Rinaldo Alessandrini trae al Liceu el Monteverdi más guerrero

Barcelona

10 / 11 / 2021 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

Print Friendly, PDF & Email
Rinaldo Alessandrini / operaactual.com Rinaldo Alessandrini dirigió al Concerto Italiano en el Foyer del Liceu © L'Auditori / May ZIRCUS

Gran Teatre del Liceu

Madrigales de Monteverdi (I)

Madrigali guerrieri (Octavo libro), de Claudio Monteverdi. Concerto Italiano. Dirección: Rinaldo Alessandrini. 7 de noviembre.

Fruto de un acuerdo de colaboración entre la Fundación del Gran Teatre del Liceu y el Instituto Italiano de Cultura de Barcelona, en el Foyer del teatro de Las Ramblas dio inicio el apasionante proyecto de interpretar, desde esta y durante las próximas temporadas, la integridad de los libros de madrigales de Claudio Monteverdi, referente absoluto en el género. Para este viaje el teatro cuenta como protagonista a la figura del director y clavecinista Rinaldo Alessandrini quien, junto a su conjunto Concerto Italiano, empezó este recorrido musical con el que, probablemente, es el más popular e influyente de todos los libros de madrigales monteverdianos, el octavo.

Titulado Madrigali guerrieri et amorosi con alcuni opuscoli in genere rappresentativo, este recopilatorio representa el paso definitivo del Renacimiento al Barroco en música o, lo que es lo mismo, del madrigal al género operístico. Escrito en 1638, Monteverdi ya había desarrollado por entonces un lenguaje operístico significativo en composiciones lamentablemente hoy perdidas, pero estaban aún por llegar sus últimas y definitivas obras maestras, L’incoronazione di Poppea e Il ritorno d’Ulisse in patria, creaciones que, sin duda, beben de este octavo libro en el que, a través de la introducción del estilo concitato, los recursos para el desarrollo del teatro musical ya están definitivamente expuestos. Monteverdi será el primero en desarrollar este estilo concitato como ejemplo de agitación y dramatismo, de la plasmación de los afectos a través de los recursos vocales. En definitiva, una teatralidad musical que, en el octavo libro, se percibe claramente en algunas de las obras que lo integran y de la que es ejemplo paradigmático Il combattimento di Tancredi e Clorinda, pieza evidentemente protoperística.

"Si el conjunto instrumental mantuvo un soberbio nivel en todo momento, el rendimiento en el apartado vocal consiguió pasajes, especialmente en lo referente a empaste y afinación, absolutamente milagrosos"

Alessandrini, especialista en la obra del genio de Cremona y de quien ha interpretado tanto sus madrigales como sus óperas en diversos teatros, consiguió adaptar a su espléndido conjunto de manera adecuada a la complicada acústica de una sala tan abierta como es la del Foyer liceísta pese a que la precepción sonora fuese notablemente variable según la posición del oyente. Lo que fue indiscutible, en cambio, fue la excelencia del conjunto, tanto instrumental como vocal. Dos violines, dos violas, un violonchelo y un contrabajo más dos tiorbas, un arpa y dos clavicémbalos, que en momentos muy contados se juntaron al completo, fueron más que suficientes para llenar de sonido y de colores la sala, para trasladar al oyente a otra época y conmoverlo con las innumerables bellezas que contienen las páginas creadas por Monteverdi.

Si el conjunto instrumental mantuvo un soberbio nivel en todo momento, el rendimiento en el apartado vocal consiguió pasajes, especialmente en lo referente a empaste y afinación, absolutamente milagrosos. Las voces, probablemente con la única excepción de la del bajo Salvo Vitale, extensa, oscura y aterciopelada, no son en sí nada extraordinario. Lo extraordinario, más allá de su solvencia técnica, se encuentra en el dominio estilístico de todas ellas, en el fuego y la pasión que vuelcan en cada una de las líneas cada intérprete, la verdad que se desprende de sus interpretaciones y la capacidad de combinar individualidad interpretativa con una mirada más amplia y de conjunto. Muestra de ello fueron las intervenciones de los tenores Roberto Rillievi, protagonista expresivo y de voz atractiva de varias de las piezas, especialmente a dos y tres voces o en la última, ballo “Movete al mio bel suon”, así como de Riccardo Pisani, poseedor de un instrumento menos interesante, pero que dio un recital de fraseo cuidado y, sobre todo, pleno de emotividad en Il combattimento di Tancredi e Clorinda.

Pero, como ya se ha señalado, fue en la realización de los conjuntos, en la perfección del tratamiento polifónico, el empaste de las voces entre sí y con la orquesta, la flexibilidad en cada una de sus modulaciones o la coordinación absoluta en el juego de dinámicas donde Alessandrini y Concerto Italiano dejaron el listón a alturas difícilmente superables. En esta ocasión fue con los Madrigali guerrieri, la mitad del libro octavo de Claudio Monteverdi. Imposible predecir a que cotas de calidad pueden llegar con los Madrigali amorosi en la próxima cita del 5 de junio.  * Antoni Colomer, crítico de ÓPERA ACTUAL.