumentos de época y más aún la sensibilidad necesaria para acompañar a los protagonistas